Medallo Encongresada

Publicado 10 Agosto 2010 porEditor

_MG_8710Fotografías por Yojan Valencia

Por Paca Lema

La rabia simple del hombre silvestre,

la rabia bomba la rabia de muerte,

la rabia imperio asesino de niños,

la rabia se me ha podrido el cariño,

la rabia madre por dios tengo frío,

la rabia es mío eso es mío, sólo mío,

la rabia bebo pero no me mojo,

la rabia miedo a perder el manojo,

la rabia hijo zapato de tierra,

la rabia dame o te hago la guerra,

la rabia todo tiene su momento,

la rabia el grito se lo lleva el viento,

la rabia el oro sobre la conciencia,

la rabia –coño– paciencia paciencia.

Días y flores , Silvio Rodríguez

Ya eran las dos menos cuarto de la madrugada del viernes dos de julio, y en tarima, en la mitad de San Juan, esa cínica línea que en Medallo divide el poder de la miseria, León Gieco cerraba el primer día del Congreso Iberoamericano de Cultura cantando Solo le pido a Dios . Bajo la carrera Bolívar, en el viaducto del metro, se escuchaba de lejos a Gieco decir “guerra”, decir “indiferencia”, y entretanto media docena de manes cascaban a otro, ocultos tras un carro de esos que sirven no más como vallas publicitarias. Lo pateaban, lo puñeteaban, lo insultaban, y se veían apenas, a través del parabrisas, las caras de saña y de ira. En la otra orilla un policía armado de pito conversaba con un agente de tránsito. Para cuando se percató de la trifulca (porque otro menos indiferente hizo alharaca) y empezó a sonar su pito con insistencia, ya el muchacho debía estar roto, medio muerto, aunque preferible fue no quedarse a verlo… Porque en Medallo hace meses que el aire anuncia tragedias y plomaceras, y la costumbre hace cosas terribles con la conciencia de la gente. Cosas que no puede conjurar ni el más bienintencionado congreso.

Los medios informarían en la mañana que a esa misma hora, en un bar a menos de una hora de distancia en bus sicarios en moto acribillaban a ocho personas con pistolas Five-Seven, que en México llaman “mata policías” porque pueden atravesar blindajes y chalecos antibalas. Diría luego el Alcalde de Envigado, donde fue la matanza, que los muertos eran “mecánicos, taxistas, panaderos, gente trabajadora”. Gente trabajadora. Y luego muerta. En la madrugada del segundo día del evento cultural más importante que se ha celebrado en la ciudad en muchos años.

“Dejó para el cierre su clásico Solo le pido a Dios, el cual sirvió de broche de oro para la noche de la canción comprometida y de autor”, enunciaría el boletín oficial del día siguiente.

Pero la mañana anterior, estrenando congreso como se estrena zapatos, la esperanza de una tregua hacía guiños. A la inauguración, previa a la charla de Silvio Rodríguez y Rodolfo Mederos, solo podían entrar aquellos con invitación. Pero los caldeados ánimos de esta ciudad acostumbrada en los últimos tiempos a escuchar con frecuencia esa palabreja, “inclusión”, obligaron a los organizadores a dar acceso a los que afuera de un auditorio semivacío protestaban. Los mismos que luego abuchearían a nuestro dir president cuando dijo que “el niño que coja un instrumento jamás empuñará un arma”.

Primero Puerto Candelaria, y después unos negros palenqueros del sur de Bolívar, un niño coronado rey vallenato y unos señores llaneros con alpargatas, se encargaron de mostrarle a todas las delegaciones de Iberoamérica que acá, además de ríos de sangre y coca, hay músicas que nos hermanan. Después, David Sánchez Juliao repartió entusiasmo para tan magno evento cuando dijo, ante varios miles de conmovidos asistentes, que la música no nos la van a arrebatar aunque nos hayan quitado la historia.

En el cierre de la inauguración Rodolfo Medero le hizo el bandoneón a Andrés Cepeda en Canción con todos: todos juntos tratando de bailar alrededor de un montón de cenizas ese hermoso estribillo que inmortalizó Mercedes Sosa (q.e.p.d): “toda la sangre puede ser canción en el viento”.

El caso es que para las dos de la tarde de ese primer día todo hacía la promesa de que ante eso, –la música, la hermandad iberoamericana, la posibilidad de escuchar esa, esa canción–, ante todo eso, la ciudad y la gente, con sus aires de tropel, se doblegarían. La esperanza sobrevivió incluso a la charla de Rodríguez y Mederos, en la que el argentino se opuso al optimismo de la ministra de cultura con una frase que pareció premonitoria: “La raza humana está atravesando una etapa complicada. Dirigió su brújula hacia un camino suicida”, dijo.

Megaconciertos en caliente

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Uno

Para el primero la expectativa estaba intacta, y hasta entonces la emoción previa le había pertenecido a Jorge Drexler: “¿Dónde vas? Quédate junto a mí, corazón tempestad, corazón desmesura”. En últimas, todo se resume a eso: expectativas. Expectativas que en días recientes sobrepasan por mucho lo que termina sucediendo, digamos, en un concierto. O respecto al congreso y su engranaje, a la cuidad y ese aire intranquilo, al mundo y su camino suicida. Expectativas que terminan hechas un charco en el piso. Imposible determinar si la matanza –el oscuro rencor que despierta a veces la ciudad-cuna–, o una feedback insistente en el momento más conmovedor del concierto, o el artista que no canta esa, esa, pero termina por aparecer en el panorama una feroz desesperanza que bien podría ser, también, una inconformidad que no se resigna.

Como sea, la espera fue larga, y atrás de esa amplia zona destinada para la Veri Importan Pipol, (en gran parte vacía), la pipol de verdá, caliente, caliente, gritaba no queremos vip, no queremos vip, y ahí están, esos son, los que roban la nación. Entretanto el semáforo, al que más tarde se treparían un montón de muchachos, titilaba incesantemente en amarillo.

El de Drexler duró cuarenta minutos (con miedo a exagerar), y de las diez canciones que tocó siete pertenecían al mismo disco. Como Drexler para dummies. En realidad no causó demasiado efecto entre este público tan agradecido que es Medallo (sobre todo con las mismas canciones de siempre), y fue una sorpresa darse cuenta de lo desconocido que es acá ese prodigio de letra y canto, la gente gritando Silvio a todo pulmón al final de cada una de sus canciones. Había dicho también Mederos, en la charla del mediodía, que el mercado habrá de sepultarnos. Bajo cientos de discos y canciones y letras que tras mucho zapateo han perdido ya su gracia, con todo y la gran marca que pudieron haber dejado –verdadera y de mentira–, en varias generaciones. Inevitable pensar que esa voz poderosa pero con cariño, el traje impecable y la brillante y roja guitarra, habrían combinado perfecto con la silletería, digamos, del Teatro Meropolitano.

Pasaron casi dos horas antes de que Silvio estuviera listo, y todas las cámaras bien escondidas y dispuestas para la foto furtiva. El artista había exigido, como condición expresa e inapelable, que nadie tomara fotos. Hubo conmoción por tanto recuerdo removido, y la sensación de saldar, ahí, una deuda de muchos años, con todo y esa actitud vergonzante que en los últimos años gira en torno suyo y de su música. Por tanto pisoteo, porque siempre suenan las mismas, una y otra vez, una y otra vez, y todavía. Y también, es posible, por la fallida revolución de nuestros papás, que ahora nos gusta llamar mamertos, como si de ellos fuera la culpa de semejante fracaso.

Dijo el comunicado oficial que había salido “con su boina habitual”. En realidad salió de cachucha, y de las miles de fotos que de él circulan en la güeb fue imposible encontrar alguna en que saliera con la tal boina. En el escenario todo fue madera y cuerdas, y desde vip fue posible escuchar bastante bien las diecinueve canciones que cantó. Pero los de muy atrás no contaron con la misma suerte y varios miles debieron irse sin haberlo visto ni una vez, pues ninguna pantalla proyectó el concierto y la única que había no hizo más que rotar publicidad de los patrocinadores (fácil deducir que por la exigencia del artista). Además, ese pitidito insoportable (léase: feedback) hizo rechinar dientes varias veces a lo largo del concierto.

Octavio Arbeláez, de RedLat (productores ejecutivos del congreso), daría días después la siguiente explicación: “Los problemas de sonido con Silvio Rodríguez fueron causados por el ingeniero de sonido del propio cantante, que además retrasó un poco el concierto. La organización cumplió a rajatabla con lo solicitado por todos los artistas desde el punto de vista técnico, pero la puesta en escena y el sonido es responsabilidad directa del propio equipo de los artistas, y en este caso del ingeniero que viajó desde Cuba para tal efecto. Con el mismo equipo los demás artistas no tuvieron inconvenientes”.

En una ventana aparecería luego un rumor de sabotaje, a propósito del escándalo pendejo que desató la venida de Silvio a la ciudad. Los mismos godos de siempre en los mismos medios godos de siempre, y un grupo que crearon en el feisbuc: “No al concierto en Medellín del vocero del dictador Castro”. Esos, esos, también cacarearon cuando varias organizaciones y personas del sector cultural (entre ellas la Alcaldía y el Museo de Antioquia) organizaron un homenaje a los cincuenta años de la Revolución Cubana.

Pero en vip, decíamos, el sonido fue decente. La gota de rocío , El necio , A dónde van . Unas que cantaban todos a viva voz desde vip hasta muy atrás, otras que se sabían mal, y otras que no conocían en absoluto. Y un público que en la quinta canción ya está gritando ojalá, ojalá, unicornio, ojalá, ojalá, ojalá, unicornio. Ojalá no las toque, debieron haber pensado algunos… Pero él se fue, y la gente gritó otra, ojalá, otra, ojalá, ojalá, ojalá, otra. Y volvió al escenario, y tocó Ojalá, y tocó Unicornio.

Se vació vip luego de Silvio, afuera la multitud se redujo a menos de la mitad, y de lejos se vio a un Gieco muy Dylan, guitarra y armónica al cuello, muy rock, muy folk, de mucho respeto. Mientras tocaba, un muchacho se alejó un poco para llamar, y con el viejo truco de “somos desmovilizados del bloque tal de las autodefensas”, bla bla bla bla (tome nota, señor turista), unos tipos trataron de robarle. Luego dijo Gieco “esta canción está dedicada a todos los latinoamericanos en Europa, exiliados por las dictaduras, por los malos gobiernos, por los asesinos”, o algo así, y alguien gritó enardecido “y por los paracos”, y dos hombres que estaban cerca se azararon mucho primero, y luego miraron asesinamente. Después el broche de oro, la sangre en las aceras. Esa noche, la fiesta apenas empezando, Medellín se expuso tal cual es: absurda, discordante. O sea, un disparate. Como que la amás y sin ella no podés vivir, y como que estás siempre pensado que un día de estos te va a salir es matando.

Dos

El segundo día, igual que el primero, hizo un sol blanquecino y rechinador. A la mañana hubo charla sobre músicas en resistencia y habló de eso John Jaime Sánchez, director general de Son Batá, una fundación que armaron unos pelaos de la Comuna 13 para ver si con música y baile podían sobrevivir a tanta chumbimba. No sabía John nada de lo que sucedería luego con uno de esos pelaos. No se le habría ocurrido pensar entonces, a ese filántropo muchacho de barrio, que ante un sicario con pistola no hay resistencia posible.

A la tarde hubo quejas de conocidos. Que el volumen, que la falta de pantallas, que la globalización, que la internet, que “estamos viviendo el tiempo de los derechos culturales”, que lo mismo de siempre, más o menos. Que no podías entrar a todo, que no tenías cómo saber a qué podías entrar, que a los talleres no pudiste porque era con inscripción previa, que el lugar para las ruedas de prensa era el menos apto.

Constancia de ésta última se tuvo más tarde, durante la rueda de prensa de Fito Páez. Un parqueadero separaba el lugar de dos de las avenidas más congestionadas de la ciudad, y en el parqueadero, sobre una tarima dispuesta para las muestras artísticas del mercado cultural, traqueaba cada hora un grupo musical distinto. Y entre el parqueadero, los parlantes, las avenidas, y el patio dispuesto para que medios y artistas interactuaran, ningún muro que aislara de semejante bullicio.

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La espera fue larga y el róstar amenazó con irse si algunos periodistas no se paraban del piso, donde se habían sentado a falta de sillas y de espacio. Llegó con un marlboro light apagado, pidió candela y a continuación recibió las indulgentes preguntas de los medios importantes (para las de los medios independientes no hubo tiempo). Parecía contento, Fito, con esa virtud de los róstars de derrochar gentileza a pesar de serlo (o justamente por eso). En mitad de la que sería la última pregunta empezó a sonar durísimo un grupo de reggae en el escenario de atrás, y él, entre divertido e incrédulo, bailó, respondió una última pregunta y dio por terminada la charla con un gesto.

Luego el segundo megaconcierto, que empezó en punto, según dijeron, porque al llegar ya terminaba Susana Baca, una afroperuana con un portento de voz que se ha encargado de salvar del olvido buena parte de la música tradicional (negra) de su país. Antes habían pasado por el escenario Siguarajazz, que es puro sabor de barrio, y Víctor Víctor el de la bachata, que se había referido a la música que hace, en una entrevista previa al congreso, de la siguiente manera: “La bachata madre es una bachata que nace en el barrio, por lo tanto su propuesta literaria es muy rudimentaria y básica. Es una canción romántica que habla de lo que ocurre en una relación. Muy ‘machista’, a veces por lo que se refleja de la sociedad, muy ‘hombrecéntrica’, incluso hay muy pocas mujeres que cantan bachata”. O sea, medio parecido a algunas manifestaciones de la música colombiana.

Sonó vallenato, sonó música tropical, y Carlos Vives, y la gente ya bailando, ya blanda y en perfecta disposición para Alfredo Gutiérrez, que cantó algo como quince canciones y repitió una. De Uruguay Drexler, de Cuba Silvio, de Argentina Mederos, de España Rosario, de Perú Susana Baca. Y de acá un man al que le dicen “el rebelde del acordeón”, que toca el instrumento con los pies, hace prrrrrrr con una célebre vibración de cachetes, y toca una muy única síntesis de ritmos populares colombianos. El tipo canta mujer que no jode es macho, Oreloleyreleyleroleloyi, avispita avispita dame miel de tu boquita, y cosas así, dignas de un perfecto representante de todo eso que somos: pintorescos, parranderos, descabellados. Imbatibles, a punta de humor y de jaleo.

Para cuando aparecieron en escena Los Van Van ya hasta vip estaba inundada de ese movimiento de músculo y grasa que dicen que saca al demonio, y por un momento pareció como si sobre las casi diez mil cabezas ningún muerto girara. Yeni, hembra alfa de la orquesta, dijo a la mujer no la dejen sola porque viene el diablo y se la lleva, y en medio de la improvisación conjuró la amenaza de lluvia que con un borra, borra el agua, Yemayá. Debió terminarse cerca de la una de la mañana, y esa madrugada, antes de dormir, una mancha en el techo pareció un presagio de que el día siguiente sería impecable.

Tres

Una, dos, tres vueltecitas por el Mercado Cultural del Palacio de Exposiciones, y en la Muestra Artística un pogo provocado por Nepentes, producto cincuenta por ciento manriqueño. Esa muestra, se escucharía decir después, fue de las mejores cosas del Congreso, no tanto para los espectadores como para los músicos independientes de la ciudad y el país. La cosa iba así: más de un centenar de empresarios internacionales del negocio de la música (de teatros, disqueras, agencias y demás) presenciaron los conciertos de la veintena de bandas y grupos nacionales que se presentaron cada tarde en los dos escenarios dispuestos. De manera que muchos músicos independientes, con pocas posibilidades de sacar su producto del terruño, pudieron hablar con quienes manejan esas lides en el extranjero. “El Congreso es como el mundial de música independiente, como un chisme iberoamericano que se riega muy fácil”, diría luego uno de esos músicos que pudo hablar con algunos promotores (y negociantes) de la música.

El concierto comenzó cumplidamente, poco después de las cinco y media, y cuando oscureció ya se apiñaban en San Juan varios mil personas, treinta según el ministerio. Primero vino Providencia, un grupo de reggae local, y luego el Quinteto Suárez Paz, con el que llegó también la lluvia. Antes de Aterciopelados un emotivo acto protocolario sellaría el fin del congreso en Medallo y entregaría a Mar del Plata la sede del próximo. En él, la ministra obsequió al secretario de cultura argentino una silleta con la cara de Gardel, obra de un campesino de Santa Elena, y Andrea Echeverri, a su vez, una guitarra hecha con guadua del Quindío.

Sobre el concierto de Aterciopelados diría al día siguiente el boletín oficial que “una alta energía se sintió en la Calle San Juan, lugar donde sucedió el concierto, y hasta las tibias gotas de lluvia entraron a hacer parte de esta mística puesta en escena que presentó Andrea Echeverry, Héctor Buitrago y sus músicos”. Siempre místicos, siempre capaces de mover esa energía, no tuvieron cómo invocar un cielo despejado contra semejante aguacero, que ni tibio ni perezoso cayó durante toda, toda la noche. Mientras Andrea y Héctor, sin embargo, nunca decayó el entusiasmo. Porque cuando no puede ella exorcizar la lluvia con cruces de sal, se solidariza con los mojados y sale, como ese día, a empaparse con ellos bajo el agua que tanto le gusta agradecer. Cantando, digamos, Baracunatana.

Después fue el turno de los mexicanos de Zoé, que en medio del torrente de agua hicieron mucha fuerza pa levantar a un público en sus últimos niveles de resistencia, que además no los conocía mucho. La cosa, sin embargo, fue peor para Antonio Carmona y Rosario: algunos abucheos, frío, y absoluto emparame. Desolador se veía San Juan, tan vacío en la antesala de Fito Páez, de cuenta de un cielo que lloraba sin consuelo, seguro en un intento por lavarle a Medallo tanto rojo pecado.

De cuarenta minutos más o menos fue la espera para ver a Fito, y ese primer tema, Folis Verghet, a algunos hizo pensar que sería un gran concierto. Como antecedente estaba ese último en Rock al Parque, en el que tocó buena parte de sus más ochenteras canciones, no muy conocidas, y sobre todo nada quemadas. Pero esta vez fueron las mismas, y hubo que conceder, por lo multitudinario del acontecimiento, aunque fuera triste ver a un artista que tanto hemos querido repetirse al decir Ey, que te pasa Medellín, te falta mambo, te sobra muerte y pasarela, (con todo y lo apropiado de la lírica para ese momento fúnebre). Imposible no pensar que por eso son desabridos estos eventos así tan grandes, que con reflexiones poco prácticas intentan disimular su pertenencia a un orden que convierte la música en mercancía. Lo dijo Mederos, el sabio Mederos, que la cultura no se pone de moda porque es algo vivo.

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Broche de oro

A las dos y media de la mañana del domingo se acabó el último de los megaconciertos, y a las seis estaba Andrés Felipe Medina dando vueltas por el barrio Nuevo Conquistadores de la Comuna 13. Tenía una cita por la tarde con la ministra de cultura, el vocalista de Doctor Krápula y otra gente del congreso, interesados en conocer la propuesta de Son Batá, colectivo al que pertenecía. Le pegaron dos, tres tiros, o los que hayan sido, y debido a una confusión, como explicarían luego los sicarios. Tenía veinticinco años y se dedicaba a predicar y practicar eso de la Noviolencia. Pero lo mataron. A la tarde se vio muy compungida a la ministra mientras le decía a los pelaos que no desistieran en su propósito de generar alternativas a la guerra. Mucha gente rechazaría en los días siguientes el asesinato del muchacho, de la misma manera que rechazó el de Colacho, un raperito y líder comunitario de 20 años, también de la Comuna 13, asesinado por un sicario en moto el 25 de agosto del año pasado. Al confeso asesino de Colacho lo condenaron, cuatro meses después, a nueve años de cárcel. Un mes después de Andrés Felipe sería asesinado a tiros otro líder de la misma comuna. Se llamaba Marcelo Pimienta, le decían Chelo, tenía 23 años y también era rapero.

Pasados los días resultaría pertinente recordar eso que el año pasado publicó un sitio en la interné, y que mantiene todavía una triste vigencia: “El cuento de hadas que nos contaron las autoridades cuando se iniciaba la seguridad democrática ya no es creíble en la ciudad. La administración Fajardo-Salazar –las menciono juntas porque parecen ser lo mismo– no ha hecho otra cosa que manejar un discurso sofistico sobre el problema, haciendo creer que en Medellín hubo una transformación social, promulgando la ciudad postal que enuncia constantemente la implementación de eventos como la Asamblea del BID, la venida de los reyes de España, la alcaldesa de Milán o los futuros Juegos Sudamericanos, que de poco o nada le han servido a la ciudad para un verdadero crecimiento social”.

Así, entre un mar de buenas intenciones y una tormenta de muchas horas, naufragó Medallo y se mostró como es. Medallo plástica, Medallo aparente, Medallo a la que le queda grande el calzón que se quiere poner. Medallo que se deja embolatar con el circo y sin el pan, que se emborracha y pelea, que hace trampa y cae en la trampa. La misma que dice que del bobo vive el vivo. La que mata, la que desaparece, la que dispara. Y la otra, a la que matan, desaparecen, disparan. La que gusta de perpetuar esa lógica bastarda y desarraigada, la que elige a los déspotas, la que castiga por mano propia a los cacos y luego con la misma mano roba. La misma que resiste y baila, hasta en medio de la tempestad, y exige y pide que le den lo que merece, que se dejen de embelecos, y hagan algo, por Dios.

A los días la administración pública, siempre tan atinada, celebró el bicentenario, o sea la independencia –de qué, no se sabe–, con varios miles de millones en juegos pirotécnicos. El transporte fue infernal ese día, como no llegó a serlo en ningún momento del congreso. La cifra de asistentes pudo haberse duplicado, con lo que no es muy difícil concluir que más convoca a este pueblo agradecido un breve polvorín de colores, que un evento hecho para que la gente se abrace mediante la música. A la final, entonces, lo que fue no es mucho menos de lo que en realidad merecemos. Lo había dicho Mederos, cuando la cosa apenas comenzaba, que “el futuro de la música es el futuro de los pueblos, y todos los gestos de encuentro, de hermandad, son maravillosos, pero la música sola no servirá de nada”.


7 Comentarios para este Artículo

  1. Anacleta Dice:

    Me encanta, me encanta, m-e e-n-c-a-n-t-a esta historia. Felicito a su escritoria que tiene una gran estrella. En mi vida quiero leer muchas historias escritas de esta manera que es tan de ella.

  2. caruri Dice:

    Crónica como se debe. Fresa, intensa, datiada, cargada de subjetividad, emocionante, sincera. Y laaaaaaaaaaarga.
    Chévere, Paca.

  3. ColoresMari Dice:

    Fuerte Paca. Es una buena sensación leerte. Aunque las noticias no sean nada buenas me gusta que me las cuente gente de escritura limpia, honesta y directa como la tuya. Este Medellín… ¡qué desconsuelo!. ¿Por qué no me sorprende? Porque así lo quiero a Medallo, así lo conozco: ensangrentado, aparente, postal para afuera, miedo y ceguera adentro, con desazón su gente, con buenas intenciones casi siempre. Es el mismo Medallo que me ha tocado toda la vida… igual me duele, hay costumbre, pero se siente el ardor en el corazón con todo esto, sobre todo con los disparos que siguen matando gente, esperanzas, ideas, intentos, búsquedas. En fin. Gracias Paca, muchas gracias.

  4. Fernando Dice:

    Qué berriondera de post!!

  5. LiliBloom Dice:

    Ufff… qué genial es leer cosas con ritmo… Buena por este y por los que vienen!!!

  6. Caliche Dice:

    Genial PaCa, está genial!
    Lastima que en Medallo sigan las cosas así o peor, se siente una caída libre sin rumbo. Esto es lo que necesitamos PaCa, no dejes de hacerlo, ya que se necesita que este tipo de cosas toquen a muchos.

  7. Alex Freker Dice:

    Peace.Love.Tebow

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