El templo del rock paisa.

Publicado 12 febrero 2015 porEditor

Carlos Vieco en Música Somos

Por Diego Zambrano Benavides

diegozb92@gmail.com

Al compositor Carlos Vieco Ortiz se le recuerda como un hombre modesto y sumamente tímido,  un tipo de monosílabos que encontró en la composición musical su canal de expresión con el mundo. Prolífico como pocos, escribió más de dos mil obras, pocas de ellas grabadas, la gran mayoría inéditas. Un hombre con una amplia trayectoria en la escena musical que tuvo como maestros a Gonzalo Vidal –compositor de la música del Himno Antioqueño–, a Jesús Arriola y Eusebio Ochoa.

Más que su figura, Carlos Vieco es un nombre que taladra en la memoria de generaciones y generaciones de rockeros cada vez que suben por los caminos del Cerro Nutibara. En la zona boscosa del Cerro, como un coliseo romano partido por la mitad, con sus graderías en media luna para 3.800 espectadores y una tarima en la parte baja que remplaza las arenas de espectáculos, se levanta un pequeño teatro al aire libre en Medellín.

El teatro fue inaugurado en 1984, obra del arquitecto Óscar Mesa. Sin carpas que cubran a los espectadores, ni una fachada ostentosa, ni grandes acabados, tiene un cercado que reduce el acceso a dos porterías: una, por la parte alta detrás de las graderías, y otra, al costado izquierdo del escenario que va a dar directamente a uno de los parqueaderos del cerro; posee veintiún escalones en forma de arco –sin asientos–y unos camerinos bastante sobrios. Cada año se realizan en este recinto, tan cálido pero complejo en su acústica, los conciertos de Ciudad Altavoz y el Concierto de la Juventud; en junio se celebra el Festival Internacional de Poesía, y en agosto, el escenario acoge a los amantes de la música popular en el tradicional Festival de la Tusa y el Despecho, de la Feria de las Flores.

Arrinconados en el Carlos Vieco

La historia del rock en el icónico teatro fue una auténtica batalla, y no precisamente una Batalla de las Bandas, el nombre del evento que se organizó por primera vez en 1987. “En el primer concierto de Kraken en el Carlos Vieco, varios punkeros y metaleros se pusieron de acuerdo para hacerse sentir y atacar a la banda. Alcanzamos a interpretar solo cinco canciones  y, como grupo, decidimos terminar nuestra participación y no seguir en el evento; nos bajamos de la tarima y decidimos no entrar en conflicto con la gente”, relata Elkin Ramírez, vocalista y fundador de Kraken.

Para aquella época, Medellín estaba sumida en una ola de violencia a causa del narcotráfico y las brechas sociales; esos intereses y conflictos de clases llegaron a la escena musical.  Dos años  antes, ya se habían presentado desórdenes similares cuando el concierto se organizó en la Plaza de Toros La Macarena. La discrepancia de distintos grupos de rockeros acerca de la movida underground o comercial del rock fue lo que desató la disputa que, según Román González, exintegrante de Juanita Dientes Verdes, desembocó en la destrucción de varios instrumentos musicales y el deterioro de espacios como el Carlos Vieco.

Sin embargo, el escenario le abrió las puertas a una gran cantidad de bandas en la ciudad en un momento donde no habían espacios para realizar eventos de gran convocatoria. A finales de la década de los 80 y principios de los 90, después del breve cierre del teatro por los desmanes del  87, el  Carlos Vieco resurgió: de las presentaciones en garajes o en calles que reunían a unos pocos centenares, las bandas empezaron a tocar frente a las más de tres mil personas que asistieron desde ese momento y en adelante al teatro.

Sebastián Regino, vocalista del grupo Johnie All Stars, recuerda que en los primeros años del Carlos Vieco –en los cuales el escenario contaba incluso con sillas– asistió a importantes conciertos de grandes bandas como Neus o Ekhymosis. “El Carlos Vieco no se construyó para ser un templo rockero, pero le aportó mucho a la escena del rock de Medellín: es un escenario que, sin querer, logró hacer parte y dejar huella en la historia del rock de la ciudad”, afirma Regino.

Lo cierto es que el Carlos Vieco no es un lugar adecuado para hacer rock, se convirtió en el rinconcito del rock paisa no habiendo más. Para Elkin Ramírez, la ciudad más innovadora del  mundo no tiene un escenario construido y apropiado para hacer música en vivo. Ningún género, de hecho, ha  encontrado un espacio apropiado y con las condiciones óptimas de acústica.

Otros escenarios que sirven para malograr los que podrían ser grandes conciertos en la ciudad son  el Coliseo de la Universidad Pontificia Bolivariana y la Plaza de Toros La Macarena;  ninguno con la infraestructura de sonido adecuada. El Cincuentenario o el Polideportivo Sur de Envigado son canchas que facilitan la presentación de artistas musicales con amplio poder de convocatoria, y ni siquiera son idóneos para tener una experiencia en la que el músico se sienta a gusto tocando y el público disfrute de un recital impecable.

Cuando el público no llena el aforo total del Carlos Vieco, por ejemplo, las ondas de sonido de los amplificadores rebotan contra el muro de cemento de las graderías, y al ser un espacio al aire libre se genera una retroalimentación incómoda tanto para los artistas como para los asistentes. El escenario tampoco permite las manifestaciones propias de los rockeros como el pogo: las graderías no fueron diseñadas para contener toda la energía con la que el público vive los conciertos. Aun así, por años, limitados por el espacio, cada quien encuentra la forma de ir hacia el centro de la concha, organizar un círculo y sumarse a la masa humana que empuja y se golpea a la velocidad de las canciones.

En uno de los conciertos de Johnie All Stars, “un pelado se tiró un slam y no lo recibió nadie, entonces cayó al piso. Cuando yo me di cuenta, estaba tratando desesperadamente de subirse otra vez a la tarima para que lo auxiliaran. Y en ese momento que logró subir, alguien de seguridad lo vio y lo volvieron a tirar. Y mientras él iba cayéndose, le señalaba el brazo que se le había quebrado”, cuenta Regino.

Falta de escenarios

El público suele culpar con facilidad a los organizadores por la calidad del sonido de sus eventos. Ocesa Colombia, por  ejemplo, ha recibido numerosas  críticas a través de sus canales de comunicación por incidentes que nada tienen que ver con la logística y con los equipos que se usan en los conciertos.

Con pocas excepciones como los  teatros Metropolitano, Pablo Tobón Uribe y el de la Universidad de Medellín, recintos diseñados para brindar una óptima calidad de sonido pero con una capacidad de aforo reducida, en Medellín no hay dónde realizar un buen concierto ni de rock, ni de salsa, ni de nada.

En Colombia, en general, no existen escenarios que hayan sido construidos de la mano de un arquitecto y un ingeniero de sonido, así que la calidad de los conciertos depende de un lleno en las localidades y de exhaustivas pruebas técnicas. En Bogotá, el Parque Simón Bolívar y el Coliseo Cubierto El Campín sufren las mismas  precariedades que la gran mayoría de escenarios en el país. La alternativa son los estadios, pero los organizadores reciben todas las críticas por parte de la industria del fútbol.

Solo Valledupar, con la construcción del Parque de la Leyenda Vallenata en 2004, cuenta con un centro para realizar eventos de gran convocatoria. El escenario tiene una capacidadde 40.000 espectadores, fue construido y pensado para ofrecer música en vivo.

Lo que engrandece al Carlos Vieco

Con tantos problemas de acústica y de espacio, el Carlos Vieco sigue considerándose un templo del rock. Las bandas más celebres del rock de la ciudad han tocado en el escenario: Kraken, Ekhymosis, Carbure, Bajo Tierra, Perseo, Mojiganga, Masacre, Tenebrarum, y algunas internacionales como Attaque 77, Carajo, No te va a gustar y Cadena Perpetua.

Existen varios espacios míticos para el rock en el mundo, muchos de ellos tampoco fueron pensados como escenarios musicales; sin embargo, los artistas han sabido forjar su nombre en ellos. Así pasó en Argentina con La Perla del Once y la movida del rock nacional de este país;  o The Crocodile, bar en Seattle donde se destacaron los primeros grupos de grunge de la ciudad; o The Cavern Club, en Liverpool, donde tocó una desconocida banda llamada The Quarrymen, que más tarde pasaría a ser conocida como The Beatles.

A Medellín le hace falta un escenario que no sea una cancha, una porción de tierra, un coliseo o una plaza de toros cubierta, donde se pueda disfrutar de un espectáculo sin preocuparse por dañar la gramilla o por llenarse de lodo. Un sitio donde el músico no corra riesgos por la reverberación del sonido  y donde los amantes del rock puedan escuchar sin defectos la calidad de la música de sus bandas. Mientras eso ocurre, el Carlos Vieco seguirá siendo ese pequeño rincón que conserva infinidad de historias del rock local.

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