Por Lucho Flórez
Jueves en la noche, teatro Pablo Tobón, Medellín. La acomodadora del teatro me señala la última silla de la última fila, ese es mi puesto. Después pude brincar unas filas más adelante, pues hay puestos disponibles. Saco mi cámara, apunto y disparo hacia un escenario casi vacío, donde esperan mudos una silla, una base y un atril, iluminados por un reflector superior. Inmediatamente recibo el regaño de un empleado: “No puede tomar fotos, guarde su cámara por favor”. Unos minutos más tarde aparece caminando lento y con una guitarra en la mano Pedro Guerra. ¡Aplausos!, penumbra, unos acordes y una voz suave y afinada, acompasadas con otras cien voces que acompañan las canciones desde los palcos.
Vino remando desde España, montado en su guitarra, recogiendo en cada puerto melodías de acá y de allá, desde las Antillas hasta Argentina, cantando las canciones que escuchó de niño en las islas canarias y que ahora hacen parte de sus dos últimos álbumes (Alma mía y Contigo en la distancia), alternando este repertorio hispanoamericano con canciones de su autoría, que sin duda fueron los puntos altos del concierto.
Capoteó la presentación tras su guitarra y delante del ciclorama, que pintaba el show de colores suaves; mostró en sus palabras algo de timidez, pero una sencillez que le conecto al auditorio; su buen humor le sobró, hasta para burlarse de si mismo al equivocar la letra de “Pasa, Entra”, canción emblemática, pues está inspirada en “Libertad 8”, el teatro madrileño que ha sido el hogar de muchos cantautores. Luego se despidió y tres o cuatro veces volvió a responder a los aplausos con más canciones, para terminar y despedirse de su público, cantándole a capela: “Cuando tú te hayas ido, me envolverán las sombras”.

