Foto por Yojan Valencia
Por Lucas Vargas Y Sierra
Lo primero que sorprende son las edades de los asistentes: viejos muy viejos, jóvenes muy jóvenes. Lo segundo que sorprende son las apariencias de los asistentes: arreglados muy arreglados, desarreglados muy desarreglados. Lo tercero que sorprende es que en el Teatro Metropolitano no cabía un alma más: plaza llena, Sabina arrasa Medellín.
Es la primera (y espero, con toda la fe de la que es capaz un ateo, que no sea la última) vez que veo a Sabina en escenario. Mientras esperaba el comienzo del concierto me repetí una y otra y otra vez que debía tener la memoria atenta para luego poder escribir esto, para recordar las canciones y un cierto orden, para poder narrar como es debido un concierto del español.
Mis pretensiones, por supuesto, cayeron en el vacío. Asistir a un concierto de Sabina es participar en una orgía, en un partido de fútbol, en una batalla épica y en cuarenta días de encierro solitario, todo al tiempo. Luego de lo cuál la memoria es un accesorio de difícil uso pues el espacio destinado a ella se ha entregado al placer y al dolor dulce de las nostalgias. Intentaré, no obstante, dar unas pinceladas generales sobre lo que viví aquella noche, anticipando que probablemente sea mentira y aclarando que no me importa: por ilusiones así se vive y hasta se muere.
El concierto empezó a las ocho y cuarto, terminó casi a las once de la noche: tres horas de rock, de baladas, de rancheras, de cumbia. Tres horas de Sabina en las que orgasmo metafísico tras orgasmo metafísico terminé sin una sola gota de semen (metafísico) en el organismo.
El escenario estaba vacío cuando empezó a sonar “Blues del alambique”, entonces la tensión por las nubes, los rostros girando buscando al cantante, creyendo que podía estar sentado entre nosotros, que podía empezar el concierto haciendo aparición por las puertas traseras. La canción sonó completa, una prueba de sonido -supongo-, y en el escenario aparecieron por fin los miembros de la banda. Me dio un primer paro cardíaco cuando reconocí a Pancho Varona, con su sombrero cowboy y el bajo, un segundo infarto cuando García de Diego se sentó al piano. Estaban en escena los dos grandes escuderos (culpables en gran parte por la obra maestra que es “Vinagre y rosas”), faltaba el quijote, con su traje de dril por cota de malla, con su sombrero por visera.
No tardó: Varona cantó una estrofa de una ranchera -de Jose Alfredo Jiménez, ¡carajo!- a modo de presentación, y Joaquín Sabina (el mismísimo Sabina, y ahí fueron todos los paros cardíacos en línea) salió al escenario, puso una mano en su cabeza para evitar que se cayera el sombrero, e hizo una reverencia. El teatro Metropolitano de la ciudad de Medellín entero de pie, las palmas, los gritos, la gente que cómo yo se sabía sobreviviente de muchos paros cardíacos y que sabía también que habrían muchos más a lo largo de la noche.
Y empezó el concierto.
Primero un doble golpe de “Vinagre y rosas”, con Tiramisú de limón y Viudita de Cliquot. Un pequeño error con el sonido no causó mayores problemas, antes de la segunda estrofa estuvo corregido y la voz de Sabina en vivo y en directo nos demostró que no es un artista de estudio, que hay que escucharlo en vivo para sentirlo de verdad. El público respondió como debía responder -aunque aquí debo hacer un paréntesis (estábamos, E y yo, ubicados al lado izquierdo del Teatro, dónde estaba la gente menos animada, y los que durante el concierto estuvieron de pie éramos pocos en ese sector, lo que no nos aguó la fiesta), cierro paréntesis- y cantamos con fuerza ambas canciones, yo me partí la garganta, soy la prueba viviente de que los desafinados también tienen corazón.
Con Viudita de Cliquot pude haber muerto. Es mi preferida del “Vinagre y rosas”, me recuerda mucho a mi abuelo. Pero ese es otro cuento, que con suerte contaré luego.
Siguiendo con el concierto. La tercera de la noche fue Ganas de…, del “Esta boca es mía”, y empezó recitada: sin instrumentos, Sabina declamando los primeros versos con acompañamiento de palmas por parte del público (dirigido por Pancho Varona). Fue apoteósico: con esa canción se dejaba en claro que se iban a tocar las viejas, las de los trabajos pasados, los clásicos sabineros.
En este momento la lucidez que pude haber demostrado en el relato se despeña en los abismos de lo febril, y cae sin tocar nunca fondo, rodeada de brumas apolíneas y dionisiacas que embotan la memoria y hacen que, de este punto en adelante, no recuerde absolutamente nada con un orden específico. Me resulta imposible (¡imposible!) recordar qué canción siguió a Ganas de…, así que lo que va de aquí en adelante son impresiones, retratos independientes de una línea cronológica, que espero tengan al menos la nitidez de una descripción detallada.
- Sabina presenta con un soneto a uno de sus guitarristas, le pide -dentro del soneto- que cante con él una canción. Entonces empiezan los acordes de Llueve sobre mojado, y el auditorio entero se pone de pie para cantar “Bla bla bla bla blaaaaaa”. Cuando termina la canción, Sabina presenta al resto de la banda del mismo modo que al guitarrista, cada uno con un soneto. La andaluza que lo acompañaba me enamoró, lo confieso ahora.
- El poema que está recitando en cada ciudad de la gira “Vinagre y rosas” también fue recitado en Medellín, con el respectivo arreglo de los últimos versos para que la rima fuera perfecta. (Ver el poema en www.joaquinsabina.net)
- Sabina afirma que en un momento de su vida le pasó lo peor que le puede pasar a un cantautor de su tipo, era feliz con su novia, pasó seguido contó como un día amaneció borracho en la ciudad de Praga. Entonces, silla y guitarra, y la luna fue una daga teñida de alquitrán.
- En varias oportunidades Sabina salió del escenario, dejando a cargo del concierto a su banda, que demostró estar a la altura. Cantaron en solitario clásicos del repertorio Amor se llama el juego (que la cantó García de Diego), El caso de la rubia platino, sé que hubo dos canciones más, una en voz de Pancho Varona y otra en voz de la andaluza, no las recuerdo, desafortunadamente -o afortunadamente, cuando la amnesia tiene causas como las mencionadas anteriormente, puede considerarse una fortuna-.
- Dentro de las ventajas del oficio, cuenta Sabina, está que uno llega a conocer a sus ídolos, y así fue como se encontró con Chavela Vargas, que cumple 91 años y con la que tiene, al menos, tres cosas en comun: “Los dos somos muy borrachos, a los dos nos gustan mucho las mujeres, y los dos estamos muy retirados”. Luego de esa presentación sonó Por el boulevar de los sueños rotos. A mi derecha, una mujer de cuarenta y tantos años, vestida de rojo de pies a cabeza, con varios kilos de mas y muchos miedos de menos, cantando, bailando, secando una lágrima que no podía correrle el inexistente maquillaje, y gritando “quién pudiera reír como llora Chavela”.
- Para la mitad de la noche un farol apareció en una esquina del escenario, Sabina contó dos anécdotas (por eso es que hay que oírlo en Teatro, para que pueda contar todas las cosas que quiera) y sonó Una canción para la Magdalena. En escena apareció la andaluza, vestida con falda muy, muy corta y un cigarrillo en la mano. Fue una de las canciones más emotivas de la noche.
- Acabo de recordar la canción que cantó Pancho Varona, nada más y nada menos que Conductores suicidas, yo, lo admito, hice el gesto de levantar mi copa e invitar a brindar, en honor a unos cuantos que ya no están, y que fueron buenos en el difícil arte de no mojarse bajo un chaparrón.
- El contraste entre ritmos fue perfecto. A una balada lenta podía seguirle una canción movida con perfecta sincronía. Sonaron, por ejemplo, Aves de paso y Princesa, y también Calle melancolía y 19 días y 500 noches. Sonó, en resumen, toda la gama sabinesca.
- La andaluza tenía una voz hermosa, ella misma era hermosa, y cantó “a la andaluza” Y sin embargo te quiero, canción que se fundió, cómo ya es clásico, con Y sin embargo. Otro momento emotivo hasta las lágrimas. Un viejo, con traje gris -y no miento-, se levantó de su silla para cantar ésta. Fue la única que le oí cantar, tenía una buena voz, como para tangos y boleros, y se apoyaba en el bastón para no irse al piso. Debía estar entrado en los sesenta. “Tiene veinte” pensé cuando lo vi coreando a Sabina.
10. El momento romántico de la noche estuvo a cargo de Contigo. ¿Adivinen qué? Me dio un paro cardíaco.
11. Se cantaron también Peces de ciudad y Peor para el sol, y de las nuevas el público saltó y gritó al compás de Embustera. También cantaron la excelente fusión de Noches de boda con Y nos dieron las diez. Y para la despedida, rock’n'roll de cuenta de Pastillas para no soñar y La del pirata cojo.
Seguro se me pasan canciones. Sigo sin recordar la que cantó la andaluza sin Sabina. La memoria tiene baches, eso ocurre cuando es tanta la electricidad que corre por la piel que uno no tiene mas opción que vivir, y ya, desconectando todo lo innecesario para el goce.
Se resalta la calidad de la banda, que no sólo tocan de maravilla, sino que en el escenario se mueven y danzan y lo hacen tan suyo y tan nuestro. Una puesta en escena perfecta. Se resalta la calidad de Sabina, que definitivamente no es un cantante de estudio.
Después del concierto llovía. Y no importaba mojarse.