La música hace su lucha en Castilla

Publicado 18 febrero 2013 porEditor

Vi a Felipe afuera del ensayadero, Ciudad Frecuencia; estaba de pie, muy tranquilo, con
las manos en los bolsillos, sonriendo y saludando a todo el que pasaba. Su imagen me
recordó un concierto que dimos en una iglesia cuando pertenecíamos a la Red de Bandas y
Escuelas de Música de Medellín. Yo estaba en el coro, y justo en medio del evento, antes
de empezar la interpretación de ‘happy blues’, Felipe soltó chelo y se sentó en la batería
donde desbordó su faceta rockera.
Habían pasado más de diez años desde que lo conocí en la Red. Era un joven de unos
dieciocho años, enamorado de su instrumento, moreno, con su melena ondulada y larga,
siempre alegre y sonriente, portando una energía que impregnaba a los demás. Ahora lleva
una pequeña cresta y su contextura es más gruesa, pero es prácticamente el mismo en
actitud y juventud.
Me acerqué y le di un apretón de manos. Entramos sonrientes y recorrimos el corto pasillo
repleto de imágenes, fotos y dibujos, para desembocar en la sala de ensayos.
Andrés Felipe Laverde González es un violonchelista recientemente egresado de la
Universidad de Antioquia. Trabaja con la comunidad desde la música a través de Ciudad
Frecuencia, un colectivo cultural del barrio Castilla que funciona desde hace ocho años y
tiene como evento principal el Castilla Festival Rock, que en diciembre realizó su sexta
versión.
Ciudad Frecuencia también es una sala de ensayos. Su nombre no está pintado en ninguna
parte, pues la fachada del sitio consta de una sencilla puerta metálica y una pared con un
gráfico que no entendí, junto a un local de productos naturistas.
Está ubicado en pleno boulevard de Castilla, en la carrera 68 con la calle 96. De todas las
cuadras que componen esta avenida de fiesta, tabernas, restaurantes y discotecas, ésta en
particular es la de los rockeros; gracias a los bares de rock y reggae y al ensayadero, que
llegó hace dos años para consolidar el ambiente de este espacio.
Es un lugar acogedor, de paredes rojas, lleno de líneas y amplificadores, con la batería en el
centro y los demás instrumentos a su alrededor. Nos sentamos y encendí la grabadora.
Yo: ¿Qué música escuchas?
Felipe: La música. Realmente la música, para mí, es una. Sólo hay una. Más allá de géneros
y ritmos, está la música.
Yo: ¿Cómo iniciaste con todo esto?
Felipe: Con las chirimías. Fui parte del grupo Renovación a los diez años. Aprendí la
percusión de manera empírica, pero después ingresé a la Red, donde me enamoré del
violonchelo, y luego estudié profesionalmente en la UdeA.
Me cuenta que tocó la batería en una agrupación con unos parceros, Tierra, pero al final no
sucedió nada con ellos. Asimismo, divagó entre colectivos encargados de hacer música de
eventos, ambientación y teatro.
Yo: ¿Qué te ha dado la música?
Hubo un silencio y Felipe apreció el espacio lentamente; cada instrumento, cada imagen, el
aire acondicionado que goteaba y después, como si hubiera vuelto de un trance, respondió:
Felipe: Las ganas de vivir, de seguir adelante con mi vida. La música llegó en momentos
difíciles de mi vida: el fin de mi carrera como deportista por una lesión y el asesinato de mi
mejor amigo.
La guerra de bandas tocó directamente a Felipe, quien somatizó la muerte y el rechazo de
la misma en la música y las artes, donde encontró una salida diferente. Allí se vinculó a la
chirimía y luego a la Red. Centró su vida en las melodías y armonías, y deseó compartirlo.
Yo: ¿Cómo empezó Ciudad Frecuencia?
Felipe: Comenzó con unos amigos. Nosotros nos reuníamos en la Guardia Bar Rock. Por
esos días, yo tenía unos equipos porque quería montar una agrupación, pero hablando con
Juan Salazar, que siempre ha sido un impulsador de las bandas de acá, pensé en pegármele
a su experiencia y realizar un concierto. Entonces, invitamos a varios grupos y en el
proceso se me ocurrió hacer algo más grande que un concierto, hacer un Festival.
Los jóvenes (entre los que estaba Felipe) de la Guardia Bar Rock (bar del barrio
Castilla) fueron pioneros en sonar rock en su local, donde a su vez, realizaban diferentes
tipos de eventos, con el fin de apoyar a las propuestas musicales del barrio. El grupo,
posteriormente, se motivó con la idea de trabajar de una manera más social y estructurada,
invitando a la participación de la comunidad, y buscando nuevas propuestas en la escena
artística y cultural. Se estipuló, entonces, lo siguiente:
“CIUDAD FRECUENCIA apoya y consolida la escena musical en sus
diferentes géneros mediante la muestra del talento de los jóvenes de toda la
ciudad, quienes unidos por un objetivo común, ‘la música’, tienen el deseo y
la plena voluntad de expresar a toda la Ciudad la evolución de su trabajo; el
aprendizaje producto de la disciplina y la entrega por lo que se hace.
Generar un espacio de encuentro para la convivencia y el reconocimiento
del talento local a través de la realización de diferentes eventos musicales:
se posibilitará el encuentro de pares, gustos estéticos e ideologías, con la
intencionalidad de generar opciones de esparcimiento para expresar el sentir
y actuar de las diferentes comunidades que se vinculen al mismo.
CIUDAD FRECUENCIA es un proyecto de carácter comunitario que abre
espacios a beneficio de las agrupaciones y grupos artísticos de la ciudad.
Vincula a la comunidad, al barrio y a la ciudad de forma activa en los
procesos”.
(Misión – fuente: facebook.com/ciudad.frecuencia)
Felipe estaba convencido de la realización de algo grande y se hizo en el 2008 el Castilla
Festival Rock, en la carrera 68 (“le llamamos la tarima central”, dice Felipe), con un
presupuesto nulo y equipos prestados por unos y por otros. En otras palabras, se hizo con
las uñas.
Felipe: Hicimos varios conciertos y las bandas que iban tocando en la Guardia las
seleccionábamos para el festival. También los mandábamos a tocar en otras partes y casi
que nos fuimos volviendo los representantes de varios grupos. Entonces, Susi Tamayo
(Integrante del colectivo) nos dijo que debíamos tener un nombre. Yo decía que la Guardia,
pero ella insistió en que la Guardia era el bar y que esto era un colectivo cultural. Ella
propuso Frecuencia y así estuvo por un tiempo, pero a mí se me ocurrió algo: si vos te
ponés a reparar, las crestas de la frecuencia forman edificios, una ciudad… así que yo luego
propuse Ciudad Frecuencia.
Yo: ¿Qué otro proyectos tiene Ciudad Frecuencia?
Felipe: Pues, yo vengo en estos momentos de San Javier, donde montamos otro ensayadero
con los compañeros de la Casa Morada; hacemos “ensayos con público”, que es sacar
el ensayo a la calle, donde la gente vea a las agrupaciones y los muchachos sientan un
acercamiento a la tarima; orientamos a las bandas desde lo musical hasta lo administrativo;
tenemos “A la salida nos vemos”, que es una iniciativa desde los colegios: uno decía de
niño “a la salida nos vemos” y ya sabía que era para pelear, pero nosotros vamos con la
propuesta de encontrarnos para hacer música, para hacer arte. Es llegar a los colegios y a
las familias.
La música como estrategia
Ciudad Frecuencia no se quedó en música. Además del concierto, Felipe, en afán de
trabajar por la comunidad, llevo a cabo nuevas propuestas en conjunto de Toke de Salida,
colectivo cultural de la comuna 6 (12 de octubre), liderado por Luis Fernando Orozco. Este
grupo lleva, al igual que Ciudad Frecuencia, el arte como táctica y estandarte.
“Toke de Salida viene siendo un ejercicio de actuación por la reivindicación de la vida en la
zona noroccidental de Medellín. Surge como una iniciativa por el toque de queda vivido en
el 2009”, cuenta Luis Fernando.
Debido al conflicto en las comunas en el año 2009, la alcaldía municipal impuso un toque
de queda en algunos sectores de la ciudad, entre los cuales estuvieron 12 de octubre y
Castilla. La medida advertía la inseguridad del momento y la participación de los jóvenes
en esta. Además, surgieron las “fronteras invisibles”, espacios que delimitaban los
territorios de las bandas, ubicando puntos rojos en los postes de los barrios.
“Esta calle es nuestra”, fue y es la iniciativa principal de Toke de Salida y Ciudad
Frecuencia. La dinámica consiste en salir a caminar y traspasar las fronteras invisibles, a
manera de marcha y festival. Luego, ubicarse en cualquier esquina y tocar.
Orozco agrega, “realizamos movilizaciones, pintadas de murales, articulación de procesos
juveniles y la actuación directa por el respeto a la vida y la dignificación de la vida”.
Max Yuri Gil, profesor del Instituto de Estudios Políticos, dice al respecto, “muchas de
estas organizaciones se convierten en una alternativa frente a la violencia o propuestas de
organizaciones armadas, a partir de la construcción de espacios”.
“Tenemos un vasto tejido social, a veces invisible, pero que denota una gran actividad
ciudadana en torno a iniciativas culturales que reivindican derechos, que promueven
acciones de fortalecimiento de la población y de la sociedad civil”, agrega Max Yuri.
Felipe: Nos tomamos las calles, tocamos en las esquinas, recorremos los barrios.
Aprovechamos y en estos parches vamos haciendo la elección de las bandas que nos
acompañan luego en diciembre en el Castilla Festival Rock.
Así llegan a la comunidad. El fruto se ha visto en la cantidad de jóvenes y bandas que se
han formado en las artes. En sus letras, sonidos y rutinas expresan su desazón con la guerra.
La tarima es el espacio para manifestar su sentir.
Uno de los procesos relevantes de CF es el de Carpe Diem, agrupación que combina el rock
y la salsa con letras y aullidos de dolor y esperanza.
“Una madre que espera, una noticia en su puerta, mataron a su hijo, madre.
El hijo que ella espera y no dejará de esperar… cadáver y ausencia, los
muertos no caminan ni hacen compañía, madre, olvídalo, ya no vendrá,
olvídalo” – Disparos, Carpe Diem, agrupación de Castilla.
“El proceso con CF ha sido muy importante para el crecimiento de la banda. El trabajo de
Felipe nos motiva a tocar por la vida”, cuenta Oscar Restrepo, integrante del grupo.
La grabadora ya está apagada. Salimos del ensayadero. Estamos en plena 68. Ha cambiado
mucho, la verdad. Ahora se ve más novedosa. Antes fue un poco más desordenada (más
rockstar). Yo le agradezco a Felipe, mientras mencionamos una que otra trivialidad que
es interrumpida repetidamente por los saludos de la gente de los otros locales. Cruzamos
despedidas y bajo lentamente de la “tarima central”.

Ciudad Frecuencia en Música Somos

Por Lois Madrid
@loismadrid

Vi a Felipe afuera del ensayadero, Ciudad Frecuencia; estaba de pie, muy tranquilo, con las manos en los bolsillos, sonriendo y saludando a todo el que pasaba. Su imagen me recordó un concierto que dimos en una iglesia cuando pertenecíamos a la Red de Bandas y Escuelas de Música de Medellín. Yo estaba en el coro, y justo en medio del evento, antes de empezar la interpretación de ‘happy blues’, Felipe soltó chelo y se sentó en la batería donde desbordó su faceta rockera.

Habían pasado más de diez años desde que lo conocí en la Red. Era un joven de unos dieciocho años, enamorado de su instrumento, moreno, con su melena ondulada y larga, siempre alegre y sonriente, portando una energía que impregnaba a los demás. Ahora lleva una pequeña cresta y su contextura es más gruesa, pero es prácticamente el mismo en actitud y juventud.

Me acerqué y le di un apretón de manos. Entramos sonrientes y recorrimos el corto pasillo repleto de imágenes, fotos y dibujos, para desembocar en la sala de ensayos.

Andrés Felipe Laverde González es un violonchelista recientemente egresado de la Universidad de Antioquia. Trabaja con la comunidad desde la música a través de Ciudad Frecuencia, un colectivo cultural del barrio Castilla que funciona desde hace ocho años y tiene como evento principal el Castilla Festival Rock, que en diciembre realizó su sexta versión.

Ciudad Frecuencia también es una sala de ensayos. Su nombre no está pintado en ninguna parte, pues la fachada del sitio consta de una sencilla puerta metálica y una pared con un gráfico que no entendí, junto a un local de productos naturistas.

Está ubicado en pleno boulevard de Castilla, en la carrera 68 con la calle 96. De todas las cuadras que componen esta avenida de fiesta, tabernas, restaurantes y discotecas, ésta enparticular es la de los rockeros; gracias a los bares de rock y reggae y al ensayadero, que llegó hace dos años para consolidar el ambiente de este espacio.

Es un lugar acogedor, de paredes rojas, lleno de líneas y amplificadores, con la batería en el centro y los demás instrumentos a su alrededor. Nos sentamos y encendí la grabadora.

Yo: ¿Qué música escuchas?

Felipe: La música. Realmente la música, para mí, es una. Sólo hay una. Más allá de géneros y ritmos, está la música.

Yo: ¿Cómo iniciaste con todo esto?

Felipe: Con las chirimías. Fui parte del grupo Renovación a los diez años. Aprendí la percusión de manera empírica, pero después ingresé a la Red, donde me enamoré del violonchelo, y luego estudié profesionalmente en la UdeA.

Me cuenta que tocó la batería en una agrupación con unos parceros, Tierra, pero al final no sucedió nada con ellos. Asimismo, divagó entre colectivos encargados de hacer música de eventos, ambientación y teatro.

Yo: ¿Qué te ha dado la música?

Hubo un silencio y Felipe apreció el espacio lentamente; cada instrumento, cada imagen, el aire acondicionado que goteaba y después, como si hubiera vuelto de un trance, respondió:

Felipe: Las ganas de vivir, de seguir adelante con mi vida. La música llegó en momentos difíciles de mi vida: el fin de mi carrera como deportista por una lesión y el asesinato de mi mejor amigo.

La guerra de bandas tocó directamente a Felipe, quien somatizó la muerte y el rechazo de la misma en la música y las artes, donde encontró una salida diferente. Allí se vinculó a la chirimía y luego a la Red. Centró su vida en las melodías y armonías, y deseó compartirlo.

Yo: ¿Cómo empezó Ciudad Frecuencia?

Felipe: Comenzó con unos amigos. Nosotros nos reuníamos en la Guardia Bar Rock. Por esos días, yo tenía unos equipos porque quería montar una agrupación, pero hablando con Juan Salazar, que siempre ha sido un impulsador de las bandas de acá, pensé en pegármele a su experiencia y realizar un concierto. Entonces, invitamos a varios grupos y en el proceso se me ocurrió hacer algo más grande que un concierto, hacer un Festival.

Los jóvenes (entre los que estaba Felipe) de la Guardia Bar Rock (bar del barrio Castilla) fueron pioneros en sonar rock en su local, donde a su vez, realizaban diferentes tipos de eventos, con el fin de apoyar a las propuestas musicales del barrio. El grupo, posteriormente, se motivó con la idea de trabajar de una manera más social y estructurada, invitando a la participación de la comunidad, y buscando nuevas propuestas en la escena artística y cultural. Se estipuló, entonces, lo siguiente:

“CIUDAD FRECUENCIA apoya y consolida la escena musical en sus diferentes géneros mediante la muestra del talento de los jóvenes de toda la ciudad, quienes unidos por un objetivo común, ‘la música’, tienen el deseo y la plena voluntad de expresar a toda la Ciudad la evolución de su trabajo; el aprendizaje producto de la disciplina y la entrega por lo que se hace.

Generar un espacio de encuentro para la convivencia y el reconocimiento del talento local a través de la realización de diferentes eventos musicales: se posibilitará el encuentro de pares, gustos estéticos e ideologías, con la intencionalidad de generar opciones de esparcimiento para expresar el sentir y actuar de las diferentes comunidades que se vinculen al mismo.

CIUDAD FRECUENCIA es un proyecto de carácter comunitario que abre espacios a beneficio de las agrupaciones y grupos artísticos de la ciudad. Vincula a la comunidad, al barrio y a la ciudad de forma activa en los procesos”.

(Misión – fuente: facebook.com/ciudad.frecuencia)

Felipe estaba convencido de la realización de algo grande y se hizo en el 2008 el Castilla Festival Rock, en la carrera 68 (“le llamamos la tarima central”, dice Felipe), con un presupuesto nulo y equipos prestados por unos y por otros. En otras palabras, se hizo con las uñas.

Felipe: Hicimos varios conciertos y las bandas que iban tocando en la Guardia las seleccionábamos para el festival. También los mandábamos a tocar en otras partes y casi que nos fuimos volviendo los representantes de varios grupos. Entonces, Susi Tamayo (Integrante del colectivo) nos dijo que debíamos tener un nombre. Yo decía que la Guardia, pero ella insistió en que la Guardia era el bar y que esto era un colectivo cultural.

Ella propuso Frecuencia y así estuvo por un tiempo, pero a mí se me ocurrió algo: si vos te ponés a reparar, las crestas de la frecuencia forman edificios, una ciudad… así que yo luego propuse Ciudad Frecuencia.

Yo: ¿Qué otro proyectos tiene Ciudad Frecuencia?

Felipe: Pues, yo vengo en estos momentos de San Javier, donde montamos otro ensayadero con los compañeros de la Casa Morada; hacemos “ensayos con público”, que es sacar el ensayo a la calle, donde la gente vea a las agrupaciones y los muchachos sientan un acercamiento a la tarima; orientamos a las bandas desde lo musical hasta lo administrativo; tenemos “A la salida nos vemos”, que es una iniciativa desde los colegios: uno decía de niño “a la salida nos vemos” y ya sabía que era para pelear, pero nosotros vamos con la propuesta de encontrarnos para hacer música, para hacer arte. Es llegar a los colegios y a las familias.

La música como estrategia

Ciudad Frecuencia en Música Somos

Ciudad Frecuencia no se quedó en música. Además del concierto, Felipe, en afán de trabajar por la comunidad, llevo a cabo nuevas propuestas en conjunto de Toke de Salida, colectivo cultural de la comuna 6 (12 de octubre), liderado por Luis Fernando Orozco. Este grupo lleva, al igual que Ciudad Frecuencia, el arte como táctica y estandarte.

“Toke de Salida viene siendo un ejercicio de actuación por la reivindicación de la vida en la zona noroccidental de Medellín. Surge como una iniciativa por el toque de queda vivido en el 2009”, cuenta Luis Fernando.

Debido al conflicto en las comunas en el año 2009, la alcaldía municipal impuso un toque de queda en algunos sectores de la ciudad, entre los cuales estuvieron 12 de octubre y Castilla. La medida advertía la inseguridad del momento y la participación de los jóvenes en esta. Además, surgieron las “fronteras invisibles”, espacios que delimitaban los territorios de las bandas, ubicando puntos rojos en los postes de los barrios.

“Esta calle es nuestra”, fue y es la iniciativa principal de Toke de Salida y Ciudad Frecuencia. La dinámica consiste en salir a caminar y traspasar las fronteras invisibles, a manera de marcha y festival. Luego, ubicarse en cualquier esquina y tocar.

Orozco agrega, “realizamos movilizaciones, pintadas de murales, articulación de procesos juveniles y la actuación directa por el respeto a la vida y la dignificación de la vida”.

Max Yuri Gil, profesor del Instituto de Estudios Políticos, dice al respecto, “muchas de estas organizaciones se convierten en una alternativa frente a la violencia o propuestas de organizaciones armadas, a partir de la construcción de espacios”.

“Tenemos un vasto tejido social, a veces invisible, pero que denota una gran actividadciudadana en torno a iniciativas culturales que reivindican derechos, que promueven acciones de fortalecimiento de la población y de la sociedad civil”, agrega Max Yuri.

Felipe: Nos tomamos las calles, tocamos en las esquinas, recorremos los barrios. Aprovechamos y en estos parches vamos haciendo la elección de las bandas que nos acompañan luego en diciembre en el Castilla Festival Rock.

Así llegan a la comunidad. El fruto se ha visto en la cantidad de jóvenes y bandas que se han formado en las artes. En sus letras, sonidos y rutinas expresan su desazón con la guerra.

La tarima es el espacio para manifestar su sentir. Uno de los procesos relevantes de CF es el de Carpe Diem, agrupación que combina el rock y la salsa con letras y aullidos de dolor y esperanza.

“Una madre que espera, una noticia en su puerta, mataron a su hijo, madre. El hijo que ella espera y no dejará de esperar… cadáver y ausencia, los muertos no caminan ni hacen compañía, madre, olvídalo, ya no vendrá, olvídalo” – Disparos, Carpe Diem, agrupación de Castilla.

“El proceso con CF ha sido muy importante para el crecimiento de la banda. El trabajo de Felipe nos motiva a tocar por la vida”, cuenta Oscar Restrepo, integrante del grupo.

La grabadora ya está apagada. Salimos del ensayadero. Estamos en plena 68. Ha cambiado mucho, la verdad. Ahora se ve más novedosa. Antes fue un poco más desordenada (más rockstar). Yo le agradezco a Felipe, mientras mencionamos una que otra trivialidad que es interrumpida repetidamente por los saludos de la gente de los otros locales. Cruzamos despedidas y bajo lentamente de la “tarima central”.

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