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Fito Páez y Andrea Echeverri: una noche memorable en Medellín

Posted on 08 Mayo 2013 by Editor

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Foto por Yojan Valencia

Por Juan Manuel Flórez Arias
@juanmaexos

La lluvia caía sobre una multitud expectante. Eran las cinco y treintaicinco de la tarde del cinco de mayo, año 2013. En los alrededores del Jardín Botánico de Medellín los puestos de comida ambulante servían de escampadero para algunos rezagados que aún no se adherían a la fila. Preferían comer antes a someterse a los excesivos precios dentro del concierto. Los demás eran una fila blanca: cientos de impermeables plásticos recién comprados, ubicados uno detrás de otro, rodeando la reja que delimitaba el lugar.

-Por aquí los de platino, formen otra fila por favor –anunció uno de los encargados del ingreso.

Los asistentes a la presentación de Fito Páez se dividieron en dos bandos: los aludidos esbozaron sonrisas de satisfacción y se apresuraron a adelantarse; los otros –los de la boleta económica–, empapados, emprendieron infructuosas discusiones con los empleados. “Yo estoy pagando por esto, llevamos más de una hora aquí”. “Señor, yo también estoy trabajando, hay menos gente con boleta platino, esto facilita el ingreso”.

Entre tanto, en el escenario ubicado en el Orquideorama, el panorama era distinto. La estructura –unas flores gigantescas de madera que hacen, simultáneamente, las veces de columnas, techo y decoración– mantenía al margen de la lluvia al público más madrugador. Este, sin embargo, estallaba esporádicamente en ataques de ira ante la demora del espectáculo; silbidos y gritos de protesta inentendibles.

-En la boleta decía cuatro de la tarde y ya son las seis –reclamó al aire una mujer joven, bonita.

-Estos eventos siempre se retrasan, ponen esa hora para que se les facilite el ingreso –dije, en un intento algo sonso por tranquilizarla, como si la pregunta me hubiera sido dirigida. Una sonrisa cruzada concluyó con el diálogo casual. La espera continuó.

A las seis y cuarenta minutos, antes de lo que esperaba, Andrea Echeverry dio inicio al espectáculo. Estaba vestida con un traje negro con huesos dibujados, una bufanda rosada y esponjosa, y unas gafas oscuras, grandes. Era, en sí misma, sin llegar a entonar el primer verso, toda una artista. Durante los siguientes minutos no solo se encargó de romper el hielo con el público; dio cátedra con una presentación que demostró su capacidad de explorar alternativas sonoras novedosas.

Estaba dando a conocer su nuevo disco, Ruiseñora, lanzado en diciembre del año pasado. Se trata de un trabajo discográfico dedicado a los derechos de las mujeres y la lucha contra la injusticia. Las canciones, desconocidas para la mayoría, fueron asimiladas por su fuerte contenido social y la pasión en la interpretación de la artista. Para concluir, Andrea tuvo el acierto de incluir algunos temas de Aterciopelados y se despidió del público entre palmas y coros: “Otra, otra, otra, otra…”. La otra no llegó, pero la bogotana dejó claro que era mucho más que un complemento previo al verdadero concierto.

Más tarde la vería cerca de la cabina de sonido, todavía con parte de su atuendo, presenciando el show del esperado de la noche. Este no tardó demasiado. Aproximadamente a las siete y media las luces se apagaron, la multitud olvidó las disputas del ingreso, la lluvia, la espera y se fusionó en un grito de júbilo. Al grito le siguió la intervención de una voz conocida internacionalmente, que ha revolucionado el rock en esta parte del planeta.

“El amor después del amor tal vez se parece a este rasho de sol, y ahora que busqué y ahora que encontré el perfume que sheva el dolor”. Los músicos estaban ubicados, pero Fito Páez seguía cantando fuera de la vista de todos. Su entrada triunfal al lado de la barranquillera Adriana Ferrer, corista de la gira, fue el inicio de una fiesta musical que se extendió durante más de dos horas.

El artista argentino conmemoró junto a su receptivo público de “Medeshín” los veinte años de El amor después del amor. El repertorio conservó el orden original del disco, e incluyó éxitos inolvidables que marcaron la vida de una generación: Circo Beat, Mariposa Tecnicolor, Dar es dar; canciones que para aquella multitud aclamante eran más que un buen recuerdo.

-Sho todavía creo en las siguientes palabras, aunque la vida me ha cambiado algunas –anunció Fito antes de sentarse frente al piano y cantar Al lado del camino: “Me gusta estar al lado del camino, fumando el humo mientras todo pasa, me gusta abrir los ojos y estar vivo, haber sobrevivido mishones de resacas…”.

La madurez despierta nuevas facetas en los artistas. El Fito que vimos esa noche –con cincuenta años encima, más de tres décadas de trayectoria y algunas canas evidentes desde la distancia– fue el resultado de una vida dedicada al arte. Un artista riguroso y cercano. Las condiciones de sonido fueron óptimas y permitieron captar la emotividad del espectáculo sin muchos contratiempos. La música, los destellos, las palabras entre tema y tema, las palmas arriba, los saltos, las bromas casuales y los recuerdos se conjugaron en aquella noche memorable.

-Gracias a los músicos, a los técnicos de sonido y de luces, a los patrocinadores…y a ustedes obviamente, sin ustedes la vida no sería nada. Qué conclusión de gira tan hermosa, de verdad –exclamó el argentino y un momento después se aventuró a concluir con una especie de epifanía– Que viva la música, que viva la vida, que vivan los abrazos. Vivimos… ¡Vivamos para siempre!

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Andrea Echeverri: digna antesala de una celebración en grande

Posted on 08 Mayo 2013 by Editor

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Foto por Yojan Valencia

Por Mario Escobar Henao
@marito882
El día había llegado, era el turno para que Medellín celebrara los 20 años de
El Amor Después Del Amor, el disco de Fito Páez que se convirtió en uno
de los más importantes de su carrera, y en el más vendido de la historia del
rock argentino. Pero para esta gran fiesta se tenía preparado un preámbulo
muy especial, solicitado por el mismo artista rosarino: la presentación de la
cantautora colombiana Andrea Echeverri como invitada para abrir su show;
una artista que ha mantenido su vigencia durante 20 años (precisamente), y
siempre ha sido considerada como una de las mujeres más exitosas del rock
de nuestro país –sino la más exitosa-. Era el regreso de la capitalina a nuestra
ciudad, luego de su visita con Aterciopelados en el concierto programado por el
Congreso Iberoamericano de Cultura en 2010, donde también compartió cartel
con Fito.
En la previa, algunos disfrutaban a ritmo de reggae, y otros esperábamos por
un café, pero el tiempo de espera terminó y Andrea se hizo presente en el
escenario. Eran las 6:40 pm y terminaba de caer la noche en la lluviosa Capital
de la Montaña. Con trajes de estampado de esqueleto, un antifaz blanco y su
característica guitarra llena de coloridas calcomanías iniciaba el espectáculo
con Florence, un tema de su nuevo disco Ruiseñora, inspirado en la reconocida
feminista Florence Thomas; luego daría paso a un par de canciones de ese
mismo álbum, dedicando una de ellas a la situación social que vive Colombia
en la actualidad.
“Paciencia, estamos mostrando lo nuevo. Ya vienen los clásicos”: decía
Andrea frente a un sector que quería verla cantar los temas reconocidos de
Aterciopelados y ya empezaba a corear sus nombres; pero les daría gusto
unos minutos después con “Rompecabezas”, canción que remató con el
estribillo reiterado “Muchas gracias Medallo”, mostrando así el agradecimiento
al público paisa que fue testigo del show en el Orquideorama del Jardín
Botánico.
Luego, sus asistentes en escenario ponían ante ella una serie de pliegos con
diferentes tipos de cuerpos pintados, en los cuales ponía su rostro mientras
interpretaba su reciente sencillo: “Métetelo”; con ésta y con la canción “Yo”
dejaba un claro mensaje de cómo se siente consigo misma, de su personalidad
única y auténtica.
Retomaba la música de Aterciopelados con “Ataque de Risa”, una de las
últimas grabaciones del dúo conformado junto a Héctor Buitrago; y después de
presentar a su banda y grupo de colaboradores, generaba un éxtasis entre la
multitud con sus himnos “Baracunatana” y “El Estuche”, cerrando con algunos
souvenirs artesanales para el público tras 55 minutos de concierto.
Terminaba así el show de bienvenida a la fiesta, Andrea hizo una tarea
impecable y dejó la tarima entre aplausos y el tradicional grito de “otra, otra”.
Fue su oportunidad de mostrarnos ese nuevo álbum, el tercero como solista,
realizado en gran parte por ella misma y en el cual experimentó muchos
sonidos, incluso reemplazando la batería por instrumentos distintos de
percusión –lo cual fue muy evidente en su concierto-, y otros elementos que
le ayudarían a autodenominar ese estilo como “Rock Semilla”. Y según ha
manifestado en ocasiones anteriores, se ha hecho una pausa en el trabajo
de Aterciopelados para concentrarse, tanto ella como Héctor, en sus propios
proyectos, sin descartar un posible regreso en un par de años.
Ya todos habíamos calentado motores con la música de Andrea Echeverri y
comenzaba la expectativa de cara al número central, al alma de la fiesta, que
ya tenía varios puntos anotados con tan calurosa antesala.
Tags: El amor después del amor, 20 años, Fito Paez, Medellín, Andrea
Echeverri, Aterciopelados, Ruiseñora, Orquideorama, Concierto.

Por Mario Escobar Henao

@marito882

El día había llegado, era el turno para que Medellín celebrara los 20 años de El Amor Después Del Amor, el disco de Fito Páez que se convirtió en uno de los más importantes de su carrera, y en el más vendido de la historia del rock argentino. Pero para esta gran fiesta se tenía preparado un preámbulo muy especial, solicitado por el mismo artista rosarino: la presentación de la cantautora colombiana Andrea Echeverri como invitada para abrir su show; una artista que ha mantenido su vigencia durante 20 años (precisamente), y siempre ha sido considerada como una de las mujeres más exitosas del rock de nuestro país –sino la más exitosa-. Era el regreso de la capitalina a nuestra ciudad, luego de su visita con Aterciopelados en el concierto programado por el Congreso Iberoamericano de Cultura en 2010, donde también compartió cartel con Fito.

En la previa, algunos disfrutaban a ritmo de reggae, y otros esperábamos por un café, pero el tiempo de espera terminó y Andrea se hizo presente en el escenario. Eran las 6:40 pm y terminaba de caer la noche en la lluviosa Capital de la Montaña. Con trajes de estampado de esqueleto, un antifaz blanco y  su característica guitarra llena de coloridas calcomanías iniciaba el espectáculo con Florence, un tema de su nuevo disco Ruiseñora, inspirado en la reconocida feminista Florence Thomas; luego daría paso a un par de canciones de ese mismo álbum, dedicando una de ellas a la situación social que vive Colombia en la actualidad.

“Paciencia, estamos mostrando lo nuevo. Ya vienen los clásicos”: decía Andrea frente a un sector que quería verla cantar los temas reconocidos de Aterciopelados y ya empezaba a corear sus nombres; pero les daría gusto unos minutos después con “Rompecabezas”, canción que remató con el estribillo reiterado “Muchas gracias Medallo”, mostrando así el agradecimiento al público paisa que fue testigo del show en el Orquideorama del Jardín Botánico.

Luego, sus asistentes en escenario ponían ante ella una serie de pliegos con diferentes tipos de cuerpos pintados, en los cuales ponía su rostro mientras interpretaba su reciente sencillo: “Métetelo”; con ésta y con la canción “Yo” dejaba un claro mensaje de cómo se siente consigo misma, de su personalidad única y auténtica.

Retomaba la música de Aterciopelados con “Ataque de Risa”, una de las últimas grabaciones del dúo conformado junto a Héctor Buitrago; y después de presentar a su banda y grupo de colaboradores, generaba un éxtasis entre la multitud con sus himnos “Baracunatana” y “El Estuche”, cerrando con algunos souvenirs artesanales para el público tras 55 minutos de concierto.

Terminaba así el show de bienvenida a la fiesta, Andrea hizo una tarea impecable y dejó la tarima entre aplausos y el tradicional grito de “otra, otra”. Fue su oportunidad de mostrarnos ese nuevo álbum, el tercero como solista, realizado en gran parte por ella misma y en el cual experimentó muchos sonidos, incluso reemplazando la batería por instrumentos distintos de percusión –lo cual fue muy evidente en su concierto-, y otros elementos que le ayudarían a autodenominar ese estilo como “Rock Semilla”. Y según ha manifestado en ocasiones anteriores, se ha hecho una pausa en el trabajo de Aterciopelados para concentrarse, tanto ella como Héctor, en sus propios proyectos, sin descartar un posible regreso en un par de años.

Ya todos habíamos calentado motores con la música de Andrea Echeverri y comenzaba la expectativa de cara al número central, al alma de la fiesta, que ya tenía varios puntos anotados con tan calurosa antesala.

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MUERAN HUMANOS EN COLOMBIA

Posted on 23 Abril 2013 by Editor

mueran+humanos

Por Sergio Gonzalez

Mueran Humanos es uno de los proyectos más interesantes que ha visto nacer la década pasada. Ellos, con tan sólo un primer LP lograron hacerse dentro del círculo alternativo con el título de banda de culto.

Tomas Nochteff y Carmen Burguess conforman este proyecto/dúo de expatriados argentinos que cansados de Buenos Aires decidieron emprender rumbo hacia Europa; en primera instancia a Barcelona y luego definitivamente a Berlín. Berlín resultó para ellos una plataforma en donde pudieron dar a luz a ese sonido abrasivo que como pesadilla comenzó a tomar una forma vibrante y rotunda; “allí tomaron la electrónica como base, entiéndase como principio y no como forma canónica” ya que ellos prefirieron, más bien, ser artífices de su camino, lo que dio como resultado un sonido turbio y amplio que viaja a través de escombros y fragmentos para llegar a un límite desconocido.

Los Mueran Humanos, libertarios por naturaleza, no pueden catalogarse simplemente como una banda de rock, ya que divergen de este concepto y se apegan más a ser un proyecto de arte a todos los efectos. Esta banda que bebe de Suicide y de Throbbing Gristle no se queda apegada fielmente a las influencias pues son expertos enfáticos del aturdimiento, de una idea nueva y helada que se yergue sobre las cenizas de la actual fabricación musical con sintetizadores.

Estos porteños con un enfoque oscuro, sombrío y mínimalista, son ahora visionarios y creadores; han conseguido llevar su proyecto más allá, se han sumergido completamente en el arte como concepto o filosofía y han logrado entregar a su creciente público un imaginario bien definido con una de las visiones distópicas más originales y sinceras de estos últimos años. Ejemplo claro de ello es el trabajo de Carmen Burguess, artista plástica especializada en macabros collages que ostentan una visión malsana y lasciva, un juego estético cadencioso, alucinado, lento y opresivo que da cuenta de una sencillez que es a su vez compleja e inequívoca.

Mueran Humanos, incisivos en su propia dirección y fuertemente cohesivos vendrán a mostrarnos un proyecto que ha ido volucionando lentamente desde lo abstracto hasta algo más estructurado; en donde la improvisación y los elementos experimentales son siempre el resultado esperado. Ellos, diferentes a todo lo que hemos visto, vendrán a Colombia a darnos literalmente una bofetada que difícilmente podremos olvidar.

Para terminar queremos darles una idea acerca de la trayectoria de esta banda que, aunque joven, ya cuenta con un recorrido bastante importante en donde suman giras por: Estados Unidos, Italia, Rusia, Francia, Polonia, entre otros… y es precisamente en estas giras, donde se han hecho con una excelente reputación de banda en vivo.

www.mueranhumanos.com

COLOMBIA

26 Abril – Museo de Arte Moderno de Medellín https://www.facebook.com/events/315204815274556/
27 Abril -DJ SET- Back Door, Medellín
https://www.facebook.com/events/160884944074053/
4 Mayo – en vivo ultima fecha, Iberia bAR, Río Negro.
https://www.facebook.com/events/365940403523961/?fref=ts

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Neón 90: una mirada al pasado del rock en Medellín

Posted on 18 Abril 2013 by Editor

Neon9


Por Juan Manuel Flórez Arias
@juanmaexos

Los sonidos del pasado resuenan aún en el panorama musical de Medellín: la asimilación cultural del rock de los sesenta y setenta, las disputas entre punk y metal de los ochenta, los aires enrarecidos de los noventa y las transformaciones tras el cambio de siglo. Desenterrar estas historias de ciudad es una manera de viajar al pasado.

Este es el objetivo de Neón 90, un documental dirigido por Alejandro Gómez, ganador de la IX convocatoria de Becas de la Creación en la modalidad de documental-joven. La producción retrata el panorama social y musical de los noventa a través del testimonio de sus protagonistas. Se trata de un viaje que explora las dificultades y peculiaridades de hacer música en medio de la guerra.

Para la última década del siglo XX, Medellín cargaba con el estigma de ser una de las ciudades más violentas del mundo. El germen del narcotráfico se había instalado de a poco en la cotidianidad y su intervención en la vida política generó un caos que cobró muchas vidas. Los jóvenes crecían atados a la zozobra, y fue esta situación la que inspiró en ellos una necesidad que terminaría por revolucionar la cultura: “crear hoy aunque me maten mañana”.

Bajo este pensamiento surgieron muchas bandas que se atrevieron a explorar nuevos sonidos, líricas e ideologías. La consecuencia fue un movimiento que, en palabras de Alejandro Gómez, “abrió nuevos espacios, le dio a la gente una perspectiva distinta a la matanza que tenían alrededor”. Sin embargo, su proceso no sería nada sencillo. Las oportunidades para el rock eran entonces muy limitadas y los músicos requirieron de una gran tenacidad para lograr ser escuchados.

Neón 90 centra su trama una banda ficticia, que recoge las características de muchas alternativas musicales de la época. Alejandro, su director, explica que no quiso limitarse a narrar un caso particular: “Yo hubiera podido contar la historia de Bajo Tierra, o de Frankie ha muerto, pero esto me hubiera impedido ir más allá de ciertos espacios y ciertos lugares”.

Con la concepción de Neón, se busca reunir en una sola historia una constante compartida por la mayoría de bandas de la época: la autogestión, la fortaleza ideológica y la suerte de movimiento. Se trata de un fenómeno que trascendió lo musical y direccionó la juventud en diversos sentidos. Un verdadero punto de inflexión, cuya herencia aún es apreciable actualmente.

El interés por la tragedia, que ha convertido en leyendas a muchos artistas, es incluido en el documental: todos los integrantes de Neón desaparecen en misteriosas circunstancias justo cuando pasaban por su mejor momento como banda. Es así como se refleja la incertidumbre con la que se vivía en aquellos días, cuando una incontable cantidad de músicos fueron víctimas del conflicto; asesinados injustificadamente por fuerzas oscuras.

La propuesta es además un tributo a Los Árboles, una banda local de escasa trayectoria cuyo sonido anacrónico es para Alejandro Gómez el que mejor refleja los cabios musicales de los noventa en la ciudad. A través de sus canciones Neón cobra vida, construye un universo ficticio pero representativo.

Estas historias de vida, de ciudad, de amistades, de miedos, serán proyectadas este viernes 19 de abril en el Centro Cultural de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia a las 4:00 p.m. Allí Medellín podrá emprender un viaje al pasado, hacia una época fundamental para la consolidación de su escena rockera.

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FITO PÁEZ EN MEDELLÍN

Posted on 15 Abril 2013 by Editor

XX AMOR

Medellín se prepara para recibir a uno de los más grandes  del rock Argentino: FITO PAEZ; con su gira mundial
“EL AMOR DESPUES DEL AMOR XX AÑOS”
-Domingo 5 de Mayo. Orquideorama del Jardín Botánico de la ciudad de Medellín, 4:00 Pm

Esta es la oportunidad para vivir una experiencia única y evocar una época que ha marcado a millones de seguidores del rock en el mundo.

El Amor Después Del Amor es el disco más vendido en toda la historia del Rock Nacional Argentino, consagrando a FITO PÁEZ como uno de los más importantes artistas de su país y de Latinoamérica. El disco se convirtió en record de ventas en Argentina, 750.000 unidades se llegaron a contabilizar en su momento de mayor auge y  a la fecha la cifra supera  1.100.000 copias vendidas.

El show impecable, virtuoso y evocador del maestro Fito estará en nuestra ciudad. Medellín le da la bienvenida e inicia el conteo regresivo para una tarde mágica que se sembró hace 20 años y que en esta ocasión se combina de una manera perfecta, única e irrepetible dos décadas después.

Será una tarde inolvidable, con asado, vino, naturaleza, acompañada de canciones como Un vestido y un amor, La rueda mágica, Dos días en la vida, A rodar mi vida, El amor después del amor, Al lado del camino, Mariposa Teknicolor, entre muchas otras…

Como invitada especial, por petición del maestro Fito Páez, estará Andrea Echeverry, la consagrada y adorada vocalista de Aterciopelados.  Y ¿tú? ¿Ya tienes tu boleta?

FITO PAEZ “EL AMOR DESPUES DEL AMOR 20 AÑOS”
MEDELLÍN, DOMINGO 5 DE MAYO    4:00 PM
ORQUIDEORAMA JARDIN BOTANICO
INFORMES Y BOLETAS
www.tuboleta.com

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¡NO A LA FIESTA DE LA MÚSICA DE MEDELLÍN 2013!

Posted on 08 Abril 2013 by Editor

Cordial saludo.
Como usted la creó desde 1982 en Francia, La Fiesta de  la Música es una
celebración que se realiza el 21 de junio, el primer día del verano del hemisferio
norte. Tiene la intención francesa de la universalidad, como una síntesis práctica
de la igualdad, la fraternidad y la libertad. El objetivo del evento es promocionar
la música de dos maneras: la primera, que los músicos voluntariamente salgan a
tocar a la calle. Desafortunadamente señor Lang, en este punto encontramos el
primer inconveniente, y es que en lo práctico, La Alianza Francesa de Medellín no
trabaja en la promoción y la realización de esta idea, que a nuestro modo de ver,
debería ser el centro conceptual y real de la fiesta: Salir a tocar a la calle y hacer
la fiesta de la música.
Suponemos que la razón para invisibilizar este principio fundamental de la fiesta
tal y como usted la creó, es el hecho de que las prácticas musicales que se
lleguen a realizar por fuera de los espacios estandarizados o por fuera de los
llamados conciertos gratuitos, serán obviamente prácticas y movimientos que
quedarán fuera del control logístico y político de La Alianza y de la oficialidad
medellinense. Por otro lado y tal vez aun más grave, es el hecho de que Salir  a
tocar  a  la  calle  y  hacer  la  fiesta  de  la  música en la calle, cometiendo el acto de
celebrar la música viva en un no-lugar, en un espacio anónimo, un territorio sin
logotipo, sin estandarte y sin la presencia explícita de la institución, pondría en
riesgo el prestigio conservador de la fiesta y no le reportaría ningún beneficio al
proceso de difusión cultural que conocemos como La Alianza Francesa. Salir  a
tocar a la calle y hacer la fiesta de la música no es realmente un objetivo para los
organizadores del evento, y en ningún caso es una práctica susceptible de ser
motivada, apoyada y difundida.
Como usted lo concibió, la segunda manera de promover la música en La Fiesta
de la Música, es con la organización de conciertos gratuitos. Habría entonces que
comenzar a responder la pregunta: ¿Gratuitos para quién?.
¿Conciertos gratuitos para el público? No hay mucho que decir. A pesar de que
el consumo de bienes culturales en Medellín para la gran mayoría, no encabeza
su lista de prioridades o ni siquiera hace parte de ella, el público sigue mereciendo
con creces los conciertos gratuitos.
¿Conciertos gratuitos para los organizadores e inversionistas? Diríamos
sin temor a equivocarnos, que en este caso no podemos hablar de gratuidad.
En este punto el concepto de lo gratuito no resiste el análisis y empieza a pesar
la idea de rentabilidad. En Medellín, solo el año pasado, durante horas, más de
39.000 personas fueron consumidoras pasivas de la descarga publicitaria que los
organizadores y los inversionistas instalaron en los llamados conciertos gratuitos.
Señor Lang, considerando que si cotizáramos con una agencia x, el costo de
impactar a 39.000 mil personas, durante un tiempo promedio de una hora, con
las estrategias gráficas publicitarias de 10 ó 12 entidades y empresas de gran
envergadura financiera, probablemente nos encontraríamos con costos muy
altos. Volúmenes de dinero con los cuales podrían financiarse, entre otras cosas,
estímulos económicos para los músicos que hacen La Fiesta de la Música.
¿Conciertos gratuitos para los músicos? Gratuitos no. Costosos y muy
costosos. Muchos saben que la inversión de producir un concierto sobrepasa
casi siempre los presupuestos con los que los músicos a veces contamos. Para
los músicos esta celebración es una idea muy buena y pasan cosas maravillosas
en ella. Pero la verdad sea dicha, todo tiene costos materiales y en este caso
son los músicos los que están asumiendo casi el total del esfuerzo. Creemos
erróneamente que no tenemos más espacios o que no los podemos construir
¿tenemos que tocar en La Fiesta de la Música simplemente porque nos dan la
oportunidad?
El público, los inversionistas y los organizadores obtienen ganancias notorias en
todo el ejercicio. Señor Lang, como diría su compatriota Pierre Bourdieu, el público
gana en capital cultural y social, los organizadores ganan capital político y los
inversionistas ganan capital económico, cultural, político y social. Paradójicamente
los músicos que son el centro de la fiesta solo ganan en capital social y además
no recuperan su inversión económica. Todo esto con el antecedente agravante de
que hoy en día en Colombia, las entidades encargadas de recoger el dinero de los
músicos no funcionan, y por lo tanto, durante todo el año, y sin ninguna retribución
monetaria para la gran mayoría de los artistas que han publicado su trabajo, se
escuchan y se venden ilegalmente cientos de miles de minutos de música a través
de diversos medios y lugares. Los músicos permanentemente están donando
su trabajo y por lo tanto podríamos preguntarnos: ¿cada vez que se escucha
una canción sin retribuir económicamente a sus creadores, ocurre la fiesta de la
música? Claramente la respuesta es no. La fiesta de la música es música viva.
Por lo tanto señor Lang, no queremos esconder la indignación y la sensación
de frustración, no solo ante la falta de espacios y apoyos económicos, si no
también ante la insuficiencia y la confusión que generan las pocas entidades y
los pocos eventos con los que cuenta la cultura en nuestros amados pueblos
latinoamericanos. Muchos realmente están convencidos de que hay una
verdadera ética humanista en La Fiesta de la Música de Medellín y que es
posible la democratización de la música a través de una fiesta masiva, en la
que los principales actores no reciben un apoyo económico y su inversión
se queda simplemente en el reconocimiento simbólico. Pensamos que no
es posible la coherencia ética en este caso. Mientras haya publicidad y los
beneficios económicos se estén guardando en los bolsillos de los patrocinadores
o inversionistas, o como los llama La Alianza Francesa, Los  Tenores, no habrá
coherencia ni moral ni ética en este evento. Entonces concluyendo, dos cosas. La
primera: en La Fiesta de la Música de Medellín 2013 hay una total ausencia de la
supuesta manera fundamental de promover la música tal y como usted la concibió:
Salir a tocar a la calle y hacer la fiesta de la música. La segunda conclusión: como
entonces sí hay ganancias económicas, lógicamente el primer beneficiario debe
ser el músico.
Estimado Jack Lang, para finalizar esta simple perorata, queremos anotar que
somos totalmente conscientes de que el no-pago a los músicos ha sido uno de
los principios conceptuales fuertes de La Fiesta de la Música desde su inicio.
Pero teniendo en cuenta los cambios en las tecnologías de la comunicación,
las diferencias entre los mercados culturales de París 1982 y Medellín 2013,
además de los beneficios ya mencionados en capitales discriminados, estamos
absolutamente convencidos de que un estímulo económico, moderado e
igual en tamaño para todos los músicos invitados a los conciertos gratuitos,
no disminuye ni en mística ni en alegría, no le quita altura moral al evento
y tampoco es un artificio de merecimientos sin sentido. Los músicos somos
profesionales respetables y la sociedad nos necesita, por lo tanto no nos sentimos
representados por este evento. Queremos una Fiesta de la Música con espacios
abiertos. No queremos convocatorias temerosas y parciales que no exalten
a la música como una práctica posible fuera de la producción institucional y
empresarial. Queremos conciertos gratuitos para el público y pagados para el
músico. Queremos patrocinadores generosos y prósperos. Queremos entidades
oficiales comprometidas con la música y orgullosas de su labor.
Estimado señor Jack Lang, porque queremos sea mejor, más ética, más justa y
más grande, este año tristemente tenemos que decirle:
¡NO A LA FIESTA DE LA MÚSICA DE MEDELLÍN 2013!
Sinceramente
DAVID MACHADO GOMEZ
Cantautor

jack lang en Música Somos

Estimado Jack Lang:

Cordial saludo.

Como usted la creó desde 1982 en Francia, La Fiesta de  la Música es una celebración que se realiza el 21 de junio, el primer día del verano del hemisferio norte. Tiene la intención francesa de la universalidad, como una síntesis práctica de la igualdad, la fraternidad y la libertad. El objetivo del evento es promocionar la música de dos maneras: la primera, que los músicos voluntariamente salgan a tocar a la calle. Desafortunadamente señor Lang, en este punto encontramos el primer inconveniente, y es que en lo práctico, La Alianza Francesa de Medellín no trabaja en la promoción y la realización de esta idea, que a nuestro modo de ver, debería ser el centro conceptual y real de la fiesta: Salir a tocar a la calle y hacer la fiesta de la música.

Suponemos que la razón para invisibilizar este principio fundamental de la fiesta tal y como usted la creó, es el hecho de que las prácticas musicales que se lleguen a realizar por fuera de los espacios estandarizados o por fuera de los llamados conciertos gratuitos, serán obviamente prácticas y movimientos que quedarán fuera del control logístico y político de La Alianza y de la oficialidad medellinense. Por otro lado y tal vez aun más grave, es el hecho de que Salir  a  tocar  a  la  calle  y  hacer  la  fiesta  de  la  música en la calle, cometiendo el acto de celebrar la música viva en un no-lugar, en un espacio anónimo, un territorio sin logotipo, sin estandarte y sin la presencia explícita de la institución, pondría en riesgo el prestigio conservador de la fiesta y no le reportaría ningún beneficio al proceso de difusión cultural que conocemos como La Alianza Francesa. Salir  a  tocar a la calle y hacer la fiesta de la música no es realmente un objetivo para los organizadores del evento, y en ningún caso es una práctica susceptible de ser motivada, apoyada y difundida.

Como usted lo concibió, la segunda manera de promover la música en La Fiesta de la Música, es con la organización de conciertos gratuitos. Habría entonces que comenzar a responder la pregunta: ¿Gratuitos para quién?.

¿Conciertos gratuitos para el público? No hay mucho que decir. A pesar de que el consumo de bienes culturales en Medellín para la gran mayoría, no encabeza su lista de prioridades o ni siquiera hace parte de ella, el público sigue mereciendo con creces los conciertos gratuitos.

¿Conciertos gratuitos para los organizadores e inversionistas? Diríamos sin temor a equivocarnos, que en este caso no podemos hablar de gratuidad. En este punto el concepto de lo gratuito no resiste el análisis y empieza a pesar la idea de rentabilidad. En Medellín, solo el año pasado, durante horas, más de 39.000 personas fueron consumidoras pasivas de la descarga publicitaria que los organizadores y los inversionistas instalaron en los llamados conciertos gratuitos.

Señor Lang, considerando que si cotizáramos con una agencia x, el costo de impactar a 39.000 mil personas, durante un tiempo promedio de una hora, con las estrategias gráficas publicitarias de 10 ó 12 entidades y empresas de gran envergadura financiera, probablemente nos encontraríamos con costos muy altos. Volúmenes de dinero con los cuales podrían financiarse, entre otras cosas, estímulos económicos para los músicos que hacen La Fiesta de la Música.

¿Conciertos gratuitos para los músicos? Gratuitos no. Costosos y muy costosos. Muchos saben que la inversión de producir un concierto sobrepasa casi siempre los presupuestos con los que los músicos a veces contamos. Para los músicos esta celebración es una idea muy buena y pasan cosas maravillosas en ella. Pero la verdad sea dicha, todo tiene costos materiales y en este caso son los músicos los que están asumiendo casi el total del esfuerzo. Creemos erróneamente que no tenemos más espacios o que no los podemos construir ¿tenemos que tocar en La Fiesta de la Música simplemente porque nos dan la oportunidad?

El público, los inversionistas y los organizadores obtienen ganancias notorias en todo el ejercicio. Señor Lang, como diría su compatriota Pierre Bourdieu, el público gana en capital cultural y social, los organizadores ganan capital político y los inversionistas ganan capital económico, cultural, político y social. Paradójicamente los músicos que son el centro de la fiesta solo ganan en capital social y además no recuperan su inversión económica. Todo esto con el antecedente agravante de que hoy en día en Colombia, las entidades encargadas de recoger el dinero de los músicos no funcionan, y por lo tanto, durante todo el año, y sin ninguna retribución monetaria para la gran mayoría de los artistas que han publicado su trabajo, se escuchan y se venden ilegalmente cientos de miles de minutos de música a través de diversos medios y lugares. Los músicos permanentemente están donando su trabajo y por lo tanto podríamos preguntarnos: ¿cada vez que se escucha una canción sin retribuir económicamente a sus creadores, ocurre la fiesta de la música? Claramente la respuesta es no. La fiesta de la música es música viva.

Por lo tanto señor Lang, no queremos esconder la indignación y la sensación de frustración, no solo ante la falta de espacios y apoyos económicos, si no también ante la insuficiencia y la confusión que generan las pocas entidades y los pocos eventos con los que cuenta la cultura en nuestros amados pueblos latinoamericanos. Muchos realmente están convencidos de que hay una verdadera ética humanista en La Fiesta de la Música de Medellín y que es posible la democratización de la música a través de una fiesta masiva, en la que los principales actores no reciben un apoyo económico y su inversión se queda simplemente en el reconocimiento simbólico. Pensamos que no es posible la coherencia ética en este caso. Mientras haya publicidad y los beneficios económicos se estén guardando en los bolsillos de los patrocinadores o inversionistas, o como los llama La Alianza Francesa, Los  Tenores, no habrá coherencia ni moral ni ética en este evento. Entonces concluyendo, dos cosas. La primera: en La Fiesta de la Música de Medellín 2013 hay una total ausencia de la supuesta manera fundamental de promover la música tal y como usted la concibió: Salir a tocar a la calle y hacer la fiesta de la música. La segunda conclusión: como entonces sí hay ganancias económicas, lógicamente el primer beneficiario debe ser el músico.

Estimado Jack Lang, para finalizar esta simple perorata, queremos anotar que somos totalmente conscientes de que el no-pago a los músicos ha sido uno de los principios conceptuales fuertes de La Fiesta de la Música desde su inicio. Pero teniendo en cuenta los cambios en las tecnologías de la comunicación, las diferencias entre los mercados culturales de París 1982 y Medellín 2013, además de los beneficios ya mencionados en capitales discriminados, estamos absolutamente convencidos de que un estímulo económico, moderado e igual en tamaño para todos los músicos invitados a los conciertos gratuitos, no disminuye ni en mística ni en alegría, no le quita altura moral al evento y tampoco es un artificio de merecimientos sin sentido. Los músicos somos profesionales respetables y la sociedad nos necesita, por lo tanto no nos sentimos representados por este evento. Queremos una Fiesta de la Música con espacios abiertos. No queremos convocatorias temerosas y parciales que no exalten a la música como una práctica posible fuera de la producción institucional y empresarial. Queremos conciertos gratuitos para el público y pagados para el músico. Queremos patrocinadores generosos y prósperos. Queremos entidades oficiales comprometidas con la música y orgullosas de su labor.

Estimado señor Jack Lang, porque queremos sea mejor, más ética, más justa y más grande, este año tristemente tenemos que decirle:

¡NO A LA FIESTA DE LA MÚSICA DE MEDELLÍN 2013!

Sinceramente

DAVID MACHADO GOMEZ

Cantautor

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Niyireth le canta al amor y a la tierra

Posted on 01 Abril 2013 by Editor

Por Juan Manuel Flórez Arias @juanmaexos
En la tarima reposaban un cajón flamenco, un tiple y una guitarra. La dama, la esperada
subió al escenario. La media luz acentuó la emotividad del momento mientras Sandro Toro,
guitarra en mano, dio inicio a la velada con el primer acorde. Niyireth Alarcón deleitó al
escaso público del Café-Bar La Camerata con su voz cálida y su sonrisa permanente.
Era sábado, 2 de marzo del 2013, Medellín. Se trataba de la presentación previa al inicio
de su gira por Europa –los destinos: Suiza, España e Italia–. Pero esa noche la cantante de
Música Andina Colombiana aún no partía y estaba allí, al occidente de la ciudad, brindando
un espectáculo cargado de emotividad.
Tras quince años de trayectoria musical, Niyireth se ha consolidado como un referente
de los ritmos tradicionales del País del Sagrado Corazón. Sus alcances han trascendido
las fronteras nacionales, permitiéndole viajar a Europa y a otros países de Latinoamérica.
Ha ganado múltiples premios y reconocimientos por su exaltación a la memoria musical
y cultural de esta tierra. Esa identidad que prevalece a pesar de la influencia de nuevas
tendencias musicales provenientes de todo el mundo.
Su voz, con un efecto casi hipnótico, le da una caracterización única. Siempre acompañada
de Sandro Toro y Juan Carlos Montes. Todos enamorados de la música y de su país. El
conjunto posee una instrumentación básica pero dinámica, que sabe aprovechar la potencia
y amplitud del registro de la cantante. Juan Carlos alterna la percusión acústica con el tiple,
Sandro acompaña con la guitarra y Catalina Restrepo complementa ocasionalmente con el
violín.
Pero más allá de la riqueza musical, y sin desconocerla, es la emotividad de la
interpretación lo que diferencia a Niyireth y a su grupo de otras alternativas en el medio
folclórico. Para Sandro su labor consiste en rescatar esos ritmos que tienden a quedar
en el olvido a causa de la globalización. Su proceso, desde esa perspectiva, no dista del
emprendido por ensayistas como William Ospina, quien a través de la palabra busca
comprender y difundir ese pasado común pluriétnico y multicultural.
Los diversos viajes le han dado al guitarrista una idea de lo que representan los ritmos
andinos colombianos en otros continentes. Afirma que en Europa los profesores de música,
acostumbrados a los clásicos, quedan fascinados al escuchar los géneros de esta parte
del mundo. La novedad es la que posibilita que la tradición latinoamericana se posicione
internacionalmente y adquiera reconocimiento en el ámbito musical, trascendiendo la
barrera del idioma.
La gira de Niyireth, que acaba de concluir, es una evidencia más de un género que se abre
a nuevos públicos, que explora nuevos sonidos y se reinventa sin abandonar sus raíces.
Ya sea en un escenario en suiza o en un discreto bar de Medellín, la cantante continúa
construyendo la historia del folclor colombiano. Cantándole al amor y a la tierra, o al amor
a la tierra; Niyireth es una mujer capaz de transmitir un sentimiento a través de su voz, la
realidad de un pueblo nacido de la diversidad.

Niyireth en Música Somos

Foto por Niyireth Alarcón

Por Juan Manuel Flórez Arias

@juanmaexos

En la tarima reposaban un cajón flamenco, un tiple y una guitarra. La dama, la esperada subió al escenario. La media luz acentuó la emotividad del momento mientras Sandro Toro, guitarra en mano, dio inicio a la velada con el primer acorde. Niyireth Alarcón deleitó al escaso público del Café-Bar La Camerata con su voz cálida y su sonrisa permanente.

Era sábado, dos de marzo del 2013, Medellín. Se trataba de la presentación previa al inicio de su gira por Europa –los destinos: Suiza, España e Italia–. Pero esa noche la cantante de Música Andina Colombiana aún no partía y estaba allí, al occidente de la ciudad, brindando un espectáculo cargado de emotividad.

Tras quince años de trayectoria musical, Niyireth se ha consolidado como un referente de los ritmos tradicionales del País del Sagrado Corazón. Sus alcances han trascendido las fronteras nacionales, permitiéndole viajar a Europa y a otros países de Latinoamérica.

Ha ganado múltiples premios y reconocimientos por su exaltación a la memoria musical y cultural de esta tierra. Esa identidad que prevalece a pesar de la influencia de nuevas tendencias musicales provenientes de todo el mundo.

Su voz, con un efecto casi hipnótico, le da una caracterización única. Siempre acompañada de Sandro Toro y Juan Carlos Montes. Todos enamorados de la música y de su país. El conjunto posee una instrumentación básica pero dinámica, que sabe aprovechar la potencia y amplitud del registro de la cantante. Juan Carlos alterna la percusión acústica con el tiple, Sandro acompaña con la guitarra y Catalina Restrepo complementa ocasionalmente con el violín.

Pero más allá de la riqueza musical, y sin desconocerla, es la emotividad de la interpretación lo que diferencia a Niyireth y a su grupo de otras alternativas en el medio folclórico. Para Sandro su labor consiste en rescatar esos ritmos que tienden a quedar en el olvido a causa de la globalización. Su proceso, desde esa perspectiva, no dista del emprendido por ensayistas como William Ospina, quien a través de la palabra busca comprender y difundir ese pasado común pluriétnico y multicultural.

Los diversos viajes le han dado al guitarrista una idea de lo que representan los ritmos andinos colombianos en otros continentes. Afirma que en Europa los profesores de música, acostumbrados a los clásicos, quedan fascinados al escuchar los géneros de esta parte del mundo. La novedad es la que posibilita que la tradición latinoamericana se posicione internacionalmente y adquiera reconocimiento en el ámbito musical, trascendiendo la barrera del idioma.

La gira de Niyireth, que acaba de concluir, es una evidencia más de un género que se abre a nuevos públicos, que explora nuevos sonidos y se reinventa sin abandonar sus raíces. Ya sea en un escenario en Suiza o en un discreto bar de Medellín, la cantante continúa construyendo la historia del folclor colombiano. Cantándole al amor y a la tierra, o al amor a la tierra; Niyireth es una mujer capaz de transmitir un sentimiento a través de su voz, la realidad de un pueblo nacido de la diversidad.

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RAP TOUR FESTIVAL

Posted on 08 Marzo 2013 by Editor

Rap Tour en Música Somos

Música Somos presenta

RAP TOUR FESTIVAL

Que es RAP TOUR FESTIVAL?

Es la iniciativa de organizarnos como movimento hip hop, trabajando en asociaciòn para lograr mayores resultados, basados en el respeto, la profesionalizaciò y la autogestion.

OBJETIVOS

- Independizar y crear conciencia de industria.
- Profesionalizaciòn de propuestas dentro del HIPHOP
- Impulsar nuevos talentos
- Apropiaros de lo nuestro
- Involucrar la empresa privada
- uniòn de todo el genero.

COMO LOGRARLO

Consolidando un visionario proyecto que abarque e involecre a empresas y/o personas dspuestas a trabajar en equipo de una manera etica y profesional direccionando hacia un mismo objetivo:

En un principio el proyecto RAPTOUR FESTIVAL contiene:

- Ciclo de conciertos en el area metropolitana del valle de aburra con compra y venta de boleteria.
- Trabajo discografico y video con artistas referentes y/o en previa convocatoria
- Equipo profesional en el area de produccion musical, video, fotografia, diseño, mercadeo y medios para los nuevos talentos
- Empresas privadas vinculadas que creen en lo nuestro
- Equipo organizador con mucho conocimiento en el medio
- Mucho amor y respeto para todos.

Más info dando click acá

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Los Árboles y su disco sin nombre

Posted on 07 Febrero 2013 by Editor

A finales del 97, cuando agonizaba la última década del milenio, fue lanzado a través del sello
Lorito Records el primer y único disco de Los Árboles. Un nombre que nada tiene que ver con
el compromiso ecológico. Se trata de una iniciativa musical que reúne una mezcla de sonidos
inusuales para el contexto de la época, caracterizada por un aire alternativo, subyacente, alejado
de las grandes cámaras. Resumiendo: un estilo íntimo.
La banda fue conformada a principios de los noventa y contó con una receptividad aceptable en
la escena local; constituida entonces principalmente por bandas de punk y metal. Sus músicos
provenían de esa corriente popularmente llamada “chatarruda” que con tanta fuerza impulsó a
las primeras y legendarias bandas de la ciudad. Decidieron sin embargo alejarse de los pogos y
los estruendosos conciertos y permitirse la influencia de un post punk que recién surgía en otras
partes del mundo.
Dejan en el público cierta incertidumbre, tanto en sus letras como en el arte del disco: sin nombre
visible, ni letras de canciones, ni los nombres de los integrantes. Le arrebatan el ropaje mediático
a su trabajo, desnudando así su esencia. Es un referente de la música nacida en las calles,
impregnada de ese humor, a veces mal oliente o fragante, de ciudad.
Tal como expresa Federico López, productor de la efímera disquera independiente Lorito Records,
“ni los medios, ni la gente sabían qué hacer con Los Árboles, preferían homologarlo con otros
proyectos que consideraban similares. Muchas veces se crea una niebla que impide diferenciar lo
trascendente”. Sin ánimo de entrar a discutir su trascendencia, veinte años después se evidencia
en parte el aspecto anacrónico que caracterizó a esta banda.
Su caso es distinto al de Kraken u otros grupos de la época. No caen en la evocación, no son los
viejos fans quienes desentierran a Los Árboles, son principalmente los jóvenes quienes comienzan
a tomarlos como algo importante para la música de la ciudad.
En definitiva, el disco sin nombre no fue un éxito en ventas. De hecho, no mucho tiempo después
de su lanzamiento la banda se desintegró, al igual que Lorito Records. Pocos, de los ya escasos
seguidores, conservaron algunas copias del álbum y fue así como el proyecto cayó en un relativo
olvido. Olvido que no contaba con la magia del internet, esa que terminó por derrumbarlo.
Actualmente Alejandro Saldarriaga, fundador de la banda, y otros ex integrantes han conformado
un nuevo proyecto llamado Sultán. Sin embargo, lo consideran como una evolución musical más
que la reestructuración del pasado. “No tengo nada que decir de Los Árboles, ese fue un proceso
que concluyó”…dice Alejandro. Quizá todo sucedió de acuerdo a su filosofía, a esa insistencia por
conservar la independencia y por hacer de la música un diálogo personal.

Los Árboles en Música Somos

Por Juan Manuel Flórez
@juanmaexos

A finales del 97, cuando agonizaba la última década del milenio, fue lanzado a través del sello Lorito Records el primer y único disco de Los Árboles. Un nombre que nada tiene que ver con el compromiso ecológico. Se trata de una iniciativa musical que reúne una mezcla de sonidos inusuales para el contexto de la época, caracterizada por un aire alternativo, subyacente, alejado de las grandes cámaras. Resumiendo: un estilo íntimo.

La banda fue conformada a principios de los noventa y contó con una receptividad aceptable en la escena local; constituida entonces principalmente por bandas de punk y metal. Sus músicos provenían de esa corriente popularmente llamada “chatarruda” que con tanta fuerza impulsó a las primeras y legendarias bandas de la ciudad. Decidieron sin embargo alejarse de los pogos y los estruendosos conciertos y permitirse la influencia de un post punk que recién surgía en otras partes del mundo.

Dejan en el público cierta incertidumbre, tanto en sus letras como en el arte del disco: sin nombre visible, ni letras de canciones, ni los nombres de los integrantes. Le arrebatan el ropaje mediático a su trabajo, desnudando así su esencia. Es un referente de la música nacida en las calles, impregnada de ese humor, a veces mal oliente o fragante, de ciudad.

Tal como expresa Federico López, productor de la efímera disquera independiente Lorito Records, “ni los medios, ni la gente sabían qué hacer con Los Árboles, preferían homologarlo con otros proyectos que consideraban similares. Muchas veces se crea una niebla que impide diferenciar lo trascendente”. Sin ánimo de entrar a discutir su trascendencia, veinte años después se evidencia en parte el aspecto anacrónico que caracterizó a esta banda.

Su caso es distinto al de Kraken u otros grupos de la época. No caen en la evocación, no son los viejos fans quienes desentierran a Los Árboles, son principalmente los jóvenes quienes comienzan a tomarlos como algo importante para la música de la ciudad.

En definitiva, el disco sin nombre no fue un éxito en ventas. De hecho, no mucho tiempo después de su lanzamiento la banda se desintegró, al igual que Lorito Records. Pocos, de los ya escasos seguidores, conservaron algunas copias del álbum y fue así como el proyecto cayó en un relativo olvido. Olvido que no contaba con la magia del internet, esa que terminó por derrumbarlo.

Actualmente Alejandro Saldarriaga, fundador de la banda, y otros ex integrantes han conformado un nuevo proyecto llamado Sultán. Sin embargo, lo consideran como una evolución musical más que la reestructuración del pasado. “No tengo nada que decir de Los Árboles, ese fue un proceso que concluyó”…dice Alejandro. Quizá todo sucedió de acuerdo a su filosofía, a esa insistencia por conservar la independencia y por hacer de la música un diálogo personal.

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Artesanos del sonido

Posted on 27 Enero 2013 by Editor

La historia de dos vidas distintas, unidas por seis cuerdas templadas…
Por Diego Londoño
@elfanfatal
diego@musicasomos.net
Al llegar a Marinilla, municipio del oriente Antioqueño, y luego de un extravío descuidado en la carretera que conduce a la capital de Colombia desde Medellín, pregunto inocentemente dónde queda ubicado el taller de guitarras, me responden a punta de sonrisas marinillas con varias direcciones, al caminar más de 10 minutos me doy cuenta que son varios los talleres, varios los pioneros y representantes del instrumento en este municipio guitarrero por excelencia.
El día anterior había acordado encontrarme con un rostro que vi más de una vez en etiquetas de guitarras de amigos, maestros y hasta mías, un rostro conocido en mi adolescencia musical y rebelde.
-Entonces nos vemos a las ocho, acá en mi taller al lado de la autopista, por el cementerio de Marinilla. Dijo.
-Así será señor… nos vemos mañana, muchas gracias por todo.
Caminando me topé de repente con un letrero grande a la entrada de un jardín enlodado por la lluvia del alba, “Guitarras La Sonora. Gerardo Arbeláez, leyenda desde 1898”. A las ocho en punto de la mañana estaba pisando el botón que era avisado por un cartel que decía, ´fábrica, timbre aquí´.
Salió ese rostro que por tantos años había visto, para mí era casi familiar, como un viejo conocido.
-Don Gerardo como está, ayer hablamos para este encuentro, ¿se acuerda? Dije.
- Ahh, ¿Cómo está?
Fue el saludo simplón que recibí aquel jueves frio y húmedo de agosto.
De repente su rostro se transformó, parecía resistirse a que alguien ingresara a su mundo, el de las cuerdas, la madera inmunizada, el roble, el cedro, el colbón, la macilla, las prensas y los trastes.
-Hombre hoy estoy como ocupado, solo tengo un trabajador. Deberías pasarme esas pregunticas por escrito y yo las miro y nos sentamos más tranquilos en otra oportunidad.
Sentí por un momento que había perdido el trabajo, las llamadas y la ilusión, que la madrugada preparada para recorrer los 47 kilómetros de distancia en un microbús, y los 4.700 pesos del pasaje, se desvanecían entre la niebla oriental de Antioquia. Mi voz se quebró y mi ceño insistió- así quisiera- en no fruncirse.
-Don Gerardo, yo vengo desde Medellín solo para conversar con usted y verlo trabajar un rato. No es nada complicado, del resto me encargo yo. ¿Puedo ver su taller?
Después de todo pude ingresar tímidamente y ver el espacio artífice de toda una tradición cultural en Antioquia.
Doy unos pasos en las pequeñas baldosas coloridas de la casa de paredes amarillas. El olor a madera ya se entrometía en el ambiente, y el rostro de Don Gerardo seguía tan rígido como la madera de sus guitarras.
Gerardo Arbeláez se ubicó en la mesa central del patio, agarró el mástil de una guitarra en construcción que hacía parte de un cúmulo de maderos ubicados en el suelo, le dio dos golpes en la parte superior con la intención de revisar su encaje. Luego, inició a pegar los 18 trastes enumerados en la madera, con la experiencia que sólo dan los años y con la certeza de que algún día, eso que hasta el momento parecía tan sólo un madero insípido, emitiría toda clase de notas y melodías. Acordes, ritmos y canciones pegajosas desfilarían por las cuerdas cobrizas que más tarde pondría también con cuidado. Me distraje un rato mirando la grabadora Silver repleta de viruta de aserrín que teníamos enfrente, “Se va, se va la lancha, se va con el pescador y en esa lancha que cruza el mar, se va también mi amor”, sonaba de fondo en el 830 am de Radio reloj.
Su labor matutina empezó a mi lado, de a poco empezamos a conversar, Gerardo Arbeláez, el creador de las guitarras La Sonora, que se construyen hace más de 50 años, ahora martilla mientras de reojo observa como tomo apuntes sobre lo que tímidamente me cuenta, mientras yo sutilmente trato de romper el hielo.
Él es un hombre tranquilo, que disfruta la vida mientras ella pasa a su lado. Sus días son llenos de madera, cuerdas y música, la que disfruta oyendo y con la que alimenta su alma. La música colombiana es su motor, los boleros su corazón. Admira y disfruta al maestro León Castaño, al Dueto de Antaño, Los Panchos y Los Diamantes. Su experiencia se nota en el hablar, y sus años llegaron cargados de serenidad y una modestia admirable.
Su historia con la amiga de pronunciadas curvas y caderas anchas, lleva tres generaciones encima, empezó hace más de un siglo con su abuelo Isaac Arbeláez nacido en la vereda Río Abajo de Rionegro. La leyenda, que tanto respeto y recelo genera para toda la familia Arbeláez, inicia en el  cercano municipio de San Vicente, cuando Isaac fue contratado como ayudante de ebanistería por un arquitecto español que llegó a la población a restaurar la iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá. El abuelo resultó ser un buen aprendiz, el arquitecto empezó a quererlo mucho, se hicieron buenos amigos y en los tiempos de ocio y de poco trabajo, con los conocimientos que el jefe tenía no solo en maderas, construcción, sino también en música, quiso construir en compañía de Isaac una guitarra.
Luego de esa guitarra con errores, la segunda les salió más perfecta y ese fue el inicio de la tradición guitarrera del apellido Arbeláez que lleva más de 100 años. Esta práctica pasó de padre a hijos, como un azar hecho destino, de Isaac a Lázaro y luego a Gerardo y tres hermanos  más del batallón de diecisiete que tuvo don Lázaro.
“De ahí empezamos nosotros los hijos, a seguir los pasos de mi papá Lázaro, pues desde muy niños comenzamos a colaborar en cositas antes de salir para la escuela. Todo esto nos tocó en Marinilla. Mi papá había acabado de crear un taller de guitarras, que sería muy importante en toda la región”, dice Gerardo.
Según cuenta la reconocida pionera en etnomusicología en Colombia, María Eugenia Londoño, la guitarra apareció muy prontamente con la invasión europea.
En sus inicios era un instrumento utilizado popularmente en paseos familiares en los cuales se interpretaban cantos de fiesta y coplas tradicionales, aunque también gozaba de una minoría de altas influencias elitistas, de habitantes llegados en la época de colonización desde Francia, Alemania, Italia, Portugal y España.
La Iglesia, que por ese tiempo tenía el poder en el terreno cultural e intelectual en América, influyó de manera importante en la enseñanza de la música para ser utilizada en sus diferentes ceremonias religiosas, por esta razón, el instrumento a lo largo de los años fue enseñado de forma oral y generacional.
La guitarra fue utilizada en las celebraciones libertadoras de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, interpretando obras de corte colombo – español como El Arias, La Vencedora, o La Libertadora.
En el año 1882 se fundó el Conservatorio Nacional de Colombia y fue allí donde se empezaron a crear nuevas escuelas de música en ciudades como Cartagena, Ibagué, Medellín, Cali, Tunja y Santa Marta, en donde se inician las clases oficiales de música con título universitario con los instrumentos sinfónicos y el piano, aunque hasta el año 1986 y gracias a la enorme labor del guitarrista y Pedagogo Ramiro Isaza Mejía padre de la escuela de guitarra en Colombia, se le otorgará al guitarrista el mismo título profesional que para los demás músicos.
Después de toda esa historia, los Arbeláez fueron pioneros en hacer instrumentos de cuerda, no solo guitarras sino también, tiples, bandolas, y cuatros. Su proceso como familia constructora y musical, empezó desde 1860, sin manuales, sin comunicación, sin profesores, sin internet, la única ruta era la prueba ensayo error.
Gerardo Arbeláez aprendió fácil, se apasionó y lleva más de 50 años construyendo, reparando y tocando guitarras, “tocando así sea poquito, y muy a la brava. Así me enseñó mi papá. Yo me echo mis boleritos y mis tonadas de música colombiana. Lo hago muy en solitario. Yo me dediqué fue a construirlas”. Para consolidar sus guitarras, no solo en Medellín, sino en toda Colombia, tuvo la ayuda de muchos músicos importantes como Darío Garzón, de Garzón y Collazos, Virgilio Duque o Ángel María Camacho.
Una de esas guitarras, construidas por Gerardo en la fría Marinilla, la fundada por Juan Duque de Estrada y Francisco Manzueto Giraldo, llegó coincidencialmente a las manos de un joven curioso del municipio de Medellín. Luis García Blair, empezaría a incursionar en la guitarra.
Luis, en la casa de Jaime, su tío hippie, encontró un emblema generacional de toda la sociedad Antioqueña; Una guitarra rota, colgada de un cordón en un escaparate, solamente con tres cuerdas. La pidió prestada y al tiempo, por cosas del destino ya era suya. En la etiqueta de este olvidado madero café claro, figuraba la imagen de Gerardo Arbeláez sosteniendo una de sus guitarras, vestido de suéter beige y camisa blanca, a su alrededor rombos rojos y amarillos, y en forma de portada, el nombre ´La Sonora´. Esta sería la primera adquisición musical de Luis. Con el paso de los años, el color madera de la tapa frontal de aquél instrumento perdería la ilusión; gracias a un par de temperas, se tornaría verde, rojo, negro y amarillo, como un tributo a Bob Marley, así él, no gustara en lo absoluto de la música reggae.
Luego de un tiempo su gusto adolescente cambiaría, como todo en la vida. En su subconsciente,  la guitarra eléctrica había sido su inspiración, su sueño de niño, la forma de su cuerpo macizo, los colores brillantes, pensados, los movimientos de estrellas del rock como Slash, Jimmy Page o Hendrix y el sonido brillante y acaparador de las cuerdas metálicas, lo atraparon sin posibilidad de escapatoria, como un video juego de moda.
La guitarra eléctrica nació como un experimento con la intención de de crear guitarras con mas volumen de sonido, para llegar a esto, se potenció el volumen de la ya existente guitarra electro acústica y nació un instrumento con personalidad y alma propia.
Las primeras guitarras eléctricas datan de los años treinta, y son fruto de los esfuerzos de compañías como Rickenbacker y Vivi Tone Company.
A Medellín y a Colombia, las primeras guitarras eléctricas, llegaron gracias a los viajeros, a quienes tenían la posibilidad de cruzar el Valle y dejarse deslumbrar por el primer mundo. Marcas como Fender, Ibanez, Rickenbacker, Jackson o Gibson, tocaron suelo colombiano para impresionar y  marcar una nueva tendencia exclusiva para unos pocos afortunados.
Para ese entonces, tener una eléctrica no era tan común como ahora. “Soy hijo de Gloria Blair y Luis García,  en ese momento la prioridad económica para mi familia era la casa y el estudio”, dice Blair a la vez que cuenta como pudo acercarse a la primera guitarra eléctrica de su vida, fuera de pararse enfrente del tv de su casa y ver a los grandes ejecutarlas en sus espectaculares shows.
“A uno de mis mejores amigos le mataron el hermano, quien era guitarrista; desde su muerte, la guitarra que usaba estaba guardada en un garaje, desarmada y empolvada. Para ganármela, el reto era armarla y ponerla a sonar…”, las sonrisas aparecen con el relato, el final concluye con una expresión de egocentrismo. Si, esa fue su primera guitarra eléctrica, y aún él, no sabía ni tocarla.
Blair, o El Flaco, como es conocido en el mundo musical, es modelo 78, como el Nissan Patrol o el imponente Chevrolet Camaro. Mide 1.94, sonríe sin querer y tiene más de 20 guitarras eléctricas colgadas en su habitación en Envigado, así siga soñando con una Gibson Les Paul Custom blanca como la de Randy Rhoads. Los sonidos que prefiere son el Glam y el hardrock, su guitarrista preferido es David Gilmour de Pink Floyd, es un enamorado de la música en general, del sonido eléctrico de sus guitarras, del chocorramo, con coca cola y cigarrillo Green.
Al preguntarle por la guitarra, suspiró, miro a su alrededor y quiso caer en el cliché. “Yo por la guitarra siento amor, también odio cuando no suena como quiero. Las guitarras son mis metas, son mis sueños”.
Este personaje tiene dos vidas, una que inicia a las 7 en punto de la mañana, cuando empieza su labor como comunicador social en una reconocida caja de compensación familiar, donde aplica sus 15 semestres de universidad y otra que se define de 5 de la tarde, hasta que el hambre haga de las suyas, o el reloj recuerde su deber de madrugar. “En el día llevo la vida de mi mamá, o la vida que la sociedad me pone a vivir y en la tarde llevo mi verdadera vida”, dice El Flaco.
Blair Guitars es su taller de construcción, reparación y mantenimiento de guitarras, allí se la pasa todas las noches desde hace 3 años. Luego de pulir muchas guitarras hasta literalmente poner a “oler la madera a cebolla”, consiguió la experiencia como lutier de guitarras eléctricas,  se independizó, y montó el taller que inició con setenta mil pesos y que ahora ahorra toda la cantaleta de su madre por el desorden, la basura, la herramienta, el aserrín, la pintura y el ruido en casa.
Al ingresar a Blair Guitars, puedo contar de inmediato más de 20 instrumentos, mientras Luis, con su camisa de cuadros rojos, blancos y negros me recibe en su espacio de trabajo, con un abrazo que por su altura me llega al pecho.
Antes de tocar guitarras, su afición fue destaparlas, repararlas, buscarle los rincones que no conocía, muchas veces no pudo volver a armarlas. “Siempre me le metía a las guitarras de los amiguitos a repararle los ruidos, yo esos ruidos los mataba poniéndole un cable de la guitarra al cuerpo del guitarrista, como un polo a tierra”, ríe y sigue encordando un bajo acústico mientras termina de apagar un cigarrillo.
Blair es uno de los pocos personajes que construye guitarras eléctricas en Colombia. Este aprendizaje lo adquirió durante años de intentar, pintar, fallar y volver a lijar. Cuando inició hace tres años, le decían que lo que quería hacer solo era para los gringos o los europeos, pero su sueño además de construirle una guitarra a Slash el guitarrista de Guns N´ Roses y Velvet Revolver, es darle la marca de guitarras eléctricas a Colombia, aportarle a la historia, ser parte de ella. Esto lo dice, sin desconocer que las guitarras acústicas son la esencia, y que el camino acertado para llegar a lo eléctrico, es pasar por la mística de lo acústico.
Hablar de lo acústico, es como hablar del apellido Arbeláez o del mismo Gerardo, sin embargo, él mismo piensa que para su marca de guitarras, una de las más populares en Colombia, el futuro es oscuro. “En el caso mío tengo cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, y ellos se fueron por otros negocios más productivos. Terminando o falleciendo yo, hasta ahí llega la tradición. El tiempo dirá todo”.
A pesar de esto, es una persona que vive tranquilamente, de lo que le gusta, como él mismo dice, “aunque pierda plata, me gusta”. Ha vivido más de 60 años por y con la guitarra, de su pasión,  de una manera sencilla, pero feliz.
Estos dos personajes transitan paisajes, sonidos, experiencias, cotidianidades y vidas circunstancialmente diferentes. Sus años disímiles han sido enteramente vividos al lado de la robusta de seis cuerdas. De ese madero, que a través de horas de lija, martillo, regla, pintura, conocimiento y amor, queda listo para emitir sonidos, sensaciones y personalidades; desde el bolero hasta el rock, pasando por el tango y la salsa.
Edades que se superan por el doble, pensamientos que llevan  más  de 30 años de diferencia, el rock y los boleros, las canas y la abundancia descuidada de cabello, las distorsiones, rapidez  y agilidad,  y el romanticismo de la dulzura pasada, hacen parte de sus cotidianidades…Blair y Arbeláez, dos personajes unidos por 6 cuerdas templadas cuidadosamente, que al tocarse, cuentan la historia de todos y a la vez de unos pocos. Cuerdas que pueden enamorar sutilmente o  hacer mover la cabeza a cualquier desprevenido.
Al final como conclusión, les pregunto sobre el significado que tiene la guitarra en su vida,  Blair, responde con rapidez y certeza, “me dicen guitarra y de inmediato es como si me estuvieran nombrando. Yo no me veo en ninguna parte de lo que me queda de vida, sin una guitarra…”, por su parte Gerardo, piensa un instante y no puede responder… no encuentra las palabras.

foto guitarras

La historia de dos vidas distintas, unidas por seis cuerdas templadas…

Por Diego Londoño

@elfanfatal

Fotografías por Esteban Cardona

@estebanpolite

Al llegar a Marinilla, municipio del oriente Antioqueño, y luego de un extravío descuidado en la carretera que conduce a la capital de Colombia desde Medellín, pregunto inocentemente dónde queda ubicado el taller de guitarras, me responden a punta de sonrisas marinillas con varias direcciones, al caminar más de 10 minutos me doy cuenta que son varios los talleres, varios los pioneros y representantes del instrumento en este municipio guitarrero por excelencia.

El día anterior había acordado encontrarme con un rostro que vi más de una vez en etiquetas de guitarras de amigos, maestros y hasta mías, un rostro conocido en mi adolescencia musical y rebelde.

-Entonces nos vemos a las ocho, acá en mi taller al lado de la autopista, por el cementerio de Marinilla. Dijo.

-Así será señor… nos vemos mañana, muchas gracias por todo.

Caminando me topé de repente con un letrero grande a la entrada de un jardín enlodado por la lluvia del alba, “Guitarras La Sonora. Gerardo Arbeláez, leyenda desde 1898”. A las ocho en punto de la mañana estaba pisando el botón que era avisado por un cartel que decía, ´fábrica, timbre aquí´.

Salió ese rostro que por tantos años había visto, para mí era casi familiar, como un viejo conocido.

-Don Gerardo como está, ayer hablamos para este encuentro, ¿se acuerda? Dije.

- Ahh, ¿Cómo está?

Fue el saludo simplón que recibí aquel jueves frio y húmedo de agosto.

De repente su rostro se transformó, parecía resistirse a que alguien ingresara a su mundo, el de las cuerdas, la madera inmunizada, el roble, el cedro, el colbón, la macilla, las prensas y los trastes.

-Hombre hoy estoy como ocupado, solo tengo un trabajador. Deberías pasarme esas pregunticas por escrito y yo las miro y nos sentamos más tranquilos en otra oportunidad.

Sentí por un momento que había perdido el trabajo, las llamadas y la ilusión, que la madrugada preparada para recorrer los 47 kilómetros de distancia en un microbús, y los 4.700 pesos del pasaje, se desvanecían entre la niebla oriental de Antioquia. Mi voz se quebró y mi ceño insistió- así quisiera- en no fruncirse.

-Don Gerardo, yo vengo desde Medellín solo para conversar con usted y verlo trabajar un rato. No es nada complicado, del resto me encargo yo. ¿Puedo ver su taller?

Después de todo pude ingresar tímidamente y ver el espacio artífice de toda una tradición cultural en Antioquia.

Doy unos pasos en las pequeñas baldosas coloridas de la casa de paredes amarillas. El olor a madera ya se entrometía en el ambiente, y el rostro de Don Gerardo seguía tan rígido como la madera de sus guitarras.

Gerardo Arbeláez se ubicó en la mesa central del patio, agarró el mástil de una guitarra en construcción que hacía parte de un cúmulo de maderos ubicados en el suelo, le dio dos golpes en la parte superior con la intención de revisar su encaje. Luego, inició a pegar los 18 trastes enumerados en la madera, con la experiencia que sólo dan los años y con la certeza de que algún día, eso que hasta el momento parecía tan sólo un madero insípido, emitiría toda clase de notas y melodías. Acordes, ritmos y canciones pegajosas desfilarían por las cuerdas cobrizas que más tarde pondría también con cuidado. Me distraje un rato mirando la grabadora Silver repleta de viruta de aserrín que teníamos enfrente, “Se va, se va la lancha, se va con el pescador y en esa lancha que cruza el mar, se va también mi amor”, sonaba de fondo en el 830 am de Radio reloj.

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Su labor matutina empezó a mi lado, de a poco empezamos a conversar, Gerardo Arbeláez, el creador de las guitarras La Sonora, que se construyen hace más de 50 años, ahora martilla mientras de reojo observa como tomo apuntes sobre lo que tímidamente me cuenta, mientras yo sutilmente trato de romper el hielo.

Él es un hombre tranquilo, que disfruta la vida mientras ella pasa a su lado. Sus días son llenos de madera, cuerdas y música, la que disfruta oyendo y con la que alimenta su alma. La música colombiana es su motor, los boleros su corazón. Admira y disfruta al maestro León Castaño, al Dueto de Antaño, Los Panchos y Los Diamantes. Su experiencia se nota en el hablar, y sus años llegaron cargados de serenidad y una modestia admirable.

Su historia con la amiga de pronunciadas curvas y caderas anchas, lleva tres generaciones encima, empezó hace más de un siglo con su abuelo Isaac Arbeláez nacido en la vereda Río Abajo de Rionegro. La leyenda, que tanto respeto y recelo genera para toda la familia Arbeláez, inicia en el  cercano municipio de San Vicente, cuando Isaac fue contratado como ayudante de ebanistería por un arquitecto español que llegó a la población a restaurar la iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá. El abuelo resultó ser un buen aprendiz, el arquitecto empezó a quererlo mucho, se hicieron buenos amigos y en los tiempos de ocio y de poco trabajo, con los conocimientos que el jefe tenía no solo en maderas, construcción, sino también en música, quiso construir en compañía de Isaac una guitarra.

Gerardo Arbelaez en Música Somos

Luego de esa guitarra con errores, la segunda les salió más perfecta y ese fue el inicio de la tradición guitarrera del apellido Arbeláez que lleva más de 100 años. Esta práctica pasó de padre a hijos, como un azar hecho destino, de Isaac a Lázaro y luego a Gerardo y tres hermanos  más del batallón de diecisiete que tuvo don Lázaro.

“De ahí empezamos nosotros los hijos, a seguir los pasos de mi papá Lázaro, pues desde muy niños comenzamos a colaborar en cositas antes de salir para la escuela. Todo esto nos tocó en Marinilla. Mi papá había acabado de crear un taller de guitarras, que sería muy importante en toda la región”, dice Gerardo.

Según cuenta la reconocida pionera en etnomusicología en Colombia, María Eugenia Londoño, la guitarra apareció muy prontamente con la invasión europea.

En sus inicios era un instrumento utilizado popularmente en paseos familiares en los cuales se interpretaban cantos de fiesta y coplas tradicionales, aunque también gozaba de una minoría de altas influencias elitistas, de habitantes llegados en la época de colonización desde Francia, Alemania, Italia, Portugal y España.

La Iglesia, que por ese tiempo tenía el poder en el terreno cultural e intelectual en América, influyó de manera importante en la enseñanza de la música para ser utilizada en sus diferentes ceremonias religiosas, por esta razón, el instrumento a lo largo de los años fue enseñado de forma oral y generacional.

La guitarra fue utilizada en las celebraciones libertadoras de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, interpretando obras de corte colombo – español como El Arias, La Vencedora, o La Libertadora.

En el año 1882 se fundó el Conservatorio Nacional de Colombia y fue allí donde se empezaron a crear nuevas escuelas de música en ciudades como Cartagena, Ibagué, Medellín, Cali, Tunja y Santa Marta, en donde se inician las clases oficiales de música con título universitario con los instrumentos sinfónicos y el piano, aunque hasta el año 1986 y gracias a la enorme labor del guitarrista y Pedagogo Ramiro Isaza Mejía padre de la escuela de guitarra en Colombia, se le otorgará al guitarrista el mismo título profesional que para los demás músicos.

Después de toda esa historia, los Arbeláez fueron pioneros en hacer instrumentos de cuerda, no solo guitarras sino también, tiples, bandolas, y cuatros. Su proceso como familia constructora y musical, empezó desde 1860, sin manuales, sin comunicación, sin profesores, sin internet, la única ruta era la prueba ensayo error.

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Gerardo Arbeláez aprendió fácil, se apasionó y lleva más de 50 años construyendo, reparando y tocando guitarras, “tocando así sea poquito, y muy a la brava. Así me enseñó mi papá. Yo me echo mis boleritos y mis tonadas de música colombiana. Lo hago muy en solitario. Yo me dediqué fue a construirlas”. Para consolidar sus guitarras, no solo en Medellín, sino en toda Colombia, tuvo la ayuda de muchos músicos importantes como Darío Garzón, de Garzón y Collazos, Virgilio Duque o Ángel María Camacho.

Una de esas guitarras, construidas por Gerardo en la fría Marinilla, la fundada por Juan Duque de Estrada y Francisco Manzueto Giraldo, llegó coincidencialmente a las manos de un joven curioso del municipio de Medellín. Luis García Blair, empezaría a incursionar en la guitarra.

Luis, en la casa de Jaime, su tío hippie, encontró un emblema generacional de toda la sociedad Antioqueña; Una guitarra rota, colgada de un cordón en un escaparate, solamente con tres cuerdas. La pidió prestada y al tiempo, por cosas del destino ya era suya. En la etiqueta de este olvidado madero café claro, figuraba la imagen de Gerardo Arbeláez sosteniendo una de sus guitarras, vestido de suéter beige y camisa blanca, a su alrededor rombos rojos y amarillos, y en forma de portada, el nombre ´La Sonora´. Esta sería la primera adquisición musical de Luis. Con el paso de los años, el color madera de la tapa frontal de aquél instrumento perdería la ilusión; gracias a un par de temperas, se tornaría verde, rojo, negro y amarillo, como un tributo a Bob Marley, así él, no gustara en lo absoluto de la música reggae.

Luego de un tiempo su gusto adolescente cambiaría, como todo en la vida. En su subconsciente,  la guitarra eléctrica había sido su inspiración, su sueño de niño, la forma de su cuerpo macizo, los colores brillantes, pensados, los movimientos de estrellas del rock como Slash, Jimmy Page o Hendrix y el sonido brillante y acaparador de las cuerdas metálicas, lo atraparon sin posibilidad de escapatoria, como un video juego de moda.

La guitarra eléctrica nació como un experimento con la intención de de crear guitarras con mas volumen de sonido, para llegar a esto, se potenció el volumen de la ya existente guitarra electro acústica y nació un instrumento con personalidad y alma propia.

Las primeras guitarras eléctricas datan de los años treinta, y son fruto de los esfuerzos de compañías como Rickenbacker y Vivi Tone Company.

A Medellín y a Colombia, las primeras guitarras eléctricas, llegaron gracias a los viajeros, a quienes tenían la posibilidad de cruzar el Valle y dejarse deslumbrar por el primer mundo. Marcas como Fender, Ibanez, Rickenbacker, Jackson o Gibson, tocaron suelo colombiano para impresionar y  marcar una nueva tendencia exclusiva para unos pocos afortunados.

Para ese entonces, tener una eléctrica no era tan común como ahora. “Soy hijo de Gloria Blair y Luis García,  en ese momento la prioridad económica para mi familia era la casa y el estudio”, dice Blair a la vez que cuenta como pudo acercarse a la primera guitarra eléctrica de su vida, fuera de pararse enfrente del tv de su casa y ver a los grandes ejecutarlas en sus espectaculares shows.

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“A uno de mis mejores amigos le mataron el hermano, quien era guitarrista; desde su muerte, la guitarra que usaba estaba guardada en un garaje, desarmada y empolvada. Para ganármela, el reto era armarla y ponerla a sonar…”, las sonrisas aparecen con el relato, el final concluye con una expresión de egocentrismo. Si, esa fue su primera guitarra eléctrica, y aún él, no sabía ni tocarla.

Blair, o El Flaco, como es conocido en el mundo musical, es modelo 78, como el Nissan Patrol o el imponente Chevrolet Camaro. Mide 1.94, sonríe sin querer y tiene más de 20 guitarras eléctricas colgadas en su habitación en Envigado, así siga soñando con una Gibson Les Paul Custom blanca como la de Randy Rhoads. Los sonidos que prefiere son el Glam y el hardrock, su guitarrista preferido es David Gilmour de Pink Floyd, es un enamorado de la música en general, del sonido eléctrico de sus guitarras, del chocorramo, con coca cola y cigarrillo Green.

Al preguntarle por la guitarra, suspiró, miro a su alrededor y quiso caer en el cliché. “Yo por la guitarra siento amor, también odio cuando no suena como quiero. Las guitarras son mis metas, son mis sueños”.

Este personaje tiene dos vidas, una que inicia a las 7 en punto de la mañana, cuando empieza su labor como comunicador social en una reconocida caja de compensación familiar, donde aplica sus 15 semestres de universidad y otra que se define de 5 de la tarde, hasta que el hambre haga de las suyas, o el reloj recuerde su deber de madrugar. “En el día llevo la vida de mi mamá, o la vida que la sociedad me pone a vivir y en la tarde llevo mi verdadera vida”, dice El Flaco.

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Blair Guitars es su taller de construcción, reparación y mantenimiento de guitarras, allí se la pasa todas las noches desde hace 3 años. Luego de pulir muchas guitarras hasta literalmente poner a “oler la madera a cebolla”, consiguió la experiencia como lutier de guitarras eléctricas,  se independizó, y montó el taller que inició con setenta mil pesos y que ahora ahorra toda la cantaleta de su madre por el desorden, la basura, la herramienta, el aserrín, la pintura y el ruido en casa.

Al ingresar a Blair Guitars, puedo contar de inmediato más de 20 instrumentos, mientras Luis, con su camisa de cuadros blancos y azules me recibe en su espacio de trabajo, con un abrazo que por su altura me llega al pecho.

Antes de tocar guitarras, su afición fue destaparlas, repararlas, buscarle los rincones que no conocía, muchas veces no pudo volver a armarlas. “Siempre me le metía a las guitarras de los amiguitos a repararle los ruidos, yo esos ruidos los mataba poniéndole un cable de la guitarra al cuerpo del guitarrista, como un polo a tierra”, ríe y sigue encordando un bajo acústico mientras termina de apagar un cigarrillo.

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Blair es uno de los pocos personajes que construye guitarras eléctricas en Colombia. Este aprendizaje lo adquirió durante años de intentar, pintar, fallar y volver a lijar. Cuando inició hace tres años, le decían que lo que quería hacer solo era para los gringos o los europeos, pero su sueño además de construirle una guitarra a Slash el guitarrista de Guns N´ Roses y Velvet Revolver, es darle la marca de guitarras eléctricas a Colombia, aportarle a la historia, ser parte de ella. Esto lo dice, sin desconocer que las guitarras acústicas son la esencia, y que el camino acertado para llegar a lo eléctrico, es pasar por la mística de lo acústico.

Hablar de lo acústico, es como hablar del apellido Arbeláez o del mismo Gerardo, sin embargo, él mismo piensa que para su marca de guitarras, una de las más populares en Colombia, el futuro es oscuro. “En el caso mío tengo cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, y ellos se fueron por otros negocios más productivos. Terminando o falleciendo yo, hasta ahí llega la tradición. El tiempo dirá todo”.

A pesar de esto, es una persona que vive tranquilamente, de lo que le gusta, como él mismo dice, “aunque pierda plata, me gusta”. Ha vivido más de 60 años por y con la guitarra, de su pasión,  de una manera sencilla, pero feliz.

Estos dos personajes transitan paisajes, sonidos, experiencias, cotidianidades y vidas circunstancialmente diferentes. Sus años disímiles han sido enteramente vividos al lado de la robusta de seis cuerdas. De ese madero, que a través de horas de lija, martillo, regla, pintura, conocimiento y amor, queda listo para emitir sonidos, sensaciones y personalidades; desde el bolero hasta el rock, pasando por el tango y la salsa.

Edades que se superan por el doble, pensamientos que llevan  más  de 30 años de diferencia, el rock y los boleros, las canas y la abundancia descuidada de cabello, las distorsiones, rapidez  y agilidad,  y el romanticismo de la dulzura pasada, hacen parte de sus cotidianidades…Blair y Arbeláez, dos personajes unidos por 6 cuerdas templadas cuidadosamente, que al tocarse, cuentan la historia de todos y a la vez de unos pocos. Cuerdas que pueden enamorar sutilmente o  hacer mover la cabeza a cualquier desprevenido.

Al final como conclusión, les pregunto sobre el significado que tiene la guitarra en su vida,  Blair, responde con rapidez y certeza, “me dicen guitarra y de inmediato es como si me estuvieran nombrando. Yo no me veo en ninguna parte de lo que me queda de vida, sin una guitarra…”, por su parte Gerardo, piensa un instante y no puede responder… no encuentra las palabras.

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