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MUERAN HUMANOS EN COLOMBIA

Posted on 23 Abril 2013 by Editor

mueran+humanos

Por Sergio Gonzalez

Mueran Humanos es uno de los proyectos más interesantes que ha visto nacer la década pasada. Ellos, con tan sólo un primer LP lograron hacerse dentro del círculo alternativo con el título de banda de culto.

Tomas Nochteff y Carmen Burguess conforman este proyecto/dúo de expatriados argentinos que cansados de Buenos Aires decidieron emprender rumbo hacia Europa; en primera instancia a Barcelona y luego definitivamente a Berlín. Berlín resultó para ellos una plataforma en donde pudieron dar a luz a ese sonido abrasivo que como pesadilla comenzó a tomar una forma vibrante y rotunda; “allí tomaron la electrónica como base, entiéndase como principio y no como forma canónica” ya que ellos prefirieron, más bien, ser artífices de su camino, lo que dio como resultado un sonido turbio y amplio que viaja a través de escombros y fragmentos para llegar a un límite desconocido.

Los Mueran Humanos, libertarios por naturaleza, no pueden catalogarse simplemente como una banda de rock, ya que divergen de este concepto y se apegan más a ser un proyecto de arte a todos los efectos. Esta banda que bebe de Suicide y de Throbbing Gristle no se queda apegada fielmente a las influencias pues son expertos enfáticos del aturdimiento, de una idea nueva y helada que se yergue sobre las cenizas de la actual fabricación musical con sintetizadores.

Estos porteños con un enfoque oscuro, sombrío y mínimalista, son ahora visionarios y creadores; han conseguido llevar su proyecto más allá, se han sumergido completamente en el arte como concepto o filosofía y han logrado entregar a su creciente público un imaginario bien definido con una de las visiones distópicas más originales y sinceras de estos últimos años. Ejemplo claro de ello es el trabajo de Carmen Burguess, artista plástica especializada en macabros collages que ostentan una visión malsana y lasciva, un juego estético cadencioso, alucinado, lento y opresivo que da cuenta de una sencillez que es a su vez compleja e inequívoca.

Mueran Humanos, incisivos en su propia dirección y fuertemente cohesivos vendrán a mostrarnos un proyecto que ha ido volucionando lentamente desde lo abstracto hasta algo más estructurado; en donde la improvisación y los elementos experimentales son siempre el resultado esperado. Ellos, diferentes a todo lo que hemos visto, vendrán a Colombia a darnos literalmente una bofetada que difícilmente podremos olvidar.

Para terminar queremos darles una idea acerca de la trayectoria de esta banda que, aunque joven, ya cuenta con un recorrido bastante importante en donde suman giras por: Estados Unidos, Italia, Rusia, Francia, Polonia, entre otros… y es precisamente en estas giras, donde se han hecho con una excelente reputación de banda en vivo.

www.mueranhumanos.com

COLOMBIA

26 Abril – Museo de Arte Moderno de Medellín https://www.facebook.com/events/315204815274556/
27 Abril -DJ SET- Back Door, Medellín
https://www.facebook.com/events/160884944074053/
4 Mayo – en vivo ultima fecha, Iberia bAR, Río Negro.
https://www.facebook.com/events/365940403523961/?fref=ts

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Neón 90: una mirada al pasado del rock en Medellín

Posted on 18 Abril 2013 by Editor

Neon9


Por Juan Manuel Flórez Arias
@juanmaexos

Los sonidos del pasado resuenan aún en el panorama musical de Medellín: la asimilación cultural del rock de los sesenta y setenta, las disputas entre punk y metal de los ochenta, los aires enrarecidos de los noventa y las transformaciones tras el cambio de siglo. Desenterrar estas historias de ciudad es una manera de viajar al pasado.

Este es el objetivo de Neón 90, un documental dirigido por Alejandro Gómez, ganador de la IX convocatoria de Becas de la Creación en la modalidad de documental-joven. La producción retrata el panorama social y musical de los noventa a través del testimonio de sus protagonistas. Se trata de un viaje que explora las dificultades y peculiaridades de hacer música en medio de la guerra.

Para la última década del siglo XX, Medellín cargaba con el estigma de ser una de las ciudades más violentas del mundo. El germen del narcotráfico se había instalado de a poco en la cotidianidad y su intervención en la vida política generó un caos que cobró muchas vidas. Los jóvenes crecían atados a la zozobra, y fue esta situación la que inspiró en ellos una necesidad que terminaría por revolucionar la cultura: “crear hoy aunque me maten mañana”.

Bajo este pensamiento surgieron muchas bandas que se atrevieron a explorar nuevos sonidos, líricas e ideologías. La consecuencia fue un movimiento que, en palabras de Alejandro Gómez, “abrió nuevos espacios, le dio a la gente una perspectiva distinta a la matanza que tenían alrededor”. Sin embargo, su proceso no sería nada sencillo. Las oportunidades para el rock eran entonces muy limitadas y los músicos requirieron de una gran tenacidad para lograr ser escuchados.

Neón 90 centra su trama una banda ficticia, que recoge las características de muchas alternativas musicales de la época. Alejandro, su director, explica que no quiso limitarse a narrar un caso particular: “Yo hubiera podido contar la historia de Bajo Tierra, o de Frankie ha muerto, pero esto me hubiera impedido ir más allá de ciertos espacios y ciertos lugares”.

Con la concepción de Neón, se busca reunir en una sola historia una constante compartida por la mayoría de bandas de la época: la autogestión, la fortaleza ideológica y la suerte de movimiento. Se trata de un fenómeno que trascendió lo musical y direccionó la juventud en diversos sentidos. Un verdadero punto de inflexión, cuya herencia aún es apreciable actualmente.

El interés por la tragedia, que ha convertido en leyendas a muchos artistas, es incluido en el documental: todos los integrantes de Neón desaparecen en misteriosas circunstancias justo cuando pasaban por su mejor momento como banda. Es así como se refleja la incertidumbre con la que se vivía en aquellos días, cuando una incontable cantidad de músicos fueron víctimas del conflicto; asesinados injustificadamente por fuerzas oscuras.

La propuesta es además un tributo a Los Árboles, una banda local de escasa trayectoria cuyo sonido anacrónico es para Alejandro Gómez el que mejor refleja los cabios musicales de los noventa en la ciudad. A través de sus canciones Neón cobra vida, construye un universo ficticio pero representativo.

Estas historias de vida, de ciudad, de amistades, de miedos, serán proyectadas este viernes 19 de abril en el Centro Cultural de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia a las 4:00 p.m. Allí Medellín podrá emprender un viaje al pasado, hacia una época fundamental para la consolidación de su escena rockera.

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Radio Metalmedallo #1

Posted on 19 Febrero 2013 by Editor

metalmedallo

Metalmedallo 2013 viene con una propuesta audiovisual, que ademas de programa de tv virtual de los conversatorios y conciertos, emitirá programas de radio o podcast, con los cuales se pretende difundir y dar a conocer las propuestas musicales de cada concierto.

Música Somos presenta el primer programa de Radio del proyecto METALMEDALLO.

En esta emisión se presentan canciones de las bandas que participarán en el primer concierto del año, el próximo 2 de marzo de 2013: ATHANATOR, DAYCORE, DISASTER & FROZEN CHAOS.

Además información referente al Festival Metalmedallo 2013.

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La música hace su lucha en Castilla

Posted on 18 Febrero 2013 by Editor

Vi a Felipe afuera del ensayadero, Ciudad Frecuencia; estaba de pie, muy tranquilo, con
las manos en los bolsillos, sonriendo y saludando a todo el que pasaba. Su imagen me
recordó un concierto que dimos en una iglesia cuando pertenecíamos a la Red de Bandas y
Escuelas de Música de Medellín. Yo estaba en el coro, y justo en medio del evento, antes
de empezar la interpretación de ‘happy blues’, Felipe soltó chelo y se sentó en la batería
donde desbordó su faceta rockera.
Habían pasado más de diez años desde que lo conocí en la Red. Era un joven de unos
dieciocho años, enamorado de su instrumento, moreno, con su melena ondulada y larga,
siempre alegre y sonriente, portando una energía que impregnaba a los demás. Ahora lleva
una pequeña cresta y su contextura es más gruesa, pero es prácticamente el mismo en
actitud y juventud.
Me acerqué y le di un apretón de manos. Entramos sonrientes y recorrimos el corto pasillo
repleto de imágenes, fotos y dibujos, para desembocar en la sala de ensayos.
Andrés Felipe Laverde González es un violonchelista recientemente egresado de la
Universidad de Antioquia. Trabaja con la comunidad desde la música a través de Ciudad
Frecuencia, un colectivo cultural del barrio Castilla que funciona desde hace ocho años y
tiene como evento principal el Castilla Festival Rock, que en diciembre realizó su sexta
versión.
Ciudad Frecuencia también es una sala de ensayos. Su nombre no está pintado en ninguna
parte, pues la fachada del sitio consta de una sencilla puerta metálica y una pared con un
gráfico que no entendí, junto a un local de productos naturistas.
Está ubicado en pleno boulevard de Castilla, en la carrera 68 con la calle 96. De todas las
cuadras que componen esta avenida de fiesta, tabernas, restaurantes y discotecas, ésta en
particular es la de los rockeros; gracias a los bares de rock y reggae y al ensayadero, que
llegó hace dos años para consolidar el ambiente de este espacio.
Es un lugar acogedor, de paredes rojas, lleno de líneas y amplificadores, con la batería en el
centro y los demás instrumentos a su alrededor. Nos sentamos y encendí la grabadora.
Yo: ¿Qué música escuchas?
Felipe: La música. Realmente la música, para mí, es una. Sólo hay una. Más allá de géneros
y ritmos, está la música.
Yo: ¿Cómo iniciaste con todo esto?
Felipe: Con las chirimías. Fui parte del grupo Renovación a los diez años. Aprendí la
percusión de manera empírica, pero después ingresé a la Red, donde me enamoré del
violonchelo, y luego estudié profesionalmente en la UdeA.
Me cuenta que tocó la batería en una agrupación con unos parceros, Tierra, pero al final no
sucedió nada con ellos. Asimismo, divagó entre colectivos encargados de hacer música de
eventos, ambientación y teatro.
Yo: ¿Qué te ha dado la música?
Hubo un silencio y Felipe apreció el espacio lentamente; cada instrumento, cada imagen, el
aire acondicionado que goteaba y después, como si hubiera vuelto de un trance, respondió:
Felipe: Las ganas de vivir, de seguir adelante con mi vida. La música llegó en momentos
difíciles de mi vida: el fin de mi carrera como deportista por una lesión y el asesinato de mi
mejor amigo.
La guerra de bandas tocó directamente a Felipe, quien somatizó la muerte y el rechazo de
la misma en la música y las artes, donde encontró una salida diferente. Allí se vinculó a la
chirimía y luego a la Red. Centró su vida en las melodías y armonías, y deseó compartirlo.
Yo: ¿Cómo empezó Ciudad Frecuencia?
Felipe: Comenzó con unos amigos. Nosotros nos reuníamos en la Guardia Bar Rock. Por
esos días, yo tenía unos equipos porque quería montar una agrupación, pero hablando con
Juan Salazar, que siempre ha sido un impulsador de las bandas de acá, pensé en pegármele
a su experiencia y realizar un concierto. Entonces, invitamos a varios grupos y en el
proceso se me ocurrió hacer algo más grande que un concierto, hacer un Festival.
Los jóvenes (entre los que estaba Felipe) de la Guardia Bar Rock (bar del barrio
Castilla) fueron pioneros en sonar rock en su local, donde a su vez, realizaban diferentes
tipos de eventos, con el fin de apoyar a las propuestas musicales del barrio. El grupo,
posteriormente, se motivó con la idea de trabajar de una manera más social y estructurada,
invitando a la participación de la comunidad, y buscando nuevas propuestas en la escena
artística y cultural. Se estipuló, entonces, lo siguiente:
“CIUDAD FRECUENCIA apoya y consolida la escena musical en sus
diferentes géneros mediante la muestra del talento de los jóvenes de toda la
ciudad, quienes unidos por un objetivo común, ‘la música’, tienen el deseo y
la plena voluntad de expresar a toda la Ciudad la evolución de su trabajo; el
aprendizaje producto de la disciplina y la entrega por lo que se hace.
Generar un espacio de encuentro para la convivencia y el reconocimiento
del talento local a través de la realización de diferentes eventos musicales:
se posibilitará el encuentro de pares, gustos estéticos e ideologías, con la
intencionalidad de generar opciones de esparcimiento para expresar el sentir
y actuar de las diferentes comunidades que se vinculen al mismo.
CIUDAD FRECUENCIA es un proyecto de carácter comunitario que abre
espacios a beneficio de las agrupaciones y grupos artísticos de la ciudad.
Vincula a la comunidad, al barrio y a la ciudad de forma activa en los
procesos”.
(Misión – fuente: facebook.com/ciudad.frecuencia)
Felipe estaba convencido de la realización de algo grande y se hizo en el 2008 el Castilla
Festival Rock, en la carrera 68 (“le llamamos la tarima central”, dice Felipe), con un
presupuesto nulo y equipos prestados por unos y por otros. En otras palabras, se hizo con
las uñas.
Felipe: Hicimos varios conciertos y las bandas que iban tocando en la Guardia las
seleccionábamos para el festival. También los mandábamos a tocar en otras partes y casi
que nos fuimos volviendo los representantes de varios grupos. Entonces, Susi Tamayo
(Integrante del colectivo) nos dijo que debíamos tener un nombre. Yo decía que la Guardia,
pero ella insistió en que la Guardia era el bar y que esto era un colectivo cultural. Ella
propuso Frecuencia y así estuvo por un tiempo, pero a mí se me ocurrió algo: si vos te
ponés a reparar, las crestas de la frecuencia forman edificios, una ciudad… así que yo luego
propuse Ciudad Frecuencia.
Yo: ¿Qué otro proyectos tiene Ciudad Frecuencia?
Felipe: Pues, yo vengo en estos momentos de San Javier, donde montamos otro ensayadero
con los compañeros de la Casa Morada; hacemos “ensayos con público”, que es sacar
el ensayo a la calle, donde la gente vea a las agrupaciones y los muchachos sientan un
acercamiento a la tarima; orientamos a las bandas desde lo musical hasta lo administrativo;
tenemos “A la salida nos vemos”, que es una iniciativa desde los colegios: uno decía de
niño “a la salida nos vemos” y ya sabía que era para pelear, pero nosotros vamos con la
propuesta de encontrarnos para hacer música, para hacer arte. Es llegar a los colegios y a
las familias.
La música como estrategia
Ciudad Frecuencia no se quedó en música. Además del concierto, Felipe, en afán de
trabajar por la comunidad, llevo a cabo nuevas propuestas en conjunto de Toke de Salida,
colectivo cultural de la comuna 6 (12 de octubre), liderado por Luis Fernando Orozco. Este
grupo lleva, al igual que Ciudad Frecuencia, el arte como táctica y estandarte.
“Toke de Salida viene siendo un ejercicio de actuación por la reivindicación de la vida en la
zona noroccidental de Medellín. Surge como una iniciativa por el toque de queda vivido en
el 2009”, cuenta Luis Fernando.
Debido al conflicto en las comunas en el año 2009, la alcaldía municipal impuso un toque
de queda en algunos sectores de la ciudad, entre los cuales estuvieron 12 de octubre y
Castilla. La medida advertía la inseguridad del momento y la participación de los jóvenes
en esta. Además, surgieron las “fronteras invisibles”, espacios que delimitaban los
territorios de las bandas, ubicando puntos rojos en los postes de los barrios.
“Esta calle es nuestra”, fue y es la iniciativa principal de Toke de Salida y Ciudad
Frecuencia. La dinámica consiste en salir a caminar y traspasar las fronteras invisibles, a
manera de marcha y festival. Luego, ubicarse en cualquier esquina y tocar.
Orozco agrega, “realizamos movilizaciones, pintadas de murales, articulación de procesos
juveniles y la actuación directa por el respeto a la vida y la dignificación de la vida”.
Max Yuri Gil, profesor del Instituto de Estudios Políticos, dice al respecto, “muchas de
estas organizaciones se convierten en una alternativa frente a la violencia o propuestas de
organizaciones armadas, a partir de la construcción de espacios”.
“Tenemos un vasto tejido social, a veces invisible, pero que denota una gran actividad
ciudadana en torno a iniciativas culturales que reivindican derechos, que promueven
acciones de fortalecimiento de la población y de la sociedad civil”, agrega Max Yuri.
Felipe: Nos tomamos las calles, tocamos en las esquinas, recorremos los barrios.
Aprovechamos y en estos parches vamos haciendo la elección de las bandas que nos
acompañan luego en diciembre en el Castilla Festival Rock.
Así llegan a la comunidad. El fruto se ha visto en la cantidad de jóvenes y bandas que se
han formado en las artes. En sus letras, sonidos y rutinas expresan su desazón con la guerra.
La tarima es el espacio para manifestar su sentir.
Uno de los procesos relevantes de CF es el de Carpe Diem, agrupación que combina el rock
y la salsa con letras y aullidos de dolor y esperanza.
“Una madre que espera, una noticia en su puerta, mataron a su hijo, madre.
El hijo que ella espera y no dejará de esperar… cadáver y ausencia, los
muertos no caminan ni hacen compañía, madre, olvídalo, ya no vendrá,
olvídalo” – Disparos, Carpe Diem, agrupación de Castilla.
“El proceso con CF ha sido muy importante para el crecimiento de la banda. El trabajo de
Felipe nos motiva a tocar por la vida”, cuenta Oscar Restrepo, integrante del grupo.
La grabadora ya está apagada. Salimos del ensayadero. Estamos en plena 68. Ha cambiado
mucho, la verdad. Ahora se ve más novedosa. Antes fue un poco más desordenada (más
rockstar). Yo le agradezco a Felipe, mientras mencionamos una que otra trivialidad que
es interrumpida repetidamente por los saludos de la gente de los otros locales. Cruzamos
despedidas y bajo lentamente de la “tarima central”.

Ciudad Frecuencia en Música Somos

Por Lois Madrid
@loismadrid

Vi a Felipe afuera del ensayadero, Ciudad Frecuencia; estaba de pie, muy tranquilo, con las manos en los bolsillos, sonriendo y saludando a todo el que pasaba. Su imagen me recordó un concierto que dimos en una iglesia cuando pertenecíamos a la Red de Bandas y Escuelas de Música de Medellín. Yo estaba en el coro, y justo en medio del evento, antes de empezar la interpretación de ‘happy blues’, Felipe soltó chelo y se sentó en la batería donde desbordó su faceta rockera.

Habían pasado más de diez años desde que lo conocí en la Red. Era un joven de unos dieciocho años, enamorado de su instrumento, moreno, con su melena ondulada y larga, siempre alegre y sonriente, portando una energía que impregnaba a los demás. Ahora lleva una pequeña cresta y su contextura es más gruesa, pero es prácticamente el mismo en actitud y juventud.

Me acerqué y le di un apretón de manos. Entramos sonrientes y recorrimos el corto pasillo repleto de imágenes, fotos y dibujos, para desembocar en la sala de ensayos.

Andrés Felipe Laverde González es un violonchelista recientemente egresado de la Universidad de Antioquia. Trabaja con la comunidad desde la música a través de Ciudad Frecuencia, un colectivo cultural del barrio Castilla que funciona desde hace ocho años y tiene como evento principal el Castilla Festival Rock, que en diciembre realizó su sexta versión.

Ciudad Frecuencia también es una sala de ensayos. Su nombre no está pintado en ninguna parte, pues la fachada del sitio consta de una sencilla puerta metálica y una pared con un gráfico que no entendí, junto a un local de productos naturistas.

Está ubicado en pleno boulevard de Castilla, en la carrera 68 con la calle 96. De todas las cuadras que componen esta avenida de fiesta, tabernas, restaurantes y discotecas, ésta enparticular es la de los rockeros; gracias a los bares de rock y reggae y al ensayadero, que llegó hace dos años para consolidar el ambiente de este espacio.

Es un lugar acogedor, de paredes rojas, lleno de líneas y amplificadores, con la batería en el centro y los demás instrumentos a su alrededor. Nos sentamos y encendí la grabadora.

Yo: ¿Qué música escuchas?

Felipe: La música. Realmente la música, para mí, es una. Sólo hay una. Más allá de géneros y ritmos, está la música.

Yo: ¿Cómo iniciaste con todo esto?

Felipe: Con las chirimías. Fui parte del grupo Renovación a los diez años. Aprendí la percusión de manera empírica, pero después ingresé a la Red, donde me enamoré del violonchelo, y luego estudié profesionalmente en la UdeA.

Me cuenta que tocó la batería en una agrupación con unos parceros, Tierra, pero al final no sucedió nada con ellos. Asimismo, divagó entre colectivos encargados de hacer música de eventos, ambientación y teatro.

Yo: ¿Qué te ha dado la música?

Hubo un silencio y Felipe apreció el espacio lentamente; cada instrumento, cada imagen, el aire acondicionado que goteaba y después, como si hubiera vuelto de un trance, respondió:

Felipe: Las ganas de vivir, de seguir adelante con mi vida. La música llegó en momentos difíciles de mi vida: el fin de mi carrera como deportista por una lesión y el asesinato de mi mejor amigo.

La guerra de bandas tocó directamente a Felipe, quien somatizó la muerte y el rechazo de la misma en la música y las artes, donde encontró una salida diferente. Allí se vinculó a la chirimía y luego a la Red. Centró su vida en las melodías y armonías, y deseó compartirlo.

Yo: ¿Cómo empezó Ciudad Frecuencia?

Felipe: Comenzó con unos amigos. Nosotros nos reuníamos en la Guardia Bar Rock. Por esos días, yo tenía unos equipos porque quería montar una agrupación, pero hablando con Juan Salazar, que siempre ha sido un impulsador de las bandas de acá, pensé en pegármele a su experiencia y realizar un concierto. Entonces, invitamos a varios grupos y en el proceso se me ocurrió hacer algo más grande que un concierto, hacer un Festival.

Los jóvenes (entre los que estaba Felipe) de la Guardia Bar Rock (bar del barrio Castilla) fueron pioneros en sonar rock en su local, donde a su vez, realizaban diferentes tipos de eventos, con el fin de apoyar a las propuestas musicales del barrio. El grupo, posteriormente, se motivó con la idea de trabajar de una manera más social y estructurada, invitando a la participación de la comunidad, y buscando nuevas propuestas en la escena artística y cultural. Se estipuló, entonces, lo siguiente:

“CIUDAD FRECUENCIA apoya y consolida la escena musical en sus diferentes géneros mediante la muestra del talento de los jóvenes de toda la ciudad, quienes unidos por un objetivo común, ‘la música’, tienen el deseo y la plena voluntad de expresar a toda la Ciudad la evolución de su trabajo; el aprendizaje producto de la disciplina y la entrega por lo que se hace.

Generar un espacio de encuentro para la convivencia y el reconocimiento del talento local a través de la realización de diferentes eventos musicales: se posibilitará el encuentro de pares, gustos estéticos e ideologías, con la intencionalidad de generar opciones de esparcimiento para expresar el sentir y actuar de las diferentes comunidades que se vinculen al mismo.

CIUDAD FRECUENCIA es un proyecto de carácter comunitario que abre espacios a beneficio de las agrupaciones y grupos artísticos de la ciudad. Vincula a la comunidad, al barrio y a la ciudad de forma activa en los procesos”.

(Misión – fuente: facebook.com/ciudad.frecuencia)

Felipe estaba convencido de la realización de algo grande y se hizo en el 2008 el Castilla Festival Rock, en la carrera 68 (“le llamamos la tarima central”, dice Felipe), con un presupuesto nulo y equipos prestados por unos y por otros. En otras palabras, se hizo con las uñas.

Felipe: Hicimos varios conciertos y las bandas que iban tocando en la Guardia las seleccionábamos para el festival. También los mandábamos a tocar en otras partes y casi que nos fuimos volviendo los representantes de varios grupos. Entonces, Susi Tamayo (Integrante del colectivo) nos dijo que debíamos tener un nombre. Yo decía que la Guardia, pero ella insistió en que la Guardia era el bar y que esto era un colectivo cultural.

Ella propuso Frecuencia y así estuvo por un tiempo, pero a mí se me ocurrió algo: si vos te ponés a reparar, las crestas de la frecuencia forman edificios, una ciudad… así que yo luego propuse Ciudad Frecuencia.

Yo: ¿Qué otro proyectos tiene Ciudad Frecuencia?

Felipe: Pues, yo vengo en estos momentos de San Javier, donde montamos otro ensayadero con los compañeros de la Casa Morada; hacemos “ensayos con público”, que es sacar el ensayo a la calle, donde la gente vea a las agrupaciones y los muchachos sientan un acercamiento a la tarima; orientamos a las bandas desde lo musical hasta lo administrativo; tenemos “A la salida nos vemos”, que es una iniciativa desde los colegios: uno decía de niño “a la salida nos vemos” y ya sabía que era para pelear, pero nosotros vamos con la propuesta de encontrarnos para hacer música, para hacer arte. Es llegar a los colegios y a las familias.

La música como estrategia

Ciudad Frecuencia en Música Somos

Ciudad Frecuencia no se quedó en música. Además del concierto, Felipe, en afán de trabajar por la comunidad, llevo a cabo nuevas propuestas en conjunto de Toke de Salida, colectivo cultural de la comuna 6 (12 de octubre), liderado por Luis Fernando Orozco. Este grupo lleva, al igual que Ciudad Frecuencia, el arte como táctica y estandarte.

“Toke de Salida viene siendo un ejercicio de actuación por la reivindicación de la vida en la zona noroccidental de Medellín. Surge como una iniciativa por el toque de queda vivido en el 2009”, cuenta Luis Fernando.

Debido al conflicto en las comunas en el año 2009, la alcaldía municipal impuso un toque de queda en algunos sectores de la ciudad, entre los cuales estuvieron 12 de octubre y Castilla. La medida advertía la inseguridad del momento y la participación de los jóvenes en esta. Además, surgieron las “fronteras invisibles”, espacios que delimitaban los territorios de las bandas, ubicando puntos rojos en los postes de los barrios.

“Esta calle es nuestra”, fue y es la iniciativa principal de Toke de Salida y Ciudad Frecuencia. La dinámica consiste en salir a caminar y traspasar las fronteras invisibles, a manera de marcha y festival. Luego, ubicarse en cualquier esquina y tocar.

Orozco agrega, “realizamos movilizaciones, pintadas de murales, articulación de procesos juveniles y la actuación directa por el respeto a la vida y la dignificación de la vida”.

Max Yuri Gil, profesor del Instituto de Estudios Políticos, dice al respecto, “muchas de estas organizaciones se convierten en una alternativa frente a la violencia o propuestas de organizaciones armadas, a partir de la construcción de espacios”.

“Tenemos un vasto tejido social, a veces invisible, pero que denota una gran actividadciudadana en torno a iniciativas culturales que reivindican derechos, que promueven acciones de fortalecimiento de la población y de la sociedad civil”, agrega Max Yuri.

Felipe: Nos tomamos las calles, tocamos en las esquinas, recorremos los barrios. Aprovechamos y en estos parches vamos haciendo la elección de las bandas que nos acompañan luego en diciembre en el Castilla Festival Rock.

Así llegan a la comunidad. El fruto se ha visto en la cantidad de jóvenes y bandas que se han formado en las artes. En sus letras, sonidos y rutinas expresan su desazón con la guerra.

La tarima es el espacio para manifestar su sentir. Uno de los procesos relevantes de CF es el de Carpe Diem, agrupación que combina el rock y la salsa con letras y aullidos de dolor y esperanza.

“Una madre que espera, una noticia en su puerta, mataron a su hijo, madre. El hijo que ella espera y no dejará de esperar… cadáver y ausencia, los muertos no caminan ni hacen compañía, madre, olvídalo, ya no vendrá, olvídalo” – Disparos, Carpe Diem, agrupación de Castilla.

“El proceso con CF ha sido muy importante para el crecimiento de la banda. El trabajo de Felipe nos motiva a tocar por la vida”, cuenta Oscar Restrepo, integrante del grupo.

La grabadora ya está apagada. Salimos del ensayadero. Estamos en plena 68. Ha cambiado mucho, la verdad. Ahora se ve más novedosa. Antes fue un poco más desordenada (más rockstar). Yo le agradezco a Felipe, mientras mencionamos una que otra trivialidad que es interrumpida repetidamente por los saludos de la gente de los otros locales. Cruzamos despedidas y bajo lentamente de la “tarima central”.

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Los Árboles y su disco sin nombre

Posted on 07 Febrero 2013 by Editor

A finales del 97, cuando agonizaba la última década del milenio, fue lanzado a través del sello
Lorito Records el primer y único disco de Los Árboles. Un nombre que nada tiene que ver con
el compromiso ecológico. Se trata de una iniciativa musical que reúne una mezcla de sonidos
inusuales para el contexto de la época, caracterizada por un aire alternativo, subyacente, alejado
de las grandes cámaras. Resumiendo: un estilo íntimo.
La banda fue conformada a principios de los noventa y contó con una receptividad aceptable en
la escena local; constituida entonces principalmente por bandas de punk y metal. Sus músicos
provenían de esa corriente popularmente llamada “chatarruda” que con tanta fuerza impulsó a
las primeras y legendarias bandas de la ciudad. Decidieron sin embargo alejarse de los pogos y
los estruendosos conciertos y permitirse la influencia de un post punk que recién surgía en otras
partes del mundo.
Dejan en el público cierta incertidumbre, tanto en sus letras como en el arte del disco: sin nombre
visible, ni letras de canciones, ni los nombres de los integrantes. Le arrebatan el ropaje mediático
a su trabajo, desnudando así su esencia. Es un referente de la música nacida en las calles,
impregnada de ese humor, a veces mal oliente o fragante, de ciudad.
Tal como expresa Federico López, productor de la efímera disquera independiente Lorito Records,
“ni los medios, ni la gente sabían qué hacer con Los Árboles, preferían homologarlo con otros
proyectos que consideraban similares. Muchas veces se crea una niebla que impide diferenciar lo
trascendente”. Sin ánimo de entrar a discutir su trascendencia, veinte años después se evidencia
en parte el aspecto anacrónico que caracterizó a esta banda.
Su caso es distinto al de Kraken u otros grupos de la época. No caen en la evocación, no son los
viejos fans quienes desentierran a Los Árboles, son principalmente los jóvenes quienes comienzan
a tomarlos como algo importante para la música de la ciudad.
En definitiva, el disco sin nombre no fue un éxito en ventas. De hecho, no mucho tiempo después
de su lanzamiento la banda se desintegró, al igual que Lorito Records. Pocos, de los ya escasos
seguidores, conservaron algunas copias del álbum y fue así como el proyecto cayó en un relativo
olvido. Olvido que no contaba con la magia del internet, esa que terminó por derrumbarlo.
Actualmente Alejandro Saldarriaga, fundador de la banda, y otros ex integrantes han conformado
un nuevo proyecto llamado Sultán. Sin embargo, lo consideran como una evolución musical más
que la reestructuración del pasado. “No tengo nada que decir de Los Árboles, ese fue un proceso
que concluyó”…dice Alejandro. Quizá todo sucedió de acuerdo a su filosofía, a esa insistencia por
conservar la independencia y por hacer de la música un diálogo personal.

Los Árboles en Música Somos

Por Juan Manuel Flórez
@juanmaexos

A finales del 97, cuando agonizaba la última década del milenio, fue lanzado a través del sello Lorito Records el primer y único disco de Los Árboles. Un nombre que nada tiene que ver con el compromiso ecológico. Se trata de una iniciativa musical que reúne una mezcla de sonidos inusuales para el contexto de la época, caracterizada por un aire alternativo, subyacente, alejado de las grandes cámaras. Resumiendo: un estilo íntimo.

La banda fue conformada a principios de los noventa y contó con una receptividad aceptable en la escena local; constituida entonces principalmente por bandas de punk y metal. Sus músicos provenían de esa corriente popularmente llamada “chatarruda” que con tanta fuerza impulsó a las primeras y legendarias bandas de la ciudad. Decidieron sin embargo alejarse de los pogos y los estruendosos conciertos y permitirse la influencia de un post punk que recién surgía en otras partes del mundo.

Dejan en el público cierta incertidumbre, tanto en sus letras como en el arte del disco: sin nombre visible, ni letras de canciones, ni los nombres de los integrantes. Le arrebatan el ropaje mediático a su trabajo, desnudando así su esencia. Es un referente de la música nacida en las calles, impregnada de ese humor, a veces mal oliente o fragante, de ciudad.

Tal como expresa Federico López, productor de la efímera disquera independiente Lorito Records, “ni los medios, ni la gente sabían qué hacer con Los Árboles, preferían homologarlo con otros proyectos que consideraban similares. Muchas veces se crea una niebla que impide diferenciar lo trascendente”. Sin ánimo de entrar a discutir su trascendencia, veinte años después se evidencia en parte el aspecto anacrónico que caracterizó a esta banda.

Su caso es distinto al de Kraken u otros grupos de la época. No caen en la evocación, no son los viejos fans quienes desentierran a Los Árboles, son principalmente los jóvenes quienes comienzan a tomarlos como algo importante para la música de la ciudad.

En definitiva, el disco sin nombre no fue un éxito en ventas. De hecho, no mucho tiempo después de su lanzamiento la banda se desintegró, al igual que Lorito Records. Pocos, de los ya escasos seguidores, conservaron algunas copias del álbum y fue así como el proyecto cayó en un relativo olvido. Olvido que no contaba con la magia del internet, esa que terminó por derrumbarlo.

Actualmente Alejandro Saldarriaga, fundador de la banda, y otros ex integrantes han conformado un nuevo proyecto llamado Sultán. Sin embargo, lo consideran como una evolución musical más que la reestructuración del pasado. “No tengo nada que decir de Los Árboles, ese fue un proceso que concluyó”…dice Alejandro. Quizá todo sucedió de acuerdo a su filosofía, a esa insistencia por conservar la independencia y por hacer de la música un diálogo personal.

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Artesanos del sonido

Posted on 27 Enero 2013 by Editor

La historia de dos vidas distintas, unidas por seis cuerdas templadas…
Por Diego Londoño
@elfanfatal
diego@musicasomos.net
Al llegar a Marinilla, municipio del oriente Antioqueño, y luego de un extravío descuidado en la carretera que conduce a la capital de Colombia desde Medellín, pregunto inocentemente dónde queda ubicado el taller de guitarras, me responden a punta de sonrisas marinillas con varias direcciones, al caminar más de 10 minutos me doy cuenta que son varios los talleres, varios los pioneros y representantes del instrumento en este municipio guitarrero por excelencia.
El día anterior había acordado encontrarme con un rostro que vi más de una vez en etiquetas de guitarras de amigos, maestros y hasta mías, un rostro conocido en mi adolescencia musical y rebelde.
-Entonces nos vemos a las ocho, acá en mi taller al lado de la autopista, por el cementerio de Marinilla. Dijo.
-Así será señor… nos vemos mañana, muchas gracias por todo.
Caminando me topé de repente con un letrero grande a la entrada de un jardín enlodado por la lluvia del alba, “Guitarras La Sonora. Gerardo Arbeláez, leyenda desde 1898”. A las ocho en punto de la mañana estaba pisando el botón que era avisado por un cartel que decía, ´fábrica, timbre aquí´.
Salió ese rostro que por tantos años había visto, para mí era casi familiar, como un viejo conocido.
-Don Gerardo como está, ayer hablamos para este encuentro, ¿se acuerda? Dije.
- Ahh, ¿Cómo está?
Fue el saludo simplón que recibí aquel jueves frio y húmedo de agosto.
De repente su rostro se transformó, parecía resistirse a que alguien ingresara a su mundo, el de las cuerdas, la madera inmunizada, el roble, el cedro, el colbón, la macilla, las prensas y los trastes.
-Hombre hoy estoy como ocupado, solo tengo un trabajador. Deberías pasarme esas pregunticas por escrito y yo las miro y nos sentamos más tranquilos en otra oportunidad.
Sentí por un momento que había perdido el trabajo, las llamadas y la ilusión, que la madrugada preparada para recorrer los 47 kilómetros de distancia en un microbús, y los 4.700 pesos del pasaje, se desvanecían entre la niebla oriental de Antioquia. Mi voz se quebró y mi ceño insistió- así quisiera- en no fruncirse.
-Don Gerardo, yo vengo desde Medellín solo para conversar con usted y verlo trabajar un rato. No es nada complicado, del resto me encargo yo. ¿Puedo ver su taller?
Después de todo pude ingresar tímidamente y ver el espacio artífice de toda una tradición cultural en Antioquia.
Doy unos pasos en las pequeñas baldosas coloridas de la casa de paredes amarillas. El olor a madera ya se entrometía en el ambiente, y el rostro de Don Gerardo seguía tan rígido como la madera de sus guitarras.
Gerardo Arbeláez se ubicó en la mesa central del patio, agarró el mástil de una guitarra en construcción que hacía parte de un cúmulo de maderos ubicados en el suelo, le dio dos golpes en la parte superior con la intención de revisar su encaje. Luego, inició a pegar los 18 trastes enumerados en la madera, con la experiencia que sólo dan los años y con la certeza de que algún día, eso que hasta el momento parecía tan sólo un madero insípido, emitiría toda clase de notas y melodías. Acordes, ritmos y canciones pegajosas desfilarían por las cuerdas cobrizas que más tarde pondría también con cuidado. Me distraje un rato mirando la grabadora Silver repleta de viruta de aserrín que teníamos enfrente, “Se va, se va la lancha, se va con el pescador y en esa lancha que cruza el mar, se va también mi amor”, sonaba de fondo en el 830 am de Radio reloj.
Su labor matutina empezó a mi lado, de a poco empezamos a conversar, Gerardo Arbeláez, el creador de las guitarras La Sonora, que se construyen hace más de 50 años, ahora martilla mientras de reojo observa como tomo apuntes sobre lo que tímidamente me cuenta, mientras yo sutilmente trato de romper el hielo.
Él es un hombre tranquilo, que disfruta la vida mientras ella pasa a su lado. Sus días son llenos de madera, cuerdas y música, la que disfruta oyendo y con la que alimenta su alma. La música colombiana es su motor, los boleros su corazón. Admira y disfruta al maestro León Castaño, al Dueto de Antaño, Los Panchos y Los Diamantes. Su experiencia se nota en el hablar, y sus años llegaron cargados de serenidad y una modestia admirable.
Su historia con la amiga de pronunciadas curvas y caderas anchas, lleva tres generaciones encima, empezó hace más de un siglo con su abuelo Isaac Arbeláez nacido en la vereda Río Abajo de Rionegro. La leyenda, que tanto respeto y recelo genera para toda la familia Arbeláez, inicia en el  cercano municipio de San Vicente, cuando Isaac fue contratado como ayudante de ebanistería por un arquitecto español que llegó a la población a restaurar la iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá. El abuelo resultó ser un buen aprendiz, el arquitecto empezó a quererlo mucho, se hicieron buenos amigos y en los tiempos de ocio y de poco trabajo, con los conocimientos que el jefe tenía no solo en maderas, construcción, sino también en música, quiso construir en compañía de Isaac una guitarra.
Luego de esa guitarra con errores, la segunda les salió más perfecta y ese fue el inicio de la tradición guitarrera del apellido Arbeláez que lleva más de 100 años. Esta práctica pasó de padre a hijos, como un azar hecho destino, de Isaac a Lázaro y luego a Gerardo y tres hermanos  más del batallón de diecisiete que tuvo don Lázaro.
“De ahí empezamos nosotros los hijos, a seguir los pasos de mi papá Lázaro, pues desde muy niños comenzamos a colaborar en cositas antes de salir para la escuela. Todo esto nos tocó en Marinilla. Mi papá había acabado de crear un taller de guitarras, que sería muy importante en toda la región”, dice Gerardo.
Según cuenta la reconocida pionera en etnomusicología en Colombia, María Eugenia Londoño, la guitarra apareció muy prontamente con la invasión europea.
En sus inicios era un instrumento utilizado popularmente en paseos familiares en los cuales se interpretaban cantos de fiesta y coplas tradicionales, aunque también gozaba de una minoría de altas influencias elitistas, de habitantes llegados en la época de colonización desde Francia, Alemania, Italia, Portugal y España.
La Iglesia, que por ese tiempo tenía el poder en el terreno cultural e intelectual en América, influyó de manera importante en la enseñanza de la música para ser utilizada en sus diferentes ceremonias religiosas, por esta razón, el instrumento a lo largo de los años fue enseñado de forma oral y generacional.
La guitarra fue utilizada en las celebraciones libertadoras de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, interpretando obras de corte colombo – español como El Arias, La Vencedora, o La Libertadora.
En el año 1882 se fundó el Conservatorio Nacional de Colombia y fue allí donde se empezaron a crear nuevas escuelas de música en ciudades como Cartagena, Ibagué, Medellín, Cali, Tunja y Santa Marta, en donde se inician las clases oficiales de música con título universitario con los instrumentos sinfónicos y el piano, aunque hasta el año 1986 y gracias a la enorme labor del guitarrista y Pedagogo Ramiro Isaza Mejía padre de la escuela de guitarra en Colombia, se le otorgará al guitarrista el mismo título profesional que para los demás músicos.
Después de toda esa historia, los Arbeláez fueron pioneros en hacer instrumentos de cuerda, no solo guitarras sino también, tiples, bandolas, y cuatros. Su proceso como familia constructora y musical, empezó desde 1860, sin manuales, sin comunicación, sin profesores, sin internet, la única ruta era la prueba ensayo error.
Gerardo Arbeláez aprendió fácil, se apasionó y lleva más de 50 años construyendo, reparando y tocando guitarras, “tocando así sea poquito, y muy a la brava. Así me enseñó mi papá. Yo me echo mis boleritos y mis tonadas de música colombiana. Lo hago muy en solitario. Yo me dediqué fue a construirlas”. Para consolidar sus guitarras, no solo en Medellín, sino en toda Colombia, tuvo la ayuda de muchos músicos importantes como Darío Garzón, de Garzón y Collazos, Virgilio Duque o Ángel María Camacho.
Una de esas guitarras, construidas por Gerardo en la fría Marinilla, la fundada por Juan Duque de Estrada y Francisco Manzueto Giraldo, llegó coincidencialmente a las manos de un joven curioso del municipio de Medellín. Luis García Blair, empezaría a incursionar en la guitarra.
Luis, en la casa de Jaime, su tío hippie, encontró un emblema generacional de toda la sociedad Antioqueña; Una guitarra rota, colgada de un cordón en un escaparate, solamente con tres cuerdas. La pidió prestada y al tiempo, por cosas del destino ya era suya. En la etiqueta de este olvidado madero café claro, figuraba la imagen de Gerardo Arbeláez sosteniendo una de sus guitarras, vestido de suéter beige y camisa blanca, a su alrededor rombos rojos y amarillos, y en forma de portada, el nombre ´La Sonora´. Esta sería la primera adquisición musical de Luis. Con el paso de los años, el color madera de la tapa frontal de aquél instrumento perdería la ilusión; gracias a un par de temperas, se tornaría verde, rojo, negro y amarillo, como un tributo a Bob Marley, así él, no gustara en lo absoluto de la música reggae.
Luego de un tiempo su gusto adolescente cambiaría, como todo en la vida. En su subconsciente,  la guitarra eléctrica había sido su inspiración, su sueño de niño, la forma de su cuerpo macizo, los colores brillantes, pensados, los movimientos de estrellas del rock como Slash, Jimmy Page o Hendrix y el sonido brillante y acaparador de las cuerdas metálicas, lo atraparon sin posibilidad de escapatoria, como un video juego de moda.
La guitarra eléctrica nació como un experimento con la intención de de crear guitarras con mas volumen de sonido, para llegar a esto, se potenció el volumen de la ya existente guitarra electro acústica y nació un instrumento con personalidad y alma propia.
Las primeras guitarras eléctricas datan de los años treinta, y son fruto de los esfuerzos de compañías como Rickenbacker y Vivi Tone Company.
A Medellín y a Colombia, las primeras guitarras eléctricas, llegaron gracias a los viajeros, a quienes tenían la posibilidad de cruzar el Valle y dejarse deslumbrar por el primer mundo. Marcas como Fender, Ibanez, Rickenbacker, Jackson o Gibson, tocaron suelo colombiano para impresionar y  marcar una nueva tendencia exclusiva para unos pocos afortunados.
Para ese entonces, tener una eléctrica no era tan común como ahora. “Soy hijo de Gloria Blair y Luis García,  en ese momento la prioridad económica para mi familia era la casa y el estudio”, dice Blair a la vez que cuenta como pudo acercarse a la primera guitarra eléctrica de su vida, fuera de pararse enfrente del tv de su casa y ver a los grandes ejecutarlas en sus espectaculares shows.
“A uno de mis mejores amigos le mataron el hermano, quien era guitarrista; desde su muerte, la guitarra que usaba estaba guardada en un garaje, desarmada y empolvada. Para ganármela, el reto era armarla y ponerla a sonar…”, las sonrisas aparecen con el relato, el final concluye con una expresión de egocentrismo. Si, esa fue su primera guitarra eléctrica, y aún él, no sabía ni tocarla.
Blair, o El Flaco, como es conocido en el mundo musical, es modelo 78, como el Nissan Patrol o el imponente Chevrolet Camaro. Mide 1.94, sonríe sin querer y tiene más de 20 guitarras eléctricas colgadas en su habitación en Envigado, así siga soñando con una Gibson Les Paul Custom blanca como la de Randy Rhoads. Los sonidos que prefiere son el Glam y el hardrock, su guitarrista preferido es David Gilmour de Pink Floyd, es un enamorado de la música en general, del sonido eléctrico de sus guitarras, del chocorramo, con coca cola y cigarrillo Green.
Al preguntarle por la guitarra, suspiró, miro a su alrededor y quiso caer en el cliché. “Yo por la guitarra siento amor, también odio cuando no suena como quiero. Las guitarras son mis metas, son mis sueños”.
Este personaje tiene dos vidas, una que inicia a las 7 en punto de la mañana, cuando empieza su labor como comunicador social en una reconocida caja de compensación familiar, donde aplica sus 15 semestres de universidad y otra que se define de 5 de la tarde, hasta que el hambre haga de las suyas, o el reloj recuerde su deber de madrugar. “En el día llevo la vida de mi mamá, o la vida que la sociedad me pone a vivir y en la tarde llevo mi verdadera vida”, dice El Flaco.
Blair Guitars es su taller de construcción, reparación y mantenimiento de guitarras, allí se la pasa todas las noches desde hace 3 años. Luego de pulir muchas guitarras hasta literalmente poner a “oler la madera a cebolla”, consiguió la experiencia como lutier de guitarras eléctricas,  se independizó, y montó el taller que inició con setenta mil pesos y que ahora ahorra toda la cantaleta de su madre por el desorden, la basura, la herramienta, el aserrín, la pintura y el ruido en casa.
Al ingresar a Blair Guitars, puedo contar de inmediato más de 20 instrumentos, mientras Luis, con su camisa de cuadros rojos, blancos y negros me recibe en su espacio de trabajo, con un abrazo que por su altura me llega al pecho.
Antes de tocar guitarras, su afición fue destaparlas, repararlas, buscarle los rincones que no conocía, muchas veces no pudo volver a armarlas. “Siempre me le metía a las guitarras de los amiguitos a repararle los ruidos, yo esos ruidos los mataba poniéndole un cable de la guitarra al cuerpo del guitarrista, como un polo a tierra”, ríe y sigue encordando un bajo acústico mientras termina de apagar un cigarrillo.
Blair es uno de los pocos personajes que construye guitarras eléctricas en Colombia. Este aprendizaje lo adquirió durante años de intentar, pintar, fallar y volver a lijar. Cuando inició hace tres años, le decían que lo que quería hacer solo era para los gringos o los europeos, pero su sueño además de construirle una guitarra a Slash el guitarrista de Guns N´ Roses y Velvet Revolver, es darle la marca de guitarras eléctricas a Colombia, aportarle a la historia, ser parte de ella. Esto lo dice, sin desconocer que las guitarras acústicas son la esencia, y que el camino acertado para llegar a lo eléctrico, es pasar por la mística de lo acústico.
Hablar de lo acústico, es como hablar del apellido Arbeláez o del mismo Gerardo, sin embargo, él mismo piensa que para su marca de guitarras, una de las más populares en Colombia, el futuro es oscuro. “En el caso mío tengo cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, y ellos se fueron por otros negocios más productivos. Terminando o falleciendo yo, hasta ahí llega la tradición. El tiempo dirá todo”.
A pesar de esto, es una persona que vive tranquilamente, de lo que le gusta, como él mismo dice, “aunque pierda plata, me gusta”. Ha vivido más de 60 años por y con la guitarra, de su pasión,  de una manera sencilla, pero feliz.
Estos dos personajes transitan paisajes, sonidos, experiencias, cotidianidades y vidas circunstancialmente diferentes. Sus años disímiles han sido enteramente vividos al lado de la robusta de seis cuerdas. De ese madero, que a través de horas de lija, martillo, regla, pintura, conocimiento y amor, queda listo para emitir sonidos, sensaciones y personalidades; desde el bolero hasta el rock, pasando por el tango y la salsa.
Edades que se superan por el doble, pensamientos que llevan  más  de 30 años de diferencia, el rock y los boleros, las canas y la abundancia descuidada de cabello, las distorsiones, rapidez  y agilidad,  y el romanticismo de la dulzura pasada, hacen parte de sus cotidianidades…Blair y Arbeláez, dos personajes unidos por 6 cuerdas templadas cuidadosamente, que al tocarse, cuentan la historia de todos y a la vez de unos pocos. Cuerdas que pueden enamorar sutilmente o  hacer mover la cabeza a cualquier desprevenido.
Al final como conclusión, les pregunto sobre el significado que tiene la guitarra en su vida,  Blair, responde con rapidez y certeza, “me dicen guitarra y de inmediato es como si me estuvieran nombrando. Yo no me veo en ninguna parte de lo que me queda de vida, sin una guitarra…”, por su parte Gerardo, piensa un instante y no puede responder… no encuentra las palabras.

foto guitarras

La historia de dos vidas distintas, unidas por seis cuerdas templadas…

Por Diego Londoño

@elfanfatal

Fotografías por Esteban Cardona

@estebanpolite

Al llegar a Marinilla, municipio del oriente Antioqueño, y luego de un extravío descuidado en la carretera que conduce a la capital de Colombia desde Medellín, pregunto inocentemente dónde queda ubicado el taller de guitarras, me responden a punta de sonrisas marinillas con varias direcciones, al caminar más de 10 minutos me doy cuenta que son varios los talleres, varios los pioneros y representantes del instrumento en este municipio guitarrero por excelencia.

El día anterior había acordado encontrarme con un rostro que vi más de una vez en etiquetas de guitarras de amigos, maestros y hasta mías, un rostro conocido en mi adolescencia musical y rebelde.

-Entonces nos vemos a las ocho, acá en mi taller al lado de la autopista, por el cementerio de Marinilla. Dijo.

-Así será señor… nos vemos mañana, muchas gracias por todo.

Caminando me topé de repente con un letrero grande a la entrada de un jardín enlodado por la lluvia del alba, “Guitarras La Sonora. Gerardo Arbeláez, leyenda desde 1898”. A las ocho en punto de la mañana estaba pisando el botón que era avisado por un cartel que decía, ´fábrica, timbre aquí´.

Salió ese rostro que por tantos años había visto, para mí era casi familiar, como un viejo conocido.

-Don Gerardo como está, ayer hablamos para este encuentro, ¿se acuerda? Dije.

- Ahh, ¿Cómo está?

Fue el saludo simplón que recibí aquel jueves frio y húmedo de agosto.

De repente su rostro se transformó, parecía resistirse a que alguien ingresara a su mundo, el de las cuerdas, la madera inmunizada, el roble, el cedro, el colbón, la macilla, las prensas y los trastes.

-Hombre hoy estoy como ocupado, solo tengo un trabajador. Deberías pasarme esas pregunticas por escrito y yo las miro y nos sentamos más tranquilos en otra oportunidad.

Sentí por un momento que había perdido el trabajo, las llamadas y la ilusión, que la madrugada preparada para recorrer los 47 kilómetros de distancia en un microbús, y los 4.700 pesos del pasaje, se desvanecían entre la niebla oriental de Antioquia. Mi voz se quebró y mi ceño insistió- así quisiera- en no fruncirse.

-Don Gerardo, yo vengo desde Medellín solo para conversar con usted y verlo trabajar un rato. No es nada complicado, del resto me encargo yo. ¿Puedo ver su taller?

Después de todo pude ingresar tímidamente y ver el espacio artífice de toda una tradición cultural en Antioquia.

Doy unos pasos en las pequeñas baldosas coloridas de la casa de paredes amarillas. El olor a madera ya se entrometía en el ambiente, y el rostro de Don Gerardo seguía tan rígido como la madera de sus guitarras.

Gerardo Arbeláez se ubicó en la mesa central del patio, agarró el mástil de una guitarra en construcción que hacía parte de un cúmulo de maderos ubicados en el suelo, le dio dos golpes en la parte superior con la intención de revisar su encaje. Luego, inició a pegar los 18 trastes enumerados en la madera, con la experiencia que sólo dan los años y con la certeza de que algún día, eso que hasta el momento parecía tan sólo un madero insípido, emitiría toda clase de notas y melodías. Acordes, ritmos y canciones pegajosas desfilarían por las cuerdas cobrizas que más tarde pondría también con cuidado. Me distraje un rato mirando la grabadora Silver repleta de viruta de aserrín que teníamos enfrente, “Se va, se va la lancha, se va con el pescador y en esa lancha que cruza el mar, se va también mi amor”, sonaba de fondo en el 830 am de Radio reloj.

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Su labor matutina empezó a mi lado, de a poco empezamos a conversar, Gerardo Arbeláez, el creador de las guitarras La Sonora, que se construyen hace más de 50 años, ahora martilla mientras de reojo observa como tomo apuntes sobre lo que tímidamente me cuenta, mientras yo sutilmente trato de romper el hielo.

Él es un hombre tranquilo, que disfruta la vida mientras ella pasa a su lado. Sus días son llenos de madera, cuerdas y música, la que disfruta oyendo y con la que alimenta su alma. La música colombiana es su motor, los boleros su corazón. Admira y disfruta al maestro León Castaño, al Dueto de Antaño, Los Panchos y Los Diamantes. Su experiencia se nota en el hablar, y sus años llegaron cargados de serenidad y una modestia admirable.

Su historia con la amiga de pronunciadas curvas y caderas anchas, lleva tres generaciones encima, empezó hace más de un siglo con su abuelo Isaac Arbeláez nacido en la vereda Río Abajo de Rionegro. La leyenda, que tanto respeto y recelo genera para toda la familia Arbeláez, inicia en el  cercano municipio de San Vicente, cuando Isaac fue contratado como ayudante de ebanistería por un arquitecto español que llegó a la población a restaurar la iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá. El abuelo resultó ser un buen aprendiz, el arquitecto empezó a quererlo mucho, se hicieron buenos amigos y en los tiempos de ocio y de poco trabajo, con los conocimientos que el jefe tenía no solo en maderas, construcción, sino también en música, quiso construir en compañía de Isaac una guitarra.

Gerardo Arbelaez en Música Somos

Luego de esa guitarra con errores, la segunda les salió más perfecta y ese fue el inicio de la tradición guitarrera del apellido Arbeláez que lleva más de 100 años. Esta práctica pasó de padre a hijos, como un azar hecho destino, de Isaac a Lázaro y luego a Gerardo y tres hermanos  más del batallón de diecisiete que tuvo don Lázaro.

“De ahí empezamos nosotros los hijos, a seguir los pasos de mi papá Lázaro, pues desde muy niños comenzamos a colaborar en cositas antes de salir para la escuela. Todo esto nos tocó en Marinilla. Mi papá había acabado de crear un taller de guitarras, que sería muy importante en toda la región”, dice Gerardo.

Según cuenta la reconocida pionera en etnomusicología en Colombia, María Eugenia Londoño, la guitarra apareció muy prontamente con la invasión europea.

En sus inicios era un instrumento utilizado popularmente en paseos familiares en los cuales se interpretaban cantos de fiesta y coplas tradicionales, aunque también gozaba de una minoría de altas influencias elitistas, de habitantes llegados en la época de colonización desde Francia, Alemania, Italia, Portugal y España.

La Iglesia, que por ese tiempo tenía el poder en el terreno cultural e intelectual en América, influyó de manera importante en la enseñanza de la música para ser utilizada en sus diferentes ceremonias religiosas, por esta razón, el instrumento a lo largo de los años fue enseñado de forma oral y generacional.

La guitarra fue utilizada en las celebraciones libertadoras de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, interpretando obras de corte colombo – español como El Arias, La Vencedora, o La Libertadora.

En el año 1882 se fundó el Conservatorio Nacional de Colombia y fue allí donde se empezaron a crear nuevas escuelas de música en ciudades como Cartagena, Ibagué, Medellín, Cali, Tunja y Santa Marta, en donde se inician las clases oficiales de música con título universitario con los instrumentos sinfónicos y el piano, aunque hasta el año 1986 y gracias a la enorme labor del guitarrista y Pedagogo Ramiro Isaza Mejía padre de la escuela de guitarra en Colombia, se le otorgará al guitarrista el mismo título profesional que para los demás músicos.

Después de toda esa historia, los Arbeláez fueron pioneros en hacer instrumentos de cuerda, no solo guitarras sino también, tiples, bandolas, y cuatros. Su proceso como familia constructora y musical, empezó desde 1860, sin manuales, sin comunicación, sin profesores, sin internet, la única ruta era la prueba ensayo error.

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Gerardo Arbeláez aprendió fácil, se apasionó y lleva más de 50 años construyendo, reparando y tocando guitarras, “tocando así sea poquito, y muy a la brava. Así me enseñó mi papá. Yo me echo mis boleritos y mis tonadas de música colombiana. Lo hago muy en solitario. Yo me dediqué fue a construirlas”. Para consolidar sus guitarras, no solo en Medellín, sino en toda Colombia, tuvo la ayuda de muchos músicos importantes como Darío Garzón, de Garzón y Collazos, Virgilio Duque o Ángel María Camacho.

Una de esas guitarras, construidas por Gerardo en la fría Marinilla, la fundada por Juan Duque de Estrada y Francisco Manzueto Giraldo, llegó coincidencialmente a las manos de un joven curioso del municipio de Medellín. Luis García Blair, empezaría a incursionar en la guitarra.

Luis, en la casa de Jaime, su tío hippie, encontró un emblema generacional de toda la sociedad Antioqueña; Una guitarra rota, colgada de un cordón en un escaparate, solamente con tres cuerdas. La pidió prestada y al tiempo, por cosas del destino ya era suya. En la etiqueta de este olvidado madero café claro, figuraba la imagen de Gerardo Arbeláez sosteniendo una de sus guitarras, vestido de suéter beige y camisa blanca, a su alrededor rombos rojos y amarillos, y en forma de portada, el nombre ´La Sonora´. Esta sería la primera adquisición musical de Luis. Con el paso de los años, el color madera de la tapa frontal de aquél instrumento perdería la ilusión; gracias a un par de temperas, se tornaría verde, rojo, negro y amarillo, como un tributo a Bob Marley, así él, no gustara en lo absoluto de la música reggae.

Luego de un tiempo su gusto adolescente cambiaría, como todo en la vida. En su subconsciente,  la guitarra eléctrica había sido su inspiración, su sueño de niño, la forma de su cuerpo macizo, los colores brillantes, pensados, los movimientos de estrellas del rock como Slash, Jimmy Page o Hendrix y el sonido brillante y acaparador de las cuerdas metálicas, lo atraparon sin posibilidad de escapatoria, como un video juego de moda.

La guitarra eléctrica nació como un experimento con la intención de de crear guitarras con mas volumen de sonido, para llegar a esto, se potenció el volumen de la ya existente guitarra electro acústica y nació un instrumento con personalidad y alma propia.

Las primeras guitarras eléctricas datan de los años treinta, y son fruto de los esfuerzos de compañías como Rickenbacker y Vivi Tone Company.

A Medellín y a Colombia, las primeras guitarras eléctricas, llegaron gracias a los viajeros, a quienes tenían la posibilidad de cruzar el Valle y dejarse deslumbrar por el primer mundo. Marcas como Fender, Ibanez, Rickenbacker, Jackson o Gibson, tocaron suelo colombiano para impresionar y  marcar una nueva tendencia exclusiva para unos pocos afortunados.

Para ese entonces, tener una eléctrica no era tan común como ahora. “Soy hijo de Gloria Blair y Luis García,  en ese momento la prioridad económica para mi familia era la casa y el estudio”, dice Blair a la vez que cuenta como pudo acercarse a la primera guitarra eléctrica de su vida, fuera de pararse enfrente del tv de su casa y ver a los grandes ejecutarlas en sus espectaculares shows.

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“A uno de mis mejores amigos le mataron el hermano, quien era guitarrista; desde su muerte, la guitarra que usaba estaba guardada en un garaje, desarmada y empolvada. Para ganármela, el reto era armarla y ponerla a sonar…”, las sonrisas aparecen con el relato, el final concluye con una expresión de egocentrismo. Si, esa fue su primera guitarra eléctrica, y aún él, no sabía ni tocarla.

Blair, o El Flaco, como es conocido en el mundo musical, es modelo 78, como el Nissan Patrol o el imponente Chevrolet Camaro. Mide 1.94, sonríe sin querer y tiene más de 20 guitarras eléctricas colgadas en su habitación en Envigado, así siga soñando con una Gibson Les Paul Custom blanca como la de Randy Rhoads. Los sonidos que prefiere son el Glam y el hardrock, su guitarrista preferido es David Gilmour de Pink Floyd, es un enamorado de la música en general, del sonido eléctrico de sus guitarras, del chocorramo, con coca cola y cigarrillo Green.

Al preguntarle por la guitarra, suspiró, miro a su alrededor y quiso caer en el cliché. “Yo por la guitarra siento amor, también odio cuando no suena como quiero. Las guitarras son mis metas, son mis sueños”.

Este personaje tiene dos vidas, una que inicia a las 7 en punto de la mañana, cuando empieza su labor como comunicador social en una reconocida caja de compensación familiar, donde aplica sus 15 semestres de universidad y otra que se define de 5 de la tarde, hasta que el hambre haga de las suyas, o el reloj recuerde su deber de madrugar. “En el día llevo la vida de mi mamá, o la vida que la sociedad me pone a vivir y en la tarde llevo mi verdadera vida”, dice El Flaco.

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Blair Guitars es su taller de construcción, reparación y mantenimiento de guitarras, allí se la pasa todas las noches desde hace 3 años. Luego de pulir muchas guitarras hasta literalmente poner a “oler la madera a cebolla”, consiguió la experiencia como lutier de guitarras eléctricas,  se independizó, y montó el taller que inició con setenta mil pesos y que ahora ahorra toda la cantaleta de su madre por el desorden, la basura, la herramienta, el aserrín, la pintura y el ruido en casa.

Al ingresar a Blair Guitars, puedo contar de inmediato más de 20 instrumentos, mientras Luis, con su camisa de cuadros blancos y azules me recibe en su espacio de trabajo, con un abrazo que por su altura me llega al pecho.

Antes de tocar guitarras, su afición fue destaparlas, repararlas, buscarle los rincones que no conocía, muchas veces no pudo volver a armarlas. “Siempre me le metía a las guitarras de los amiguitos a repararle los ruidos, yo esos ruidos los mataba poniéndole un cable de la guitarra al cuerpo del guitarrista, como un polo a tierra”, ríe y sigue encordando un bajo acústico mientras termina de apagar un cigarrillo.

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Blair es uno de los pocos personajes que construye guitarras eléctricas en Colombia. Este aprendizaje lo adquirió durante años de intentar, pintar, fallar y volver a lijar. Cuando inició hace tres años, le decían que lo que quería hacer solo era para los gringos o los europeos, pero su sueño además de construirle una guitarra a Slash el guitarrista de Guns N´ Roses y Velvet Revolver, es darle la marca de guitarras eléctricas a Colombia, aportarle a la historia, ser parte de ella. Esto lo dice, sin desconocer que las guitarras acústicas son la esencia, y que el camino acertado para llegar a lo eléctrico, es pasar por la mística de lo acústico.

Hablar de lo acústico, es como hablar del apellido Arbeláez o del mismo Gerardo, sin embargo, él mismo piensa que para su marca de guitarras, una de las más populares en Colombia, el futuro es oscuro. “En el caso mío tengo cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, y ellos se fueron por otros negocios más productivos. Terminando o falleciendo yo, hasta ahí llega la tradición. El tiempo dirá todo”.

A pesar de esto, es una persona que vive tranquilamente, de lo que le gusta, como él mismo dice, “aunque pierda plata, me gusta”. Ha vivido más de 60 años por y con la guitarra, de su pasión,  de una manera sencilla, pero feliz.

Estos dos personajes transitan paisajes, sonidos, experiencias, cotidianidades y vidas circunstancialmente diferentes. Sus años disímiles han sido enteramente vividos al lado de la robusta de seis cuerdas. De ese madero, que a través de horas de lija, martillo, regla, pintura, conocimiento y amor, queda listo para emitir sonidos, sensaciones y personalidades; desde el bolero hasta el rock, pasando por el tango y la salsa.

Edades que se superan por el doble, pensamientos que llevan  más  de 30 años de diferencia, el rock y los boleros, las canas y la abundancia descuidada de cabello, las distorsiones, rapidez  y agilidad,  y el romanticismo de la dulzura pasada, hacen parte de sus cotidianidades…Blair y Arbeláez, dos personajes unidos por 6 cuerdas templadas cuidadosamente, que al tocarse, cuentan la historia de todos y a la vez de unos pocos. Cuerdas que pueden enamorar sutilmente o  hacer mover la cabeza a cualquier desprevenido.

Al final como conclusión, les pregunto sobre el significado que tiene la guitarra en su vida,  Blair, responde con rapidez y certeza, “me dicen guitarra y de inmediato es como si me estuvieran nombrando. Yo no me veo en ninguna parte de lo que me queda de vida, sin una guitarra…”, por su parte Gerardo, piensa un instante y no puede responder… no encuentra las palabras.

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“Vivir para esto” Las mujeres en el rock de Medellín

Posted on 20 Enero 2013 by Editor

vivirparaesto

Foto por Jhon Heaver Paz

Por Diego Londoño
@elfanfatal

“Vivir para esto” Las mujeres en el rock de Medellín, narra la historia de mujeres que dedican sus vidas a hacer rock. Mónica de I.R.A junto a Piedad y Vicky de Fértil Miseria nos narran las dificultades de sus tiempos al querer participar en un género dominado por hombres, paralelo a esto las rockeras de Lilith e Insurgentas nos cuentan de qué manera las benefició ese camino ya iniciado y el cual ellas ayudan a construir. Ésta es la historia de algunas de las mujeres en el rock de Medellín.

A través de “Vivir para esto” se muestra el panorama histórico y actual de la participación de las mujeres en el rock de Medellín. Además contribuye a sincerar el imaginario colectivo de las mujeres que participan activamente de estas culturas musicales.

Mónica Moreno del grupo IRA

Melissa, Txelly del grupo Las Insurgentas

Piedad y Vicky Castro del grupo Fertil Miseria

Sara Delgado del grupo Lilith

Son las protagonistas de ésta historia que apenas se está escribiendo.

Las Mujeres en el rock de Medellín

Ficha Técnica

Dirección: Diego Londoño

Cámara: Johanna Pino

Realización: Diego Londoño, Johanna Pino y Carmen Serna

Edición: César Franco – Estudio de Televisión – Universidad de Antioquia

Producción: Pregrado de Periodismo — Facultad de Comunicaciones -Universidad de Antioquia

Co-Producción: MÚSICA SOMOS

“Vivir para esto” Las mujeres en el rock de Medellín, narra la historia de mujeres que dedican sus vidas a hacer rock. Mónica de I.R.A junto a Piedad y Vicky de Fértil Miseria nos narran las dificultades de sus tiempos al querer participar en un género dominado por hombres, paralelo a esto las rockeras de Lilith e Insurgentas nos cuentan de qué manera las benefició ese camino ya iniciado y el cual ellas ayudan a construir. Ésta es la historia de algunas de las mujeres en el rock de Medellín.
A través de “Vivir para esto” se muestra el panorama histórico y actual de la participación de las mujeres en el rock de Medellín. Además contribuye a sincerar el imaginario colectivo de las mujeres que participan activamente de estas culturas musicales.
Mónica Moreno del grupo IRA
Melissa, Txelly del grupo Las Insurgentas
Piedad y Vicky Castro del grupo Fertil Miseria
Sara Delgado del grupo Lilith
Son las protagonistas de ésta historia que apenas se está escribiendo.
Las Mujeres en el rock de Medellín
Ficha Técnica
Dirección: Diego Londoño
Cámara: Johanna Pino
Realización: Diego Londoño, Johanna Pino y Carmen Serna
Edición: César Franco – Estudio de Televisión – Universidad de Antioquia
Producción: Pregrado de Periodismo — Facultad de Comunicaciones -Universidad de Antioquia
Co-Producción: MÚSICA SOMOS

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Los disparos de Carpe Diem

Posted on 18 Enero 2013 by Editor

Carpe Diem en Música Somos

Tanta balacera, tanta pelea, tantas fronteras invisibles, tantas muertes en el barrio Castilla, todo, todo compilado en canciones.

Por Lois Madrid
@loismadrid

‘Disparos’ es el nombre del demo de Carpe Diem, agrupación que nació hace más de dos años en la comuna cinco y que en sus letras expone toda una gama de historias alrededor del barrio.

Conformado por Anderson Quintero en la voz y guitarra, Oscar Restrepo en la guitarra líder, Jeison Zea en la batería, Nelson Pérez en el bajo y Robinson Smith en la percusión menor y los coros, Carpe Diem se enlaza al conjunto de bandas musicales que crecen en el sector, plasmando en sus sonidos la realidad que viven, y a la vez, buscando con el arte una manera de escapar y protestar ante los diversos sucesos recurrentes en la comuna.

Todo empieza por lo visual, es por eso que la carátula de ‘Disparos’ retrata al barrio Castilla, convirtiéndose en un abrebocas de lo que sonará en el disco.

La primera canción lleva el mismo nombre de la banda; es una definición de la misma en sí, con una letra incitadora, una atmosfera de guitarra al estilo Draco Rosa y, al final, la furia desgarradora de los instrumentos en un unísono.

Luego viene ‘Camaleón’, la historia de un niño que le canta a su mamá prostituta. ‘Te quiero en la sobriedad’. ‘Dime mamá, quien es mi padre, mamá’ – Camaleón, Carpe Diem.

‘Cíclope’ devora hombres, como su coro lo dice, describe a una mujer que recuerda a ‘meneater’, el éxito de 1982 de Daryl Hall y John Oates.

Posteriormente, el track número cuatro lleva el mismo nombre del demo: ‘Disparos’. Este es el audio que recoge todo lo que se quiere expresar más que en el trabajo en sí, en la base de la música de Carpe Diem, que busca siempre expresarse desde su barrio. ‘Disparos’ describe la muerte desde el punto de vida de una madre, con guitarras estridentes y llenas de dolor.

‘Una madre que espera, una noticia en su puerta, mataron a su hijo, madre. El hijo que ella espera y no dejará de esperar… cadáver y ausencia, los muertos no caminan ni hacen compañía, madre, olvídalo, ya no vendrá, olvídalo’ – Disparos, Carpe Diem.

‘Fabiola’ cambia un poco el panorama del disco, dándole respiro al resto de letras melancólicas. Si bien, se puede considerar una historia de barrio, ‘Fabiola’ es el relato de un hombre, sus canes (Fabiola y Rafael) y los charcos de meados en la alfombra. Esta canción, un poco más divertida, contiene una estrofa que no es cantada, sino contada (hablada). Advierte así, la diversidad y creatividad de la propuesta musical de Carpe Diem.

‘Yo siempre he querido perder el ritmo de mi voz para poder gritar ¡¡¡AAAHHHH!!!’.

Esta es la letra del penúltimo track, llamado ‘Para ti’. El grito evoca el lamento de un músico, donde se evidencia la gran capacidad del vocalista.

Finalmente, la canción ‘Instinto’ cierra el demo ‘Disparos’. Este audio cuenta una historia real, y es la muerte de un joven del barrio por una bala perdida. Este track es un homenaje a aquel personaje, quien fue amigo de los integrantes de la agrupación.

En resumen, ‘Disparos’, contiene un material melancólico y aguerrido, que evidencia en las letras, en los gritos de desespero, en las atmósferas lúgubres de las guitarras y el teclado, en la fuerza de los tarros y los estallidos enérgicos de los punteos, una propuesta sólida; que deja así, un matiz similar entre canciones, lo que es un punto a favor, pues define el sonido de esta buena agrupación.

Tanta balacera, tanta pelea, tantas fronteras invisibles, tantas muertes en el barrio Castilla,
todo, todo compilado en canciones.
‘Disparos’ es el nombre del demo de Carpe Diem, agrupación que nació hace más de dos
años en la comuna cinco y que en sus letras expone toda una gama de historias alrededor
del barrio.
Conformado por Anderson Quintero en la voz y guitarra, Oscar Restrepo en la guitarra
líder, Jeison Zea en la batería, Nelson Pérez en el bajo y Robinson Smith en la percusión
menor y los coros, Carpe Diem se enlaza al conjunto de bandas musicales que crecen en
sector, plasmando en sus sonidos la realidad que viven, y a la vez, buscando con el arte una
manera de escapar y protestar ante los diversos sucesos recurrentes en la comuna.
Todo empieza por lo visual, es por eso que la carátula de ‘Disparos’ retrata al barrio
Castilla, convirtiéndose en un abrebocas de lo que sonará en el disco.
La primera canción lleva el mismo nombre de la banda; es una definición de la misma en sí,
con una letra incitadora, una atmosfera de guitarra al estilo Draco Rosa y, al final, la furia
desgarradora de los instrumentos en un unísono.
Luego viene ‘Camaleón’, la historia de un niño que le canta a su mamá prostituta.
‘Te quiero en la sobriedad’. ‘Dime mamá, quien es mi padre, mamá’ –
Camaleón, Carpe Diem.
‘Cíclope’ devora hombres, como su coro lo dice, describe a una mujer que recuerda
a ‘meneater’, el éxito de 1982 de Daryl Hall y John Oates.
Posteriormente, el track número cuatro lleva el mismo nombre del demo: ‘Disparos’. Este
es el audio que recoge todo lo que se quiere expresar más que en el trabajo en sí, en la
base de la música de Carpe Diem, que busca siempre expresar desde su barrio. ‘Disparos’
describe la muerte desde el punto de vida de una madre, con guitarras estridentes y llenas
de dolor.
‘Una madre que espera, una noticia en su puerta, mataron a su hijo, madre.
El hijo que ella espera y no dejará de esperar… cadáver y ausencia, los
muertos no caminan ni hacen compañía, madre, olvídalo, ya no vendrá,
olvídalo’ – Disparos, Carpe Diem.
‘Fabiola’ cambia un poco el panorama del disco, dándole respiro al resto de letras
melancólicas. Si bien, se puede considerar una historia de barrio, ‘Fabiola’ es el relato de
un hombre, sus canes (Fabiola y Rafael) y los charcos de meados en la alfombra. Esta
canción, un poco más divertida, contiene una estrofa que no es cantada, sino contada
(hablado). Advierte así, la diversidad y creatividad de la propuesta musical de Carpe Diem.
‘Yo siempre he querido perder el ritmo de mi voz para poder gritar
¡¡¡AAAHHHH!!!’.
Esta es la letra del penúltimo track, llamado ‘Para ti’. El grito evoca el lamento de un
músico, donde se evidencia la gran capacidad de vocalista.
Finalmente, la canción ‘Instinto’ cierra el demo ‘Disparos’. Este audio cuenta una historia
real, y es la muerte de un joven del barrio por una bala perdida. Este track es un homenaje a
aquel personaje, quien fue amigo de los integrantes de la agrupación.
En resumen, ‘Disparos’ contiene un material melancólico y aguerrido, evidenciado en las
letras, en los gritos de desespero, en las atmósferas lúgubres de las guitarras y el teclado, en
la fuerza de los tarros y los estallido enérgicos de los punteos, dejando así, un matiz similar
entre canciones, lo que es un punto a favor, pues define el sonido de esta buena agrupación.

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Una vil y tardía inocentada

Posted on 17 Enero 2013 by Editor

beatles-cavern
Foto: http://rockabillynblues.blogspot.com

Por Mario Escobar Henao

@marito882

El día 16 de enero muchos medios de comunicación en el mundo informaron
sobre la proclamación de esa fecha como Día Mundial de The Beatles por
parte de la UNESCO, organismo perteneciente a la Organización de Naciones
Unidas ONU. Dicha noticia repercutió de tal manera en las redes sociales que
fue tendencia en Twitter en varios países, y sus fans se volcaron a homenajear
al “Cuarteto de Liverpool” publicando fotos, videos, conciertos, películas, e
incluso un fanático argentino montó en su cuenta de Youtube dos videos
conmemorativos con una selección de sus canciones; mejor dicho, el mundo
quedó completamente convencido de que era un día para festejar al ritmo de
temas como Hey Jude, All You Need Is Love, Something, Love Me Do, entre
muchos otros.
Pero ahora la UNESCO ha hecho su pronunciamiento y ha desmentido tal
noticia, acabando así con la ilusión de muchos de que la agrupación tuviera
lo único que hace falta en su rico haber: un día clásico en el calendario. En su
cuenta de Twitter, la entidad publicó: “#DiaMundialDeTheBeatles isn’t an official
UNESCO day. But the Beatles’ hometown Liverpool is a #WorldHeritage site”
(Día Mundial de The Beatles no es un día official de la UNESCO. Pero su
ciudad natal Liverpool es Patrimonio de la Humanidad). Mientras tanto, en su
sitio en español dijo: “Aunque nos gustaría, la UNESCO no ha proclamado
ningún #DíaMundialDeTheBeatles, pero nada impide celebrar su música”,
disipando así cualquier duda sobre la autenticidad de una conmemoración
oficial.
¿Por qué esta fecha? Porque un 16 de enero de 1957 abría sus puertas en
Liverpool un lugar que algunos años más tarde terminaría siendo el escenario
habitual de los “Fab Four” antes de saltar a la fama: The Cavern Club. Este
día ya lo han utilizado un buen número de fans a través del tiempo para
homenajear a la banda, y fue con este argumento que los medios se lanzaron
a publicar la noticia, haciendo pensar a muchos que por fin tendrían una fecha
única y reconocida en el almanaque para festejar a sus ídolos.
Pero como dice la misma UNESCO en la cita anterior “…nada impide celebrar
su música”. Ya los fanáticos celebraron, homenajearon al Cuarteto, se la
creyeron por un día, y seguro para muchos seguirá siendo el Día Mundial de
The Beatles al menos de manera simbólica, así como lo son también las fechas
de nacimiento de sus integrantes, o las de muerte de Lennon y Harrison, entre
otras. Por otro lado, queda demostrada una vez más la falta de responsabilidad
de tantos medios y portales en el mundo que se encargaron de difundir una
noticia de tal impacto para melómanos y seguidores, sin consultar previamente
las fuentes oficiales.
Sólo queda una cosa por decir, haciendo referencia de nuevo a la cita anterior:
la música siempre nos da un motivo para celebrar los 365 (o a veces 366)
días del año, el sólo hecho de tenerla a nuestro alcance es la mejor excusa de
celebración, sea cual sea la fecha y el artista.

El día 16 de enero muchos medios de comunicación en el mundo informaron sobre la proclamación de esa fecha como Día Mundial de The Beatles por parte de la UNESCO, organismo perteneciente a la Organización de Naciones Unidas ONU. Dicha noticia repercutió de tal manera en las redes sociales que fue tendencia en Twitter en varios países, y sus fans se volcaron a homenajear al “Cuarteto de Liverpool” publicando fotos, videos, conciertos, películas, e incluso un fanático argentino montó en su cuenta de Youtube dos videos conmemorativos con una selección de sus canciones; mejor dicho, el mundo quedó completamente convencido de que era un día para festejar al ritmo de temas como Hey Jude, All You Need Is Love, Something, Love Me Do, entre muchos otros.

Pero ahora la UNESCO ha hecho su pronunciamiento y ha desmentido tal noticia, acabando así con la ilusión de muchos de que la agrupación tuviera lo único que hace falta en su rico haber: un día clásico en el calendario. En su cuenta de Twitter, la entidad publicó: “#DiaMundialDeTheBeatles isn’t an official UNESCO day. But the Beatles’ hometown Liverpool is a #WorldHeritage site” (Día Mundial de The Beatles no es un día official de la UNESCO. Pero su ciudad natal Liverpool es Patrimonio de la Humanidad). Mientras tanto, en su sitio en español dijo: “Aunque nos gustaría, la UNESCO no ha proclamado ningún #DíaMundialDeTheBeatles, pero nada impide celebrar su música”, disipando así cualquier duda sobre la autenticidad de una conmemoración oficial.

¿Por qué esta fecha? Porque un 16 de enero de 1957 abría sus puertas en Liverpool un lugar que algunos años más tarde terminaría siendo el escenario habitual de los “Fab Four” antes de saltar a la fama: The Cavern Club. Este día ya lo han utilizado un buen número de fans a través del tiempo para homenajear a la banda, y fue con este argumento que los medios se lanzaron a publicar la noticia, haciendo pensar a muchos que por fin tendrían una fecha única y reconocida en el almanaque para festejar a sus ídolos.

Pero como dice la misma UNESCO en la cita anterior “…nada impide celebrar su música”. Ya los fanáticos celebraron, homenajearon al Cuarteto, se la creyeron por un día, y seguro para muchos seguirá siendo el Día Mundial de The Beatles al menos de manera simbólica, así como lo son también las fechas de nacimiento de sus integrantes, o las de muerte de Lennon y Harrison, entre otras. Por otro lado, queda demostrada una vez más la falta de responsabilidad de tantos medios y portales en el mundo que se encargaron de difundir una noticia de tal impacto para melómanos y seguidores, sin consultar previamente las fuentes oficiales.

Sólo queda una cosa por decir, haciendo referencia de nuevo a la cita anterior: la música siempre nos da un motivo para celebrar los 365 (o a veces 366) días del año, el sólo hecho de tenerla a nuestro alcance es la mejor excusa de celebración, sea cual sea la fecha y el artista.

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El cierre de Altavoz 2012

Posted on 17 Octubre 2012 by Editor

IMG_5717Foto por Caliche Montoya

Por Juan Manuel Flórez
@juanmaexos
Se acercaba el final. Luego de dos días llenos de música, multitudes y pantano, la novena versión del Festival Internacional Altavoz tenía las horas contadas. Durante la última jornada predominaron el ska, el reggae y el hip hop, aunque no faltaron alternativas distintas a estos géneros, capaces de brindar nuevos matices al cierre del evento.
A las tres y siete minutos de la tarde, como era previsible, llovía. Miranda & la Soul Band se encontraba en el escenario ante un escaso público que se las arreglaba para permanecer enérgico en medio del aguacero. La agrupación destacó tanto por su propuesta musical, la cual integraba elementos del jazz con rock y un estilo propio del soul, como por la calidad de su vocalista. Una mujer que con su presencia en la tarima brindó un espectáculo que vinculó a los pocos que se decidían a mojarse.
Después de una pausa que dio tiempo a que se apaciguara la lluvia, Calavera y la Popular Independiente inició su presentación con un sonido muy particular, que buscaba reivindicar el folclor antioqueño enriqueciéndolo con instrumentación característica del rock. Poco a poco el número de asistentes incrementaba, motivados por el efímero cambio del clima.
Sin embargo, su recepción ante la banda en cuestión fue un tanto confusa, pues contrastaban los que disfrutaban de una alternativa inusual para este tipo de eventos con aquellos que la rechazaban y la calificaban de ridícula o simplemente fuera de lugar.
- Esa gente debería irse a tocar a un pueblo y hacerse famosos – Comentaba una madre desde la distancia, mientras observaba la transmisión por televisión.
- ¿¡Quién almorzó frijoles hoy!? – Preguntaba a su vez Teo “Calavera” Isaza desde la tarima.
Posteriormente, cerca de las cinco de la tarde, el ska llegó al Altavoz, seguido de una multitud que rápidamente transformó el casi desolado panorama de hacía algunas horas. Kukos Band puso a bailar a la masa humana que comenzaba a formarse.
Tito Agudelo, vocalista y trompetista de la agrupación, salió con vendas en una de sus manos, producto de un accidente sufrido una semana antes del concierto; sin embargo, este no fue impedimento para que se conectara con el público y, aunque limitado a nivel técnico, brindara un espectáculo de gran calidad.
Minutos más tarde, en el  mismo momento en que La Furruska dio inicio a su show en el escenario internacional; no muy lejos de allí, a unas dos cuadras; Unity Love, una agrupación de reggae clasificada para la neófita “tarima alterna”, se presentaba ante unas cuantas decenas de personas, con condiciones de sonido cuestionables y una pantalla gigante a su lado transmitiendo (entrecortadamente) lo que acontecía en el escenario principal.
- Esto no es una oportunidad que nos da el festival, esto es producto de nuestro trabajo – concluyó el baterista, de nombre desconocido, al finalizar su presentación.
A Unity Love le siguió el dj Vélez, encargado de cerrar por esta versión del festival el tablado secundario, olvidado…El público no pasaba de veinticinco espectadores, dispersos a lo largo y ancho del espacio destinado para su ubicación y rebosante de olor a marihuana;  espacio que, por lo demás, resultaba mucho más limpio y agradable que el que podía apreciarse cerca de allí, donde ya sonaba Tarmac, ante una multitud de bailarines empantanados.
Con la caída de la noche, pasó por la tarima principal Natural Selection, gracias a un nuevo intercambio con Rock al Parque. Posteriormente la tendencia ska-reggae prevaleciente hasta el momento se vio modificada con la llegada del rapero Mc k-no y La FM Hip  Hop, quienes atrajeron un público distinto al que se había observado a lo largo de los días en el festival.
La conclusión de la jornada y, por lo tanto, del Altavoz de este año, estuvo a cargo de Alcolyricoz y Movimiento Original.
Los primeros: una agrupación local, nacida en la comuna cuatro y representante del movimiento hip hop a nivel internacional; cuya puesta en escena, acople, originalidad e interacción constante con el público hicieron de su presentación un espectáculo muy cercano y emotivo, capaz de vincular incluso a los más distantes (tanto musical como espacialmente).
Los segundos: invitados internacionales de la jornada, provenientes de Chile y caracterizados por un estilo que mezcla el hip hop con sonidos propios del reggae. Movimiento Original culminó por lo alto el Festival Internacional Altavoz 2012, una versión novedosa, colmada de diversidad y lluvia, que de seguro marcará la pauta para el desarrollo del evento durante los próximos años.

Por Juan Manuel Flórez

@juanmaexos

Se acercaba el final. Luego de dos días llenos de música, multitudes y pantano, la novena versión del Festival Internacional Altavoz tenía las horas contadas. Durante la última jornada predominaron el ska, el reggae y el hip hop, aunque no faltaron alternativas distintas a estos géneros, capaces de brindar nuevos matices al cierre del evento.

A las tres y siete minutos de la tarde, como era previsible, llovía. Miranda & la Soul Band se encontraba en el escenario ante un escaso público que se las arreglaba para permanecer enérgico en medio del aguacero. La agrupación destacó tanto por su propuesta musical, la cual integraba elementos del jazz con rock y un estilo propio del soul, como por la calidad de su vocalista. Una mujer que con su presencia en la tarima brindó un espectáculo que vinculó a los pocos que se decidían a mojarse.

Después de una pausa que dio tiempo a que se apaciguara la lluvia, Calavera y la Popular Independiente inició su presentación con un sonido muy particular, que buscaba reivindicar el folclor antioqueño enriqueciéndolo con instrumentación característica del rock. Poco a poco el número de asistentes incrementaba, motivados por el efímero cambio del clima.

Sin embargo, su recepción ante la banda en cuestión fue un tanto confusa, pues contrastaban los que disfrutaban de una alternativa inusual para este tipo de eventos con aquellos que la rechazaban y la calificaban de ridícula o simplemente fuera de lugar.

- Esa gente debería irse a tocar a un pueblo y hacerse famosos – Comentaba una madre desde la distancia, mientras observaba la transmisión por televisión.

- ¿¡Quién almorzó frijoles hoy!? – Preguntaba a su vez Teo “Calavera” Isaza desde la tarima.

Posteriormente, cerca de las cinco de la tarde, el ska llegó al Altavoz, seguido de una multitud que rápidamente transformó el casi desolado panorama de hacía algunas horas. Kukos Band puso a bailar a la masa humana que comenzaba a formarse.

Tito Agudelo, vocalista y trompetista de la agrupación, salió con vendas en una de sus manos, producto de un accidente sufrido una semana antes del concierto; sin embargo, este no fue impedimento para que se conectara con el público y, aunque limitado a nivel técnico, brindara un espectáculo de gran calidad.

Minutos más tarde, en el  mismo momento en que La Furruska dio inicio a su show en el escenario internacional; no muy lejos de allí, a unas dos cuadras; Unity Love, una agrupación de reggae clasificada para la neófita “tarima alterna”, se presentaba ante unas cuantas decenas de personas, con condiciones de sonido cuestionables y una pantalla gigante a su lado transmitiendo (entrecortadamente) lo que acontecía en el escenario principal.

- Esto no es una oportunidad que nos da el festival, esto es producto de nuestro trabajo – concluyó el baterista, de nombre desconocido, al finalizar su presentación.

A Unity Love le siguió el dj Vélez, encargado de cerrar por esta versión del festival el tablado secundario, olvidado…El público no pasaba de veinticinco espectadores, dispersos a lo largo y ancho del espacio destinado para su ubicación y rebosante de olor a marihuana;  espacio que, por lo demás, resultaba mucho más limpio y agradable que el que podía apreciarse cerca de allí, donde ya sonaba Tarmac, ante una multitud de bailarines empantanados.

Con la caída de la noche, pasó por la tarima principal Natural Selection, gracias a un nuevo intercambio con Rock al Parque. Posteriormente la tendencia ska-reggae prevaleciente hasta el momento se vio modificada con la llegada del rapero Mc k-no y La FM Hip  Hop, quienes atrajeron un público distinto al que se había observado a lo largo de los días en el festival.

La conclusión de la jornada y, por lo tanto, del Altavoz de este año, estuvo a cargo de Alcolyricoz y Movimiento Original.

Los primeros: una agrupación local, nacida en la comuna cuatro y representante del movimiento hip hop a nivel internacional; cuya puesta en escena, acople, originalidad e interacción constante con el público hicieron de su presentación un espectáculo muy cercano y emotivo, capaz de vincular incluso a los más distantes (tanto musical como espacialmente).

Los segundos: invitados internacionales de la jornada, provenientes de Chile y caracterizados por un estilo que mezcla el hip hop con sonidos propios del reggae. Movimiento Original culminó por lo alto el Festival Internacional Altavoz 2012, una versión novedosa, colmada de diversidad y lluvia, que de seguro marcará la pauta para el desarrollo del evento durante los próximos años.

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