HagalaU ¡No pase de Largo! ha sido sin lugar a dudas una escuela y uno de los pocos espacios importantes de difusión para el movimiento de la música independiente en Colombia y a través de sus 10 años de trabajo tejiendo la piel de la música local, propone un ejercicio de investigación que nos acerca a nuestra historia sonora y nos propone analizar el camino que nos corresponde seguír.
Música Somos Todos y no pasemos de Largo!
·¿Canciones que recogen rock, pop, electrónica, techno, metal, reggae, cumbia underground, punk, hip hop, ska, salsa urbana?
· ¿Canciones que van desde Los yetis, pasando por Parabellum, Mutantex, Código y Bajotierra, llegando a Juanitadientesverdes, Parlantes y Mr Bleat?
· Para saberlo, por primera vez en la historia de música local y como parte de la celebración de los 10 años de HagalaU ¡No pase de largo!, escuche este domingo 12 de diciembre, el especial:
Las 100 canciones de la música local
¡No es un listado, es la construcción de nuestro legado sonoro!
12 horas de transmisión. 9:00a.m. a 9:00p.m. 12 de diciembre. En directo a través de la Emisora Cultural Universidad de Antioquia Sistema de Radio Educativa y sus frecuencias:
Leopoldo María Panero escribió que “la maldad nace de una supresión hipócrita del odio”, puedo estar equivocado, tal vez lo que en verdad dijo fue que “la maldad nace de una supresión hipócrita del gozo”, poco importa en realidad si es odio o gozo, después de todo nadie lee a Leopoldo María Panero en América, y todos los artistas comerciales -en estos años prósperos- suprimen ambos con un éxito innegable. Shakira no odia a nadie, Juanes no odia a nadie, por eso es que cada mañana me despierto temiendo que alguno de los dos haya hecho volar un aeropuerto, o incendiado alguna institución geriátrica. Dios nos libre.
Con Calle 13 no pasa lo mismo. Desde “Querido FBI” nos dejaron claro que odian, con “Llégale a mi guarida” despejaron cualquier duda al respecto. Claros mensajes de odio en medio de una sociedad que respeta, que se ama mutuamente, que cree en el cambio y en las oportunidades mientras permite los asesinatos, los desplazamientos, la pobreza de solemnidad y los martirios del hambre.
Cuando se lanzó el sencillo “Calma pueblo” (primer adelanto del nuevo trabajo de Calle 13) Jotamario, el de Muy buenos días, conciencia moral de la ciudadanía colombiana y educador matutino de todas las edades, se pronunció claro al respecto, eso no era música, eso no era letra, eso no tenía poesía ni altura ni belleza. Las dos acompañantes del programa asintieron en silencio. Él, alentado, continuó, no había mensaje, no había lírica, no había nada. Música era Jorge Celedón, música Pipe Peláez, música Silvestre Dangond. Con movimientos que pretendían imitar los de un rapero terminó su prédica, sonrisa complaciente en el rostro, sonrisas en los rostros de las dos que le acompañan y acolitan. Jotamario, por supuesto, tampoco odia a nadie, ni Jorge Celedón odia a nadie, ni Pipe Peláez odia a nadie, ni Silvestre Dangond odia a nadie. Yo, lo confieso, odio a Jotamario, y también cada mañana espero la noticia que me anuncie su participación en el genocidio masivo de los Kuna. De nuevo: Dios nos libre.
Por fortuna, pese a las apariencias, la influencia capital de la televisión local no alcanza aún niveles totalitarios, y la opinión de Jotamario no alcanza a cubrir los oídos de todos. Si bien es cierto que muchos seguirán prefiriendo a Peláez, queda siempre la esperanza de que con timidez algunos se acerquen a “Entren los que quieran”, nuevo trabajo de Calle 13, y se dejen perder en la música, en las letras, en el contraste de amor y odio entre canción y canción.
Yo, que nada sé de música y que desde ya me declaro parcial, me atrevo a comentar algo al respecto.
La provocación siempre será necesaria, sin esa carnada -a veces insolente, otras solemne, otras sarcástica- las sociedades se condenarían a la inmovilidad y a su final extinción. Bueno, dejando el lado del dramatismo, acordemos que al menos sin ella todo sería mucho más aburrido. Calle 13 es provocador, el Intro al nuevo trabajo así lo muestra. Calle 13 tiene buen humor, se toma en broma la censura que recibió en Puerto Rico, se toma en broma la piratería en el negocio de las disqueras, se toma en broma a las disqueras. Desde el inicio nos anuncian el contenido: distinto, diferente, variado.
El movimiento pendular que ocurrirá mientras rueden las canciones servirá para voltear el barco. De costado a costado correrá el ánimo y cuando la última canción haya sonado la tripulación estará sumergida y el casco al aire. Se recomienda escuchar el CD completo y en orden, con buena atención, disfrutando los matices y los giros y respirando profundo antes de que termine.
De las once canciones que forman “Entren los que quieran” (excluyendo el Intro, el Inter y el Outro) son “La vuelta al mundo”, “Muerte en Hawaii” y “Prepárame la cena” las que aportan romance, canciones de amor al estilo Calle 13, metáforas poco convencionales para el tema más vejo de la historia. “Baile de los pobres”, “Vamo’ a portarnos mal”, “Todo se mueve” invitan al baile, rumba en la que no importa si se puede o no seguir el ritmo, vale la pena hacer el ridículo con la descoordinación congénita si es esa la música de fondo. “Digo lo que pienso” y “Calma pueblo” servirán para vindicación de la banda, autorretratos y defensas a la ofensiva, el rapero en los clásicos combates de rimas con los que nace el género.
De las tres canciones que faltan (“La bala”, “Latinoamérica” y “El hormiguero”) puede decirse, superando el miedo a solemnizar, que conforman un manifiesto, un mensaje de inconformidad que no oculta el odio. Poco se puede agregar al respecto, excepto que está bien ese odio, nos libra de la maldad y trae, en el fondo, un mensaje de esperanza más real que los que se presentan en paquetes asépticos y transparentes.
La prosa anterior excusará su obvia admiración si consigue despertar en el lector la curiosidad suficiente para que escuche el CD, lo descargue, lo difunda, y -de tener cómo- lo compre. Hay que apoyar la buena música, hay que apoyar a Calle 13, así sea por llevarle la contraria a Jotamario, así sea por que ellos pudieron cantar lo que amamos y odiamos con gracia, con novedad, hasta voltear el barco. Y queremos más de eso.
Ater fue la banda invitada a Música Somos Radio, compartieron con todos nosotros su música en vivo y hablaron de toda la consolidación de su proyecto musical.
Carlos Palacio – Pala- pasó por Música Somos Radio para contar toda su experiencia en la música en algunos paises de latinoamerica, compartió un par de canciones en vivo y presentó su nuevo disco Yo y Ya. Pala un artista Música Somos.
Me desperté con resaca y la sensación inconfundible de la amnesia. Estaba en casa, no recordaba el camino de vuelta (fragmentos sueltos de los muchachos en la ochenta) y buena parte de la noche yacía en una laguna de cerveza, que no vengan a decirme que la cerveza no emborracha, que no vengan a decirme que el guayabo no es de los peores. Remedios rutinarios: agua en abundancia, un caldo Knorr disuelto en un pocillo de tinto, dos Dolex, cafeína. Efecto inmediato: arcadas. Luego del vómito más agua y revisar la libreta, memoria alternativa cuando el cerebro pone al cuerpo en piloto automático (y benditas sean las manos que mantienen el pulso pese a todo). En la libreta: un nombre (Jeff Buckley) y un teléfono. Descartar inmediatamente la correspondencia entre ambos, buscar “Jeff Buckley” en Google, enterarse del cantante americano, buscar “Jeff Buckley” en Taringa, descargar, escuchar, olvidarse del guayabo en mitad de la tercera canción.
Luego me enteré que fue Laura Muñoz la que me dio el nombre, luego me enteré que era su cantante favorito. Nunca me enteré de quién era el teléfono y de Muñoz hace mucho tiempo no tengo noticias. Pero Buckley se quedó, se ganó un espacio entre las discografías que no me canso de escuchar, entre las historias que no me canso de repasar mentalmente. Así son las cosas, los números y los nombres se perderán al final en el olvido colectivo, pero la música y las historias guardan la esperanza del recuerdo.
No voy a contar la historia de Buckley, para eso están las wikis con más información. Hablaré de su música aunque yo nada sepa de música, que importa, los desafinados también tenemos corazón y no pretendo una crítica, no pretendo nada, escribo escuchando el “Grace” y buena parte de mí está perdido, en otra parte, arrastrado por la voz que invita (wait in the fire, wait in the fire, wait in the fire!), escribo a medias, medio yo escribe, otro medio escucha y ahí estoy con esa costumbre de partirme en dos, blanco y negro, dualidad.
No, no dualidad, cuando menos trilogía. Un tercio de yo escribe, otro tercio escucha y el tercero (el que me falta o me sobra) repasa de nuevo la historia que dije no iba a contar, del hijo del compositor, de los primeros tours en pequeños cafés, cantando sólo con su guitarra los clásicos de Dylan y composiciones propias, el diminuto Sin-E reventando de gente, y Buckley haciendo comentarios entre canciones, riendo para su primera grabación, atreviéndose a hacer un cover de Billie Holliday (Billie Fucking Holliday!), y la gente aplaudiendo al terminar de escuchar “Strange fruit”, y el tercio de mi que recuerda la historia, se imagina sentado en una mesa con mantel a cuadros blancos y rojos, un cigarrillo quemándole el labio por haberlo olvidado ahí, y el tercio de mi que escribe ahora se pregunta cómo no iba a olvidar el cigarrillo si cuando uno oye a Buckley cantar no recuerda nada, y el tercio restante pide silencio a los otros dos, y los dedos se detendrán un momento luego de las próximas tres palabras (Hallelujah, hallelujah, hallelujah!).
¿Qué hacer con esa voz?, pregunta mi yo escucha, ¿y con esas guitarras, y con ese ritmo que tiene tanto de blues y de folk y de rock?. Y además era hermoso, complementa mi yo recordador, y este mi yo escriba les presta los dedos para repasar la portada del “Grace”, para perderse en los estudios de grabación de Columbia y el éxito, y los estadios llenos de voces coreando su nombre. Entonces el truco, los nombres falsos de falsas bandas que se presentaban clandestinamente en los cafés, y el público que asistía a ver una banda desconocida, a prestar sus oídos a los novatos, y era Buckley quien les recibía, y la sorpresa, y el agrado, y él explicando que extrañaba todo eso, que extrañaba la familiaridad que se establecía con los desconocidos, que extrañaba la libertad de ser un desconocido tocando con problemas de sonido, sin ensayos previos, música desnuda, (it was)so real.
“Eternal life is now in my trail / Got my red glitter coffin, just need one last nail / While all these ugly gentlemen play out they foolish games / There’s a flaming red horizon that screams our names”, suena “Eternal life”, la penúltima canción del “Grace”, el álbum se acerca al final al igual que este escrito. Y nos quedan unas últimas imágenes en el recuerdo, la sala de grabación, el disco nunca logrado (“My sweetheart the drunk”) que terminó como un libro de bocetos, la luna reflejada en las aguas del río Wolf aquella noche en que Buckley decidió nadar un rato, como en los viejos tiempos, sin presiones de una disquera, sin que las voces de cientos le pronosticaran el mejor de los futuros en el hall de la fama.
Aullaba como lobo y el Wolf se lo tragó, ¡ah!, ¡al diablo!, seré snob y lo escribiré en inglés. He howled like a wolf and the Wolf swallowed him, y encontraron su cuerpo desnudo varios días después, lo identificaron por el piercing en su ombligo. Hubo discos recopilatorios, la fábrica de éxitos se alimentó en el cadáver húmedo, mezclas, inéditos, un álbum póstumo con las grabaciones en borrador del “My sweetheart the drunk”. Nos quedó la música, claro, y cierto eco de Cobain diciendo que es mejor quemarse en una brillante llamarada a arder en fuego lento, y cierta tendencia a creer que es cierto que los buenos mueren jóvenes.
Y nos quedó la grabación en el café Sin-E, dónde “Grace” suena en quinto lugar, con un prólogo sencillo y honestamente devastador (“This is a song about… I would tell about another dream, but… is about not feeling so bad about your own mortality when you have true love”) justo como Buckley.
Logística, unos pasos atrás de la calidad de los artistas
Por Luis F Buitrago
luisfbuitrago@invazion.net
Ha terminado ya el largo camino del festival Altavoz en el 2010, y podría hacerse un balance de lo que es y representa éste para la ciudad. Coincidencialmente comencé a escribir esta reseña mientras terminaba de ver la película THIS IS IT, el afamado documental sobre la última gira de Michael Jackson, que por causas ya conocidas nunca se llevó a cabo. En la secuencia final Michael habla con su banda, bailarines y equipo técnico, recalcando que la real importancia de lo que hacen es que el público viva experiencias únicas, hacer que se olviden por ese momento de sus problemas.
ALTAVOZ, viene logrando tal premisa, y cada vez el festival es más contundente, sin embargo, llegar a esas proporciones no se soporta solamente en el tamaño de la pantalla o del escenario, la experiencia inolvidable de THIS IS IT no era solamente lo espectacular del show, Michael Jackson lo justificaba. Es indudable que Altavoz es una marca que en los últimos años ha tomado más fuerza y reconocimiento, desde la etapa clasificatoria hasta el último día del festival internacional, hay un proceso fascinante de competición que envuelve todos los sentimientos del deporte: ganadores, perdedores, nervios, suspicacias, celos, rabias, y demás.
Los grupos participantes preparan sus presentaciones como nunca, para estar en escenario escasos 30 minutos, en el mejor de los casos 40. La novedad de la tarima móvil agilizó el cambio de un grupo a otro, pero sin duda, en varias presentaciones le dio varios dolores de cabeza a los sonidistas y al público, es una lástima que se haga una inversión tan grande para que los dos primeros temas de esa corta presentación sean casi perdidos, algunas agrupaciones tuvieron problemas con el sonido, y si eso fue evidente desde afuera, no me imagino los problemas allá arriba en el escenario.
Por otro lado la transmisión por televisión es algo que las directivas de Telemedellín deben revisar, en varios momentos el sonido fue lamentable. Cuál es el sentido de una grúa con imágenes asombrosas, cuando el audio no te da otra opción que cambiar el canal, es tan triste como ver la transmisión de un partido de futbol y que el camarógrafo pierda la toma del gol, sin embargo, la transmisión nos permitió ver la afluencia de público antes de salir.
También la administración y los operadores logísticos debe pensar que hubo allí reunidos alrededor de 15 mil personas aproximadamente por día. No sé el costo que implique abrir el Metro un par de horas más un fin de semana, cuando hay un evento de ciudad de tal magnitud, pero es desilusionante para el público estar desde 5 hasta 7 horas parados apoyando las bandas que participan en el festival y luego salir a cazar taxis, todo el discurso de convivencia y respeto se hace pedazos en segundos cuando lo último que quieres es llegar a casa. Si el transporte público no puede abrir hasta media noche, aún no hay una conciencia por parte de la administración sobre la importancia que el público joven le da al festival.
El festival ALTAVOZ es una gran experiencia para la industria musical local, vale la pena resaltar que a pesar de los problemas, que en los festivales están al orden del día, hay un trabajo serio en todos los campos, que hacen parte de la producción de tal evento: técnico (sonido, luces, pantallas, escenario) humano, logístico, musical y mediático. La calidad de los artistas locales y foráneos merece un aplauso, en general las presentaciones han sido muy buenas, cada estilo y presentación particular merecen reseñas individuales, sin embargo, el precedente de un festival de las proporciones a las que ha llegado ALTAVOZ debe dejar la experiencia de que los recursos humanos y técnicos que soportan el festival deben estar a la altura de los músicos que son los que justifican el show más que la pirotecnia.